El pasado martes ocurrió un acontecimiento que hace apenas un año parecía impensable: los kurdos de Siria anunciaron la disolución de su propio ejército. Desde el Palacio del Pueblo en Damasco, el comandante Mazloum Abdi pronunció la frase que resume catorce años de conflicto: “Anunciamos hoy el fin de la misión de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) y declaramos, con plena responsabilidad, su disolución”.
¿Qué eran las FDS? Se trataba de una alianza de milicias, con los kurdos como columna vertebral, que Estados Unidos armó en 2015 para combatir al Estado Islámico. Durante años fueron la fuerza más efectiva contra los yihadistas en el terreno. Como contrapartida, llegaron a controlar casi una cuarta parte de Siria: petróleo, ciudades, fronteras y un gobierno propio. Hoy, todo eso pasa a manos de Damasco sin un solo disparo ni resistencia.
¿Por qué ahora?
La respuesta breve es que a los kurdos no les quedaban muchas opciones. En enero de este año, el ejército sirio lanzó una ofensiva que en pocas semanas arrebató a las FDS alrededor del 80% del territorio que controlaban, según el Global Conflict Tracker del Council on Foreign Relations. Ciudades como Raqa y Deir al Zor, que los kurdos habían liberado del Estado Islámico años antes con un alto costo en vidas, cambiaron de manos casi sin lucha porque las tribus árabes que integraban las FDS se pasaron al bando gubernamental.

A esa derrota militar se sumó que el principal respaldo político y militar de los kurdos también se desvaneció. Estados Unidos, que había sido el garante de las FDS, giró hacia el nuevo gobierno sirio liderado por al Sharaa, dejando a los kurdos sin su paraguas protector. Un analista del Carnegie Middle East Center dijo a Reuters que las negociaciones sobre su futuro se aceleraron y se convirtieron en una cuestión de supervivencia. El anuncio del martes fue la culminación de un proceso que meses antes parecía imposible en la cumbre kurda: aceptar la pérdida de territorio a cambio de concesiones políticas.
¿Qué gana cada uno?

Damasco se queda con control real sobre todo el país. Según la Foundation for Defense of Democracies, el gobierno ya tomó los campos petroleros de Rumeilan y Suwaydiyah, las fronteras que antes manejaban los kurdos, el aeropuerto de Qamishli y sumó a la nómina estatal a unos 20.000 empleados del sistema educativo del noreste. Es decir, junto al territorio ganó recursos e infraestructura clave.
Los kurdos, a cambio, consiguieron algunas garantías: sus fuerzas se integrarán al Ministerio de Defensa con al menos cuatro brigadas, su policía (la Asayish) pasará al Ministerio del Interior, y hay compromisos para enseñar y reconocer el idioma kurdo, según explicó el analista Wladimir van Wilgenburg a la agencia EFE. También conservarán algo de autonomía local, como la alcaldía de Kobane. Pero perdieron lo esencial: la administración autónoma que tenían antes de este año desaparece. Es el final formal del Rojava, el utópico proyecto de autogobierno kurdo.

Turquía es la gran ganadora silenciosa. Desde 2016 presionaba para desarmar a una fuerza que considera un brazo del PKK, el grupo armado kurdo que combate al Estado turco desde hace décadas, e incluso lanzó tres operaciones militares contra los kurdos sirios entre 2016 y 2019. Ahora logra casi todo lo que quería sin disparar una bala. Incluso Abdullah Öcalan, fundador del PKK preso en Turquía desde 1999, calificó el acuerdo como un paso que “facilita y acelera” la pacificación con Ankara. Turquía y Arabia Saudita fueron de los primeros países en celebrar la noticia.
La dimensión geopolítica

Este acuerdo no es solo un asunto interno sirio; se inserta en un tablero más grande que se está reacomodando desde la caída de Assad.
Para Washington es la prueba de que su apuesta por al Sharaa funciona. El enviado especial de EE.UU. para Siria, Tom Barrack, calificó el anuncio de “absolutamente histórico” y habló de un “liderazgo con visión de futuro”. Esto significa que Estados Unidos, en los hechos, ya eligió entre sus dos aliados en la zona —los kurdos y el nuevo gobierno sirio— y se quedó con el segundo.
Por otro lado está Israel, que mira el proceso con desconfianza. Según un análisis del think tank Middle East Institute, Israel había mostrado preferencia por una Siria dividida y más débil, y algunos sectores especularon con un apoyo israelí a una eventual independencia kurda. Israel viene bombardeando objetivos militares en Siria desde la caída de Assad para evitar que el nuevo gobierno acumule demasiado poder, y mantiene una zona ocupada en el sur del país, cerca de los Altos del Golán. Sin embargo, cuando Damasco avanzó contra las FDS en enero, Israel se mantuvo al margen; la mano decisiva fue la de Estados Unidos. Al mismo tiempo, Turquía desconfiaba de la presencia militar israelí en el sur de Siria, por temor a que redujera la presión sobre los kurdos para negociar.
Después está Irán, el gran ausente de esta historia comparado con los años de Assad. Damasco viene actuando activamente contra las rutas de armas iraníes hacia el Hezbolá libanés, lo que le abrió una ventana de acercamiento con Israel pero también generó fricciones con Teherán, que perdió a uno de sus principales socios en la región tras la caída del régimen anterior.
Lo que todavía no está resuelto

No todo quedó cerrado con el anuncio. Varios analistas advierten que hay dudas sobre cómo se organizará realmente el mando de las tropas kurdas dentro del ejército sirio. Rob Geist Pinfold, de King’s College London, dijo a Al Jazeera que los kurdos perdieron poder de negociación “simplemente porque Estados Unidos dejó en claro que ya no goza de estatus protegido”. Además, el acuerdo obliga a que todos los combatientes extranjeros de las milicias kurdas —muchos vinculados al PKK— abandonen Siria, una condición que Turquía puso como innegociable.
En resumen: la disolución de las FDS marca el final de una etapa para los kurdos sirios. Pero también es una pieza más de un rompecabezas donde Turquía gana influencia, Estados Unidos consolida a su nuevo socio, Israel observa con cautela, y los kurdos apuestan —sin garantías firmes— a que ser parte de un Estado unificado valga más que la autonomía que están dejando atrás.
Fuente: Infobae