La lucha geopolítica global detrás de la guerra en Medio Oriente

Los conflictos en Medio Oriente rara vez se limitan a lo regional. Tras la guerra aparente, siempre está en juego el balance del poder mundial. Históricamente, el petróleo ha sido el indicador más directo de esa competencia.

En 1973, durante la guerra de Yom Kippur, el consumo global era de 50 millones de barriles diarios (MMb/d). El embargo petrolero árabe retiró 5 MMb/d, apenas un 10%, pero el precio se cuadruplicó: de 3 a 12 dólares por barril.

En 1979, la Revolución Islámica en Irán derrumbó la producción iraní de 6 a 1,5 MMb/d, una pérdida cercana al 5% de la oferta global. El crudo pasó de 12 a 36 dólares.

En 1990, la invasión de Kuwait por Irak interrumpió 4,3 MMb/d en un mundo que consumía 66 MMb/d. El barril subió de 17 a 46 dólares, pero retrocedió rápido tras el conflicto.

Los shocks petroleros siguen impactando, pero su efecto relativo es menor

Hoy, con el Estrecho de Ormuz bloqueado por el conflicto con Irán —por donde pasan entre 16 y 20 MMb/d de petróleo y enormes volúmenes de GNL—, el mundo, que consume unos 105 MMb/d, enfrenta una disrupción estimada de 10 a 12 MMb/d. Sin embargo, el precio solo subió un 65% (de 70 a 115 dólares Brent), ni siquiera se duplicó.

La comparación revela una tendencia: los shocks petroleros golpean menos. El petróleo ha perdido peso en la matriz energética global: representaba el 46% en 1973 y hoy ronda el 30%. Sigue siendo vital para el transporte y la petroquímica, pero ha cedido ante el gas natural y otras fuentes.

No obstante, la clave para entender el impacto del shock actual no está solo en la economía energética, sino en la geopolítica dominante.

El Brent ronda los 110 dólares por barril en estos días (EFE/EPA/RONALD WITTEK)

En los años setenta y noventa, Estados Unidos era el gran importador vulnerable. Hoy es el mayor productor mundial de petróleo y gas, con autoabastecimiento y liderazgo en GNL. Esto cambia el cálculo estratégico: una confrontación directa con Irán hoy es menos probable dada la menor dependencia energética estadounidense.

El impacto se ha desplazado hacia Europa y Asia. China, principal importador global, queda particularmente expuesta. Europa, por su parte, aumentó su vulnerabilidad al reducir carbón, frenar nuclear y depender del gas ruso, y luego sustituirlo por GNL de Estados Unidos y Qatar tras la guerra en Ucrania.

Hoy, Estados Unidos, Australia y Qatar concentran cerca del 60% de la oferta mundial de GNL. La interrupción parcial desde el Golfo con origen en Qatar expone la fragilidad europea y su marginal rol geopolítico en el conflicto.

Es difícil imaginar una confrontación directa con Irán en un contexto de dependencia energética como el de décadas pasadas

La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán no es un episodio aislado. Irán es socio estratégico de China y Rusia, y su petróleo tiene como principal destino el mercado chino.

La dimensión real del conflicto es sistémica. Forma parte de la disputa hegemónica entre Estados Unidos y China, que preocupa a ambos partidos en Washington. Un Irán con capacidad nuclear y alineado con Beijing alteraría el equilibrio de poder global.

Lo que está en juego excede el control de una región o recurso, va más allá del precio de la gasolina o las elecciones de mitad de término en Estados Unidos. Es el rediseño del orden mundial.

Ese rediseño se manifiesta en tres desplazamientos tectónicos. Primero, el paso de un orden basado en reglas a otro regido por relaciones de poder. Siguiendo el dilema de Paul Samuelson —“manteca o cañones”—, vamos a un mundo con preeminencia de la geopolítica y aumento del gasto en defensa. Se agotó el dividendo de la paz de la posguerra fría.

Vamos a un mundo con preeminencia de la geopolítica con aumento por doquier de los gastos en defensa

Segundo, retroceso de la globalización. Las cadenas globales de valor optimizadas bajo el just in time son reemplazadas por esquemas más resilientes: el friend-shoring y near shoring (suministro amigo, seguro y cercano).

Tercero, cambio en las prioridades de la agenda global: las finanzas y el comercio dejan paso a la seguridad energética y alimentaria.

En este nuevo escenario, la guerra en Medio Oriente funciona como catalizador de tendencias que ya estaban en marcha.

Para la Argentina y la región, este reordenamiento abre una ventana de oportunidad. El acuerdo Mercosur-Unión Europea puede ser más que un tratado comercial: una plataforma para integración en sectores estratégicos como energía, infraestructura y tecnología de la información.

Con recursos abundantes, el Mercosur y Latinoamérica tienen ventaja comparativa. Integrados, podemos posicionarnos como proveedores confiables de alimentos y energía.

En un mundo fragmentado e incierto, con predominio de la geopolítica, los nuevos encadenamientos productivos ofrecen una oportunidad para el desarrollo argentino y regional.

El autor es ex presidente de YPF y ex secretario de Energía

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
X