En su célebre obra Fútbol. Dinámica de lo impensado, el pensador Dante Panzeri nos sumerge en la premisa fundamental de que el fútbol es, por naturaleza, un deporte imprevisible. Esta filosofía cobra vida en el equipo dirigido por Lionel Scaloni, que ha adoptado como estandarte el principio de “la cancha manda”.
Bajo esta bandera, la Selección Argentina no hace más que confirmar que las circunstancias del fútbol son cambiantes, espontáneas y están sujetas a los giros inesperados del balón, superando cualquier esquema rígido trazado en pizarras o planificaciones previas. Este conjunto es un fiel representante del “Universo Panzeri”.
La creatividad individual de los futbolistas de talla mundial que posee la Albiceleste —incluyendo al mejor jugador del planeta—, combinada con las vicisitudes que marcan el ritmo de cada encuentro —una mezcla de “la intensidad y actitud única del fulbito y de pelear hasta la última”—, configura un espectáculo que despierta belleza y genera alegrías incomparables.
El centro de Lautaro Martínez en el partido entre Argentina y Egipto me transportó a escenas de la canchita del barrio, cuando gritábamos “Tirá el centro” para que los Enzo Fernández de todos los potreros del país conectaran un cabezazo perfecto y sellaran un gol agónico y soñado. Esa imagen nos hace creer en el fútbol y en su esencia de lo inesperado. La Selección Argentina lo volvió a hacer.
Hoy, el fútbol profesional moderno transita por caminos que combinan publicidad, espectáculo y nuevas formas de captación de apuestas deportivas (Sports Betting) y juegos de azar, impulsadas por la exposición de millones de usuarios a la digitalización. Se ha señalado que esta tendencia refleja una realidad social generalizada: un mayor interés por los deportes ahora implica una nueva exposición al juego, sustentada por la aprobación cultural y la creciente proliferación de patrocinios corporativos y de celebridades.
Este entorno propicia un escenario para la corrupción deportiva. Un atleta puede verse expuesto, de manera inmediata, a la injerencia de incentivos económicos indebidos provenientes de las apuestas en línea, con el consiguiente riesgo de manipulación. La integridad del fútbol se ha visto seriamente amenazada en las últimas décadas por la infiltración de redes delictivas en el ámbito de las apuestas deportivas.
Casos como Calcio-Scommesse, Totonero, Hoyzer y Brugal en Europa son ejemplos de organizaciones criminales internacionales estructuradas bajo la corrupción deportiva vinculada a las apuestas. Su gravedad exigió una intervención coordinada de federaciones deportivas y organismos de justicia.
Mediante el acceso a plataformas de apuestas deportivas, se detectan posibles manipulaciones o amaños de resultados (match fixing), la intervención sobre aspectos específicos del desarrollo del juego (spot-fixing) o la modificación deliberada de las diferencias de puntuación (point shaving).
Hoy, el apostador en un entorno digital puede optar por apuestas simples de un único resultado o por una apuesta combinada que permite apostar a más de un evento, en modalidades temporales pre play (antes del evento) o in play (durante el transcurso del evento). Se ha reconocido que el funcionamiento de los mercados in-play influye en cómo las organizaciones delictivas intentan manipular el evento.
El avance tecnológico también da lugar a prácticas como el courtsiding o gambling scam, que requieren la inclusión de otros actores, a veces no vinculados al fútbol. Estas se basan en el aprovechamiento de asimetrías informativas en las apuestas en vivo, aunque no implican la manipulación directa del resultado deportivo. Lo cierto es que la maniobra de amaño se canaliza a través de acuerdos previos o “tratos” ilícitos destinados a manipular eventos deportivos objeto de las apuestas.
Estas condiciones son, en líneas generales, las que rodean la actividad que agrupa a operadores de servicios de apuestas deportivas online (regulados e ilegales), consumidores digitales, jugadores, árbitros, entrenadores, directores deportivos, agentes, personal del equipo, dirigentes y otros actores que puedan incidir en una modificación irregular del resultado o del desarrollo de la competición.
El instrumento jurídico vinculante a nivel internacional dedicado específicamente a combatir el amaño de partidos y la corrupción en el deporte es el Convenio del Consejo de Europa sobre la Manipulación de Competiciones Deportivas, conocido como el Convenio de Macolin (o Magglingen, Suiza), vigente desde 2019. Este acuerdo busca proteger la integridad del deporte y la ética deportiva, facilitar la cooperación internacional y entre actores nacionales, establecer normas y medidas internacionales implementables por autoridades públicas, organizaciones deportivas y operadores de apuestas, y crear un marco internacional para el seguimiento de estas medidas.
En este contexto, se entremezclan posibles amaños de partidos y apuestas ilegales que exigen una consideración jurídica, regulatoria y social (ludopatía), ante el riesgo de que intereses contrarios a los principios de transparencia deportiva se impongan.
De regreso al principio de “la cancha manda”, el equipo de Lionel Scaloni sale victorioso frente a los peligros de ser sustituido por un accionar fraudulento, por construcciones pensadas previamente o arregladas para obtener provecho económico del mercado de las apuestas ilegales online. No hace “tratos”, desafiando toda apuesta, legal o ilegal. Es lo opuesto a lo espurio: es un equipo abanderado de lo genuino, pragmático y flexible, convencido de que en el fútbol nada está inventado ni escrito de antemano y que luchar hasta el final es la constante. Nos invita a creer, a ir por más.
Es una reivindicación a Dante Panzeri, al entender la esencia más bella y pura del fútbol como un arte de lo imprevisto.
Fuente: Infobae