En el escenario global de las redes sociales, Lionel Messi se consolida como el máximo referente. Con una humildad que raya en lo extremo, tras una noche que engrosa su leyenda, asoció su hazaña al espíritu de Rafael Nadal. Sin embargo, la fuente de inspiración más grande sigue siendo el número uno del deporte más popular del planeta. Por la presión, la exigencia y la competencia, el mejor deportista de todos los tiempos se desempeña en una cancha de fútbol. Con el debido respeto a Rafa o al inmenso Michael Jordan, dos que se han ganado su lugar en la historia, Messi no solo logró que existan hinchas de Argentina sin ser argentinos —el estadio estaba repleto de camisetas con su nombre en las espaldas de personas con otro pasaporte— sino que también protagonizó otro partido histórico, como cuando vestía la 19 y tenía cara de niño. En el lenguaje de Twitter, es el pibe de 38 años. O el de 39, porque por sexta vez cumplirá años durante una Copa del Mundo. Esa vigencia, junto con su perfil competitivo, lo sitúa jugando un partido de fútbol con Jesucristo, como alguna vez dijo Diego Maradona, el único comparable. La particularidad es que esa frase la pronunció en Sudáfrica 2010: hace años que Messi juega al fútbol con Dios.
Leo es un genio inconformista. Una mirada superficial podría asociarlo a un defecto, a una persona que no disfruta de sus logros, pero en realidad es el combustible de su éxito. Quiere ser mejor después de haber sido el mejor. Messi nunca se da por satisfecho. No vino al Mundial a pasear su cartel de local. Más de uno sospechó que el día que comprobó cuánto pesa la Copa del Mundo, en Qatar, la película había terminado. El “ya está, ya está” cuando hizo contacto visual con su familia pareció el anuncio del final. Pero una vez más, gambeteó. Se subió a lo más alto del cielo y a partir de ahí se dedicó a disfrutar de sus triunfos. Salió por Argentina a recibir cariño, en una parrilla atestada de hinchas —esa noche en que decidió no escapar por la puerta de atrás— o en el calentamiento aquí en Kansas, cuando saludó a sus fanáticos y hasta se acercó a darle un beso a Kun Agüero, que estaba en el campo de juego para la transmisión de Disney Plus. Messi lo volverá a intentar. Como cuando perdía y era la triste portada de todos los diarios. Tan orgulloso se lo vio anoche, que se quedó una hora hablando en una calle con más de 50 metros de periodistas, en la famosa zona mixta de los Mundiales.
Se emocionó y emocionó a todos. Allí está la verdadera prueba de que Leo es humano, no cuando falla un pase. Es la primera vez que el 10 se quiebra así en el festejo de un gol. Incluso fue capaz de confesar que pasó días difíciles por un tema personal y que sus compañeros fueron el apoyo que él necesitó. Una muestra de madurez y de la necesidad de abrir su corazón, porque en otro momento podría haberse escondido detrás de una excusa futbolera. Hace un tiempo, Miguel Russo nos enseñó que todo se cura con amor. Leo cura todo con fútbol… Este grupo hizo mejor a Messi. Elevó su condición de líder, lo cuidó, lo integró y lo ayudó a ganar. Parece una contradicción, pero no es así: esta Selección lo bajó del póster. Era un plantel nuevo, con muchos chicos, y lo hizo sentir cómodo dentro y fuera de la cancha. Volvió a reír. Ahí fue determinante Rodrigo De Paul, el gran gestor, el hallazgo más grande del ciclo Scaloni. Le dio el mismo pase fantástico que en el primer gol contra Argelia, como para ratificar que los jugadores de Selección como él no se discuten. Scaloni también le armó un equipazo, una forma de jugar que le hace disfrutar y una conducción que realmente se mueve con empatía. Así, el capitán se transformó directamente en estatua.

Los tiempos cambiaron. El triunfo no solo liberó el talento, sino que silenció cierta crítica. Y cambió el prisma: que fuera una bandita de chicos que se van de vacaciones juntos no fue mirado despectivamente como antes. Aunque no cambió el sentido de pertenencia de Messi. Él se transformó en el punto más alto de la excelencia del Barcelona de Guardiola. Es su equipo, su club, donde algún día volverá en algún rol. Llenó su museo de Balones de Oro en gran medida por sus goles en España. Pero a Messi nada le gusta más que ganar con la Selección. Siempre buscó jugar con esta camiseta. Cuando sus compañeros de otros tiempos le mandaban estrofas de WhatsApp porque decían que no cantaba el himno, cuando se le bajaba el precio a sus goles. Por eso su emoción es distinta cuando festeja en un Mundial. Cuando Dibu casi no tiene que poner en juego su dedo porque le llegan una vez en el debut; cuando Lisandro Martínez devuelve la confianza de la titularidad por encima de un pesado como Otamendi; cuando Mac Allister ratifica por qué es uno de los futbolistas más inteligentes del mundo; cuando Medina impresiona bien en su debut. Aunque el diferente es él y todo lo que provoca. Messi es el gran inspirador argentino.
Fuente: Infobae