La Selección Argentina logró imponerse ante Cabo Verde en un partido de 16vos de final que resultó mucho más complicado de lo anticipado. El conjunto africano obligó a la Albiceleste a elevar su nivel, evidenciando un rendimiento sólido que ya había puesto en aprietos a potencias como España, Uruguay y Arabia Saudita. En la noche de Miami, quedó claro que el rival no era un obstáculo menor.
Tal como se ha señalado en análisis previos, Argentina todavía tiene un margen considerable de mejora en varios aspectos del juego. Tras esta victoria agónica, surgen interrogantes clave: el agotamiento físico, las lesiones, rendimientos individuales preocupantes y la falta de conexión en la medular. Este último problema no es nuevo; en partidos anteriores ya se observó una tendencia a ceder terreno en la recuperación del balón. En esa zona del campo, ciertos futbolistas no están respondiendo como espera el técnico Lionel Scaloni.
Rodrigo De Paul se encuentra fuera de su posición natural. El mediocampista del Inter Miami es un volante que debería desenvolverse por el carril interno, no diseñado para un juego de ida y vuelta ni para abrir la cancha; se le ve ajeno a la dinámica, intervenir sin la claridad que le otorga tener panorama y encarar de frente el arco. Por su parte, Thiago Almada disputó su actuación más discreta en lo que va del Mundial, después de haber colaborado en labores defensivas en compromisos anteriores.

Resulta paradójico que un equipo compuesto por cuatro jugadores con perfil ofensivo, de enganche o número 10, ceda tanto la posesión y el control del campo. Con estas características y habilidades, se esperaría que se complementaran y tuvieran mayor protagonismo con el esférico.
La recuperación del balón también requiere una solución estratégica. El equipo, en ocasiones, retrocede demasiado, lo que obliga a recorridos más largos para recuperar la posición inicial y esto impide utilizar la presión como herramienta ofensiva. En otras palabras, Argentina debería quitarle la pelota al adversario para acortar los ataques y no depender tanto de pases lentos de un lado a otro en busca de Lionel Messi.
Messi sigue siendo el jugador determinante, ese crack que resuelve encuentros trabados, que está por encima del desarrollo lógico del partido. Nada indicaba que Argentina pudiera ganar en el primer tiempo, y en el segundo, a pesar de ceder terreno, la Albiceleste llegaba tarde a las presiones.

El triunfo sobre Cabo Verde deja preocupaciones evidentes. No se aspira a la perfección en cada partido, pero sí a que el equipo se ajuste la mayor parte del tiempo a las necesidades de los jugadores.
Deben producirse cambios. Si algo rescatable hubo en el encuentro fue la contundencia de Argentina en momentos clave. Lisandro Martínez se consolida como un pilar en el fondo, con gran personalidad y salida limpia, destacando el pase brillante a Messi en el primer gol argentino.
La Selección tuvo que recurrir a Dibu Martínez en el tramo final, situación que no se había repetido con frecuencia. Esto demuestra que Argentina no solo tuvo una actuación discreta, sino que también permitió llegadas al arco. Y no solo eso: recibió dos goles. De cara a los octavos de final, se anticipan modificaciones. Aunque es prematuro definirlas, primero se debe hacer un diagnóstico. Es como un auto que necesita ir al taller en plena competencia, buscando la formación idónea y jugadores que se complementen, pensando en tener más posesión y ser más agresivos en la recuperación. Esas son las materias pendientes de Argentina, que contra ciertos rivales aún puede ganar sin estar inspirada.
En conclusión, el partido ante Cabo Verde dejó mucho para reflexionar y analizar. Entre futbolistas que no están en su mejor nivel, lesionados y el desgaste físico, se aproxima el duelo contra Egipto. A priori, no parece un rival formidable, pero eso dependerá de la capacidad del equipo argentino para minimizarlo.
Fuente: Infobae