Artemis II: fallas y maravillas en el viaje a la Luna

Una alerta por una posible fuga en la cabina, una falla informática y la preparación para un eventual regreso de emergencia marcaron el vuelo de Artemis II. En un pódcast oficial del Centro Espacial Johnson, en Houston, los astronautas Reid Wiseman y Christina Koch reconstruyeron el viaje alrededor de la Luna, desde esos minutos de tensión hasta la convivencia de cuatro personas en una cápsula reducida.

El vuelo reunió a Wiseman, al piloto Victor Glover y a la especialista de misión Christina Koch, todos de la NASA, además del especialista de misión Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense. La misión fue el primer vuelo tripulado de prueba de la NASA con el cohete Space Launch System y la nave Orion en una trayectoria alrededor de la Luna. El viaje verificó capacidades humanas para la exploración del espacio profundo y abrió el camino para la exploración y la investigación científica de largo plazo en la superficie lunar.

Wiseman y Koch hablaron sobre la experiencia en el programa del centro de la NASA en Texas. Sus recuerdos abarcaron maniobras de vuelo, una advertencia por una posible fuga en la cabina, una avería informática, la puesta en marcha del baño, una comida en la cara oculta lunar y la convivencia en un espacio reducido.

La observación de la Luna desde un arco de trayectoria distinto reveló detalles de montañas y cráteres contra el espacio.

“Teníamos la mejor comida espacial que jamás hayan probado los astronautas en el espacio, de nuestro laboratorio de alimentos. Pero era muy difícil acceder a la comida y comerla como uno quisiera. Estaba en bolsas grandes, y el desayuno estaba mezclado con el almuerzo, que a su vez estaba mezclado con la cena, así que teníamos menús estupendos. Pero al final del día, estábamos flotando, y no teníamos forma de guardar toda la comida que salía de la bolsa”, reveló Reid Wiseman.

Una alerta de fuga puso en duda el rumbo a la Luna

Wiseman definió el viaje como “la mayor aventura que cuatro seres humanos puedan vivir jamás”. Dijo que la tripulación continúa unida, como lo estuvo durante la misión, y que había estado con Glover, Koch y Hansen aquella misma mañana.

Antes del vuelo, el comandante confiaba en la preparación de sus compañeros, del control de misión y de la nave. Había sido piloto en la Estación Espacial Internacional, pero esa experiencia no lo preparó para la velocidad con que el planeta dejó de dominar la vista. “Lo que me dejó boquiabierto fue lo rápido que dejamos la Tierra”, afirmó.

Durante el segundo y el tercer día, recordó, la Tierra parecía cada vez menor hasta convertirse en una pequeña media luna fuera de la ventana. Para alguien que había vivido la perspectiva de la estación espacial, el cambio resultó inesperado. “No esperaba que nos fuéramos tan rápido”, dijo.

Las maniobras iniciales mantuvieron abierta la posibilidad de un regreso inmediato

El comandante explicó que antes de las maniobras principales conservaba mentalmente una alternativa: volver a casa si algo fallaba. Despegaron de la plataforma 39B de Cabo Cañaveral y alcanzaron un primer punto máximo de distancia respecto de la Tierra. Después debían modificar la parte más cercana de su órbita al planeta para evitar un regreso directo.

Los astronautas conmemoraron el paso por la cara oculta de la Luna con el consumo de una galleta en el espacio reducido de la nave.

En ese momento, Wiseman calculaba que un contratiempo les permitiría estar de regreso en 45 minutos. La maniobra salió según lo previsto y la tripulación realizó después una elevación de apogeo que la llevó a 38.000 millas —unos 61.155 kilómetros—, en una órbita de 24 horas. Desde el punto más alto de esa órbita, aún consideraba posible volver si algo no funcionaba.

Luego realizaron la maniobra que alejaba el punto más cercano de la órbita respecto de la Tierra. Una vez completada, Wiseman comprendió que ya no podían regresar de inmediato. El siguiente paso era encender el motor para poner rumbo a la Luna.

Una alerta de cabina elevó la tensión a 20 minutos de la inyección translunar

En la aproximación a esa maniobra, Hansen y Koch controlaban el vehículo, mientras Glover y Wiseman brindaban apoyo. Al atravesar los cinturones de Van Allen, la computadora de Koch dejó de funcionar y ella tuvo que aplicar los procedimientos de respaldo.

Poco después apareció una advertencia sobre una posible fuga en la cabina. La alerta se produjo cuando faltaban cerca de 20 minutos para la inyección translunar y elevó la tensión de la tripulación. “Tal vez realmente fuéramos a regresar a casa en esta misión”, pensó Wiseman.

La tripulación de Artemis II junto al presidente de EEUU Donald Trump /REUTERS/Kylie Cooper)

La situación, sin embargo, parecía estar bajo control. El comandante atribuyó al Control de Misión un trabajo “excelente” para resolver el problema. El encendido para dirigirse a la Luna se realizó finalmente. Wiseman dejó de pensar en una vuelta a la Tierra y se concentró en que el equipo ya estaba en camino.

La confianza del equipo se construyó antes de que el cohete encendiera

Al hablar sobre la confianza entre los cuatro astronautas, Wiseman diferenció entre intentar crearla y ganársela. “La confianza hay que ganársela”, sostuvo.

Dijo que el equipo había trabajado mucho antes del vuelo y reconoció que sus integrantes no siempre fueron amigos, coincidieron o estuvieron en sintonía. A su juicio, esas diferencias terminaron por fortalecerlos. Aun así, antes del despegue no sabía cómo respondería el grupo cuando el cohete se encendiera, al entrar en ingravidez, durante el trayecto hacia la Luna o frente a tareas de alto riesgo y de vida o muerte.

La primera prueba que recordó no fue una emergencia, sino una bolsa de avena que abrió sin suficiente hidratación. Miles de copos se dispersaron dentro de la nave. “Diez mil es una cifra baja”, calculó Wiseman, al describir una nube de avena que se alejaba de él mientras flotaba. Tras seis meses en la Estación Espacial Internacional, pensó que aquello no debía resultarle tan difícil a un astronauta.

El comandante Reid Wiseman destacó la rapidez con la que la Tierra se alejó de la vista de los astronautas durante el despegue. (NASA)

Christina Koch convirtió la activación del baño en una tarea prioritaria

Koch explicó que ser astronauta implica una presión constante, porque “nunca se sabe cuándo habrá que responder en una situación crítica”. También hay momentos previstos que exigen actuación, y para ella uno de ellos llegaría segundos después del apagado del motor principal: debía levantarse de su asiento y activar el sistema del baño.

Había estudiado el procedimiento a fondo, lo tenía casi memorizado y solicitó entrenamiento adicional en una de las últimas etapas de preparación. El ensayo incluía la activación del baño dentro de su traje y el uso de prototipos, con el propósito de familiarizarse con cada paso de una manera parecida al vuelo.

El sistema no arrancó al principio y la tripulación avisó a los equipos de tierra. Koch aclaró que no realizó reparaciones mecánicas ni utilizó llaves inglesas. Le gusta “trastear”, según dijo, e intentó conseguir más herramientas para Orion, pero siguió las indicaciones de tierra y puso el equipo en marcha de una forma más suave. El sistema funcionó y ella dio todo el crédito a los equipos en tierra.

La astronauta asumió con humor el papel de “la chica del baño” después del corte de gestión, al considerar que cada integrante debía sentirse orgulloso de las funciones asignadas.

La astronauta Christina Koch puso en marcha el sistema de baño de la nave Orion tras coordinar las maniobras con el equipo en tierra. (NASA/Handout via REUTERS)

Una galleta fue la primera acción de la tripulación en la cara oculta de la Luna

Para Koch, el vuelo espacial tripulado combina lo cotidiano con lo que describió como majestuoso y sublime. Esa convivencia de escalas, afirmó, explica por qué considera importante la presencia humana en los vuelos: las personas llevan humanidad a lugares que resultan difíciles de imaginar.

La primera acción del equipo en la cara oculta de la Luna fue comer una galleta. “Nos pareció la forma apropiada de conmemorar un momento especial”, dijo Koch.

La cápsula Orion era tan pequeña que una expresión se repitió dentro de ella: “No muevas el pie”. La tripulación se mantenía en su lugar con un dedo del pie bajo una barandilla o entre dos bolsas de almacenamiento ubicadas en el suelo. Allí también guardaban sus pertenencias.

Si Koch necesitaba buscar un cepillo para el pelo o equipo médico, tenía que avisar a otro integrante: ella se sujetaría bajo su pie, pero “no lo muevas”. La astronauta comparó la convivencia con hacer un viaje de nueve días en una furgoneta con tres amistades cercanas: habría, inevitablemente, mucha interacción humana.

La dispersión involuntaria de miles de copos de avena en la cápsula puso a prueba la adaptación de la tripulación a la ingravidez. (REUTERS/Nicolas Economou)

La Luna pareció distinta desde una trayectoria que no fue directa

Koch dijo que la visión de la Luna fue conceptualmente más asombrosa de lo que había previsto, y que esa impresión llegó al comienzo de la misión. La trayectoria no fue directa: la nave realizó una especie de arco largo y la perspectiva cambió pronto, al observar el satélite desde más lejos de lo que llamó el limbo oeste visto desde la Tierra.

La Luna parecía un 20% diferente, aunque para ella la diferencia visual era mayor de lo que sugería esa cifra. La tripulación sabía que la observaba desde otra parte del sistema Tierra-Luna y que, por eso, no era la Luna conocida desde el planeta. Sin embargo, remarcó que aquello que veían siempre había estado allí.

“La Luna no nos necesitaba para verla”, afirmó Koch. Según su reflexión, el satélite siempre estuvo allí y habría permanecido igual ante la ausencia de observadores, del mismo modo que el eclipse que presenciaron se habría producido sin sus ojos.

Aun así, calificó esa experiencia como la más fenomenal de su vida y posiblemente la más asombrosa que llegue a contemplar. El momento reforzó para ella una idea: el universo está ahí afuera y, si las personas pudieran situarse en los mismos lugares que muestran las imágenes del Telescopio Espacial Hubble o del Telescopio Espacial James Webb, también las verían.

La belleza de la Luna la impactó, al igual que su desolación, su apariencia en blanco y negro y el contraste con la observación de la Tierra. En el borde lunar, dijo, podían distinguirse el relieve de las montañas y los contornos de los cráteres contra la negrura del universo.

Fuente: Infobae

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