La agitación política y social que experimentó Bolivia no fue un hecho aislado, sino la consecuencia inevitable de un deterioro macroeconómico gestado durante dos décadas de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS). El país se sumó así a la lista de naciones sudamericanas afectadas por el llamado «socialismo del siglo XXI».
Al igual que Venezuela a principios de los 2000, Bolivia vivió una época de bonanza impulsada por el superciclo de las materias primas y el alza del precio del gas natural, su principal recurso energético.
Entre 2008 y 2014, la producción de gas creció de manera constante: pasó de un promedio de 40 millones de metros cúbicos diarios a un récord de 59,6 millones en 2014. 
Cerca del 80% de esa producción se exportaba, principalmente a Brasil y Argentina. Este último país, afectado por sus propias políticas energéticas, incrementó sus compras a Bolivia.
En esa época, el gas se convirtió en la principal fuente de divisas. Las exportaciones pasaron de USD 3.000 millones anuales a USD 8.000 millones entre 2013 y 2015, representando la mitad de todas las ventas externas del país.
El declive de la producción gasífera
Cuando Evo Morales asumió la presidencia en 2006, una de sus primeras acciones fue nacionalizar las empresas extranjeras. A partir de entonces, sostienen los analistas, cesaron las inversiones y el gobierno se limitó a explotar lo ya construido.
La caída de los precios internacionales del gas en 2014 coincidió con el agotamiento de los yacimientos por falta de mantenimiento y nula exploración.
Al shock de precios de 2014 se sumó la contracción de la capacidad productiva por falta de mantenimiento de infraestructura y por la ausencia de inversión en nuevos yacimientos.
Durante los años de abundancia, la administración del MAS destinó la renta a gasto corriente y subsidios, buscando mantener el apoyo popular. Esto desincentivó la inversión en nuevos pozos.
Sin nuevos descubrimientos, la producción empezó a caer drásticamente. Para 2025, se estima que la producción cayó a 29 millones de metros cúbicos diarios, menos de la mitad del pico histórico.
Las exportaciones de gas se desplomaron a USD 1.500 millones en 2025, estrangulando la principal fuente de divisas. 
A esto se sumó un cambio geopolítico: Bolivia dejó de exportar a Argentina, ya que ese país aumentó su producción gracias al desarrollo de Vaca Muerta.
El círculo vicioso fiscal y la pérdida de reservas
Bolivia, que había mantenido cuentas públicas equilibradas gracias al gas, se negó a realizar un ajuste fiscal cuando los ingresos cayeron. Para sostener el gasto social, recurrió al endeudamiento.
Desde 2015, los déficits anuales superaron el 5% del PIB, llegando a un pico de 11,6% del PIB en 2025. Este aumento se debió a un intento del gobierno de retener poder mediante expansión del gasto, lo que quebró la sostenibilidad fiscal. 
La deuda pública se disparó: del 30% del PIB en 2014 al 85% del PIB en 2025.
Al perder acceso al financiamiento internacional, el Estado empezó a usar sus reservas. Estas pasaron de un máximo de USD 15.100 millones en 2014 a USD 1.600 millones en 2024. Un repunte a USD 3.700 millones en 2025 se debió al alza del oro, no a una mejora real.

Sin reservas ni financiamiento, los déficits se cubrieron con emisión monetaria del Banco Central.
Esto generó una brecha cambiaria en el mercado paralelo de alrededor del 50%, escasez de productos importados y desabastecimiento de combustibles, lo que disparó la inflación. 
El espejismo del litio y el riesgo regional
Bolivia posee las mayores reservas teóricas de litio del mundo, junto con Argentina, pero su producción es casi nula. Al igual que con los hidrocarburos, el Estado nacionalizó toda la cadena y, sin tecnología ni capital, no pudo desarrollarla.
Los acuerdos con consorcios rusos y chinos no fructificaron. En contraste, Argentina proyecta exportar litio por USD 2.000 millones este año.
La crisis boliviana sigue el patrón del chavismo venezolano y el cubano: expropiaciones, consumo artificial, gasto asistencialista que reemplaza a la inversión, y colapso productivo.
La falta de inversiones derivó en un colapso de la producción y de los ingresos por exportaciones.
Ese colapso económico llevó a una crisis política y social sin precedentes. 
Tras 20 años de gobierno del MAS, Bolivia llegó a la etapa final del «socialismo del siglo XXI». Si no cambia el rumbo, las consecuencias serán inflación acelerada, desabastecimiento crónico, conflicto social y caos político.
El país está en riesgo de hiperinflación, lo que podría desatar un flujo migratorio masivo que afecte a toda la región, especialmente la frontera con Argentina.
Paolo Rizzo es Magister en Economía de la Universidad de Tilburg (Holanda) y en Management de la Universidad Luiss (Italia); Ramiro Castiñeira es director de la consultora Econométrica.
Fuente: Infobae