Cine mundial: grupo D, de la hegemonía de EE.UU. a las joyas de Turquía y Australia

Llegamos al cuarto día del Mundial de Cine y, con él, al análisis del grupo D. Después de repasar las cinematografías de México, Chequia, Canadá, Brasil, Marruecos y otros países en entregas anteriores, ahora toca explorar una de las llaves más disparejas del torneo. En este grupo, una nación no solo domina por su dimensión territorial, sino por su peso cultural global. Quien lea estas líneas probablemente habrá visto más películas de ese país que de cualquier otro.

El grupo D está conformado por Estados Unidos, Turquía, Paraguay y Australia. Cada selección trae consigo una tradición fílmica particular, con distintos grados de consolidación, pero con un rasgo común: el cine ha servido para reflexionar sobre la identidad, la memoria y los cambios sociales desde perspectivas muy personales. Esa variedad es, justamente, lo que hace atractivo este grupo.

Robert De Niro y Martin Scorsese, juntos en el rodaje de 'Taxi Driver'. (Columbia Pictures)
Robert De Niro y Martin Scorsese, juntos en el rodaje de ‘Taxi Driver’.Fuente: Columbia Pictures

Estados Unidos

De los cuatro países, Estados Unidos posee la industria más poderosa y visible del planeta, aunque su cine no se limita al gran espectáculo de Hollywood. Al lado de la maquinaria comercial, han surgido autores capaces de examinar la sociedad con agudeza: desde Martin Scorsese hasta Sofia Coppola, pasando por Spike Lee y el reciente ganador del Oscar Paul Thomas Anderson. Cada uno aborda de manera distinta la identidad, la familia y el poder.

En ese panorama, títulos como Taxi Driver, Lost in Translation y Do the Right Thing ayudan a comprender por qué el cine estadounidense sigue siendo referencia global: no solo por cantidad, sino por su capacidad para convertir lo local en mito. Esta cinematografía ha sabido alimentar tanto el espectáculo masivo como la crítica más punzante, y esa dualidad la mantiene en el centro del debate cultural. Para estos días, destacamos a uno de sus mayores directores: John Ford, padre del western y autor de clásicos como Centauros del desierto y Quién mató a Liberty Valance.

Imagen de la película turca 'Érase una vez en Anatolia'
Imagen de la película turca ‘Érase una vez en Anatolia’

Turquía

Turquía ofrece un perfil más sobrio y autoral, donde la fuerza del cine depende menos de la industria que de la personalidad de sus directores. Nuri Bilge Ceylan es probablemente el nombre más reconocido, con películas como Érase una vez en Anatolia y Sueño de invierno —ganadora del Festival de Cannes en 2014— que muestran una mirada contemplativa, paciente y atenta al conflicto moral. Antes que él, Yılmaz Güney marcó una tradición de compromiso político y realismo áspero, mientras que más recientemente Fatih Akin ha tendido puentes entre Turquía y Europa con obras como Contra la pared.

Aunque su fuerte está desde hace años en las series y telenovelas, el cine turco se mueve entre la intimidad y el paisaje, entre el dilema familiar y la tensión histórica, como si cada plano negociara con una identidad compleja. No hay grandes gestos, sino una observación constante de lo que se cocina bajo la superficie: las relaciones, las heridas no dichas, las contradicciones de una sociedad que cambia rápido.

Imagen de 'Las herederas'
Imagen de ‘Las herederas’

Paraguay

Paraguay representa una cinematografía mucho más pequeña, pero precisamente por eso resulta interesante cuando logra hacerse visible. En los últimos años, el país ha construido una escena que combina documental, ficción social y una relación directa con la experiencia cotidiana. Obras como Matar a un muerto, de Hugo Giménez, y el drama lésbico Las herederas, de Marcelo Martinessi, han colocado al cine paraguayo en el mapa internacional con una mezcla de austeridad y precisión emocional.

En ese contexto, la fuerza no está en la escala sino en la mirada: relatos contenidos, personajes al límite y una sensibilidad que encuentra en lo doméstico y lo social una misma tensión narrativa. El cine paraguayo no busca imponerse con volumen, sino con persistencia, y eso lo hace particularmente honesto.

Charlize Theron (de espaldas) y Tom Hardy en 'Mad Max: Furia en la carretera'. (Warner Bros)
Charlize Theron (de espaldas) y Tom Hardy en ‘Mad Max: Furia en la carretera’.Fuente: Warner Bros

Australia

Australia completa el grupo con una tradición más amplia de lo que a veces se supone, marcada por una conversación constante entre paisaje, aislamiento e identidad nacional. Peter Weir fue una figura central en la construcción de esa mirada, con películas como Picnic en Hanging Rock y Gallipoli, donde el territorio se vuelve casi un personaje. A su lado, George Miller llevó el cine australiano a otra dimensión con Mad Max, una saga que transformó un entorno hostil en un universo visual de enorme potencia. También Jane Campion, aunque asociada a una carrera más internacional, partió de un impulso australiano muy claro en títulos como El piano, donde el espacio, el silencio y la subjetividad adquieren un peso extraordinario.

Visto en conjunto, el Grupo D funciona casi como una conversación entre modelos de cine distintos. Estados Unidos aporta amplitud y centralidad industrial; Turquía, densidad autoral y reflexión; Paraguay, una escena emergente que se abre paso con voz propia; y Australia, una tradición marcada por el paisaje y la energía visual. El fútbol organiza la competencia, pero el cine deja ver otra cosa: cómo cada país construye sus relatos, sus obsesiones y su manera de mirar el mundo.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
X