El conflicto bélico desatado por Rusia ha transformado de raíz la creación literaria en Ucrania. Autores de ese país y de otras latitudes, que ahora se sumergen en esta realidad, coinciden en que ya no es posible separar la vida diaria del trauma colectivo. Narrar el presente para evitar el olvido se ha vuelto una prioridad. Esto quedó patente en la mesa “Voces desde Ucrania”, celebrada ayer en la Feria del Libro de Buenos Aires, donde participaron Eugenia Kuznetsova, Artem Chapepe y el colombiano Héctor Abad Faciolince, con la moderación de Eduardo Slusarczuk.
Durante el diálogo, Héctor Abad Faciolince destacó el fuerte contraste entre quien vive la guerra desde dentro y quien la observa desde fuera. Relató su experiencia en la Feria del Libro de Kiev, el 25 de junio de 2023, más de un año después del inicio de la invasión a gran escala. Allí fue testigo de una ciudad en permanente alerta y de una sociedad resistente, a pesar del miedo constante a los bombardeos: “Ir a la Feria del Libro del Arsenal en Kiev, una feria mucho más pequeña… donde de vez en cuando hay alarmas aéreas. En un sitio, a los rusos les encanta tirar bombas, misiles, donde hay aglomeraciones de personas.”
Los escritores coincidieron en que es urgente contar la guerra en tiempo real, a pesar de las dudas que esto genera dentro y fuera de Ucrania. Eugenia Kuznetsova describió el debate interno: “Algunos dicen que no es el tiempo para contar las historias de momento, que tenemos que esperar, no sé, diez, veinte años, o tenemos que esperar a que finalice la guerra… Pero yo no estoy de acuerdo… Si tú tienes la historia aquí dentro, tienes que contar esta historia, porque no nos quedan muchas herramientas.” Para ella, la narrativa es el último baluarte frente al vacío que deja la destrucción.
Artem Chapepe, voluntario y padre, explicó que su escritura nace de una decisión vital: luchar o huir. Cuando comenzó la invasión, optó por no convertirse en refugiado junto a sus hijos y se unió al ejército voluntario, un gesto que, según él, compartieron cientos de miles de ucranianos y que permitió frenar la ocupación rusa: “Para mí era la cuestión simple, si yo voy a huir… o si no quiero que mis hijos sean refugiados para toda su vida. Me parece que porque cientos de miles de personas pensaron algo parecido, es la única razón por qué Rusia no consiguió ocupar toda Ucrania.” Chapepe señaló que escribir también es una forma de dar voz a los combatientes anónimos y evitar que la épica de la resistencia quede solo en manos de testigos ilustres o externos.

Abad destacó el papel ético de la literatura ante la indiferencia internacional: “Una de las funciones de la literatura es educar en la imaginación. Y yo creo que a mis colegas literatos les faltó ponerse en el pellejo de las víctimas. Nuestro deber es estar siempre del lado de las víctimas. Y aquí yo sí juzgo: Ucrania es claramente la víctima y no la agresora.” El escritor denunció la tibieza de la reacción latinoamericana y la tendencia a relativizar el conflicto con culpas compartidas, algo que calificó como una forma de evasión y falta de empatía.
La culpa y el trauma: relatos que emergen de la guerra total
La vida cotidiana en Ucrania durante la invasión está marcada por dilemas morales y una “culpa cotidiana” que impregna cada decisión, desde la utilidad personal hasta el consumo más simple. Según Kuznetsova, esa tensión es constante: “Si me compro alguna prenda, siempre pienso: bueno, ¿qué porcentaje de este dinero podría donar al ejército? Este es el pensamiento que tenemos cada día.” Para ella, la novela sirve para capturar los detalles menores de la guerra que se desvanecen rápidamente de la memoria, pero también para reflejar la presión psicológica permanente.
Chapepe profundizó esta idea desde la perspectiva de quien combate. Describió un sistema de lealtades y culpas múltiples: sentirse obligado a estar donde el peligro es mayor y, aun así, experimentar vergüenza si otros sufren más. Compartió su propio trauma por haber sobrevivido cuando otros no lo lograron: “Yo he perdido a mi mejor amigo. Y siento culpa de haber sobrevivido, de no haberle dicho que le amaba un día antes.” En ese marco, la literatura se convierte en un espacio para reconocer la diversidad de opciones trágicas y suspender el juicio moral sobre las decisiones vitales: “Para no juzgar a los otros, hay que modelar lo que podrías haber sido en diferentes condiciones.”
Este fenómeno también se replica fuera de Ucrania. Abad contó que la culpa del sobreviviente fue el motor de su último libro, y la necesidad urgente de testificar antes de que el horror sea borrado por el tiempo: “Si espero mucho, pues me muero antes y no puedo dar testimonio. Tenía que escribirlo rápido. Además, yo me olvido pronto de las cosas, porque tengo ese mecanismo de defensa mental de olvidarme del horror.”

El trauma colectivo y la culpa, tanto en civiles como en soldados, conectan las obras de los tres autores y definen la mirada de la literatura que surge en este contexto bélico. La tragedia de los niños secuestrados por fuerzas rusas, mencionada por Abad con la cifra de más de 20 mil niños ucranianos afectados, se erige como un símbolo de un segundo Holodomor, y refuerza la convicción de que relatar estos hechos va más allá de la denuncia política.
Recepción internacional desigual y el futuro de la literatura ucraniana
La mesa también exploró cómo se recibe la literatura ucraniana fuera de sus fronteras. Kuznetsova explicó que el interés aumenta en países cercanos a Rusia, donde el miedo a una expansión del conflicto es palpable: “En los países muy cercanos a Rusia, que tienen la mala suerte de ser vecinos nos entienden muy bien porque tienen miedo. En América Latina, es muy importante contar historias que la gente pueda relacionar.” Chapepe añadió que la educación y la historia política determinan el nivel de comprensión: “En los países que también eran parte de la Unión Soviética nos entienden mejor. En otros, a veces puedes escuchar absurdos como que Rusia es un país anticolonial.”
El debate también abordó el peso de los prejuicios ideológicos en América Latina, donde persiste el estereotipo de una Rusia heredera de la izquierda soviética. Kuznetsova advirtió: “Aquí hay una ilusión muy peligrosa, que Rusia es izquierda, que es más para socialismo… Y eso no es verdad. Ahora Rusia es la tiranía de la extrema derecha.” Abad complementó: “Putin es el ídolo de los dictadores de extrema derecha. Trump es el gran defensor de Putin.”
Para los tres participantes, la resistencia ucraniana va más allá de la defensa nacional y se inscribe en una lucha por un orden internacional que respete las fronteras y rechace la ley del más fuerte. La guerra, según Kuznetsova, ha transformado el oficio de escritor de manera irreversible y colectiva: “Ya hemos sido traumatizados y transformados y cambiados para toda la vida.”
Ante la pregunta de si es posible una literatura ajena a la guerra, las respuestas fueron contundentes. Chapepe argumentó que, aunque se puedan escribir obras no centradas en el conflicto, la experiencia bélica impregna todo el tejido narrativo y vital de Ucrania: “Siempre está presente… no se puede olvidar completamente de lo que está pasando.” Kuznetsova coincidió: “Como escribo sobre la vida cotidiana en Ucrania, la guerra siempre está ahí.”
El encuentro concluyó reflexionando sobre el sentido de la escritura: si es militancia, terapia o un testimonio implacable frente al horror. Chapepe resumió la función terapéutica de la literatura en tiempos de guerra, evocando a Viktor Frankl y Primo Levi, y subrayó la responsabilidad de transmitir la experiencia para exorcizar y compartir el trauma: “La escritura es muy terapéutica para el autor y también para el que lee.”
Kuznetsova cerró la mesa con una escena reveladora: “Después de mis presentaciones en Ucrania, una vez un chico joven se acercó y me dijo: ‘Gracias por la novela, por La escalera. Ahora, por lo menos entiendo que tengo derecho a existir’.” Un recordatorio de que, al narrar la guerra hoy, los escritores cumplen una función de resistencia íntima y colectiva, allí donde la realidad y la literatura se confunden hasta ser inseparables.

Datos prácticos de la Feria del Libro
Entrada: El costo es de 8.000 pesos de lunes a jueves y 12.000 pesos los viernes, sábados y domingos. Con la entrada se entrega un “chequelibro” para descuentos en librerías al finalizar la feria.
- Gratis: de lunes a jueves desde las 20:00 horas.
- Fecha: La Feria permanecerá abierta hasta el 11 de mayo.
- Horarios: de lunes a viernes de 14:00 a 22:00 horas. Sábados, domingos y feriados de 13:00 a 22:00 horas.
- Ubicación: En La Rural, Av. Sarmiento 2704, Av. Cerviño 4476 y Av. Santa Fe (Plaza Italia).
Fuente: Infobae