El fallecimiento de Ali Khamenei no debe interpretarse como el derrumbe inevitable del sistema iraní. Esta es una precisión analítica fundamental para evitar caer en el alarmismo o en expectativas infundadas. Contrario a las dictaduras personalistas tradicionales que se fragmentan al perder a su figura central, la nación persa posee una estructura teocrática-institucional consolidada desde 1979, con diversos estratos de poder religioso, económico y militar que le confieren una notable resiliencia.
Ante la ausencia del líder, se ponen en marcha los protocolos de sucesión establecidos por el propio ordenamiento del país. El liderazgo transitorio, que queda bajo la responsabilidad del ayatolá Alireza Arafi y el actual mandatario Masoud Pezeshkian, sugiere un esfuerzo por mantener la operatividad institucional mientras se ajustan las fuerzas internas. Aunque Pezeshkian es visto como una figura de tinte pragmático que podría buscar acercamientos con Occidente, cualquier posibilidad de apertura está supeditada a la postura del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, el verdadero núcleo del poder.
El peso de la Guardia Revolucionaria y la dualidad militar
La columna vertebral del régimen no reside exclusivamente en el clero, sino en la Guardia Revolucionaria. Esta organización, establecida tras la revolución para salvaguardar el sistema y extender su influencia externa, cuenta con cerca de 190.000 efectivos en activo. Su peso es tal que maneja un presupuesto de aproximadamente 1.880 millones de dólares, cifra que triplica los recursos del ejército convencional, y tiene influencia sobre el 20% al 40% del Producto Interno Bruto (PBI) iraní, controlando áreas vitales como telecomunicaciones, energía e infraestructura.
Este cuerpo no es solo una rama militar, sino un complejo político-económico con su propia fuerza aérea, naval y el programa de misiles. Además, supervisa a la milicia Basij, que cuenta con millones de integrantes bajo diversos niveles de lealtad. En contraposición se halla el Artesh o ejército regular, que posee 350.000 soldados y una reserva equivalente. A pesar de su superioridad numérica, el Artesh tiene menos recursos económicos y una menor carga ideológica. El equilibrio entre estas dos fuerzas militares será el factor determinante para la estabilidad de la nación durante este periodo de cambio.
La estrategia externa y los riesgos de la transición
Los planteamientos de Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, y de Israel parecen enfocarse en quebrar precisamente ese balance interno. Al dirigir ataques selectivos contra mandos y bases de la Guardia Revolucionaria y no contra el ejército regular, el objetivo es socavar al núcleo duro del régimen sin desmantelar por completo el Estado. Se busca una estrategia de “externalización” del cambio político: presionar externamente para que las fisuras internas logren una transformación desde dentro.
“El mensaje es claro: debilitar el núcleo duro del régimen sin destruir la estructura estatal en su conjunto.”
Este enfoque guarda similitudes con las acciones israelíes contra Hezbollah en el Líbano, orientadas a eliminar liderazgos y degradar capacidades logísticas. No obstante, aplicar esta táctica en un país de más de 85 millones de habitantes con una infraestructura militar robusta conlleva riesgos significativos. El plan de Washington y Jerusalén asume que la Guardia puede ser aislada, que el descontento social se reactivará y que surgirá un liderazgo más moderado, pero estas son hipótesis de alta incertidumbre.
Desafíos internos y la legitimidad del Estado
La situación social en Irán ha estado marcada por intensas protestas en años recientes, las cuales fueron repelidas con dureza, especialmente por la milicia Basij. Aunque las cifras de fallecidos son difíciles de precisar por el control informativo, los reportes mencionan cientos o miles de víctimas. La percepción de una respuesta violenta ante las demandas ciudadanas ha afectado la legitimidad del sistema, aunque sus mecanismos de control sigan vigentes.
La partida de Khamenei, quien fue el símbolo de la continuidad desde 1989, impacta profundamente en la moral del sector ideológico. No obstante, el diseño del régimen busca la supervivencia institucional más allá de los individuos. El gran enigma es si la Guardia Revolucionaria aceptará una redistribución del poder que afecte su dominio estratégico.
Por otro lado, la oposición se muestra fragmentada. El Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, con Maryam Rajavi a la cabeza, opera desde el exilio con una llegada limitada al interior del país. Mientras tanto, Reza Pahlavi, heredero del último Shah, ha ganado notoriedad en la diáspora y en las manifestaciones, evocando el periodo previo a 1979, aunque su figura despierta tanto apoyo como rechazo frontal.
Contexto histórico y tablero internacional
La memoria de la intervención extranjera pesa en la psicología política iraní. Eventos como la “operación Ajax” de 1953, impulsada por la CIA y el MI6 para deponer a Mohammad Mosaddegh tras nacionalizar el petróleo, alimentan la desconfianza hacia Occidente. Cualquier señal de que potencias extranjeras intentan moldear el futuro de la nación puede fortalecer a las facciones más radicales bajo un discurso nacionalista.
En el plano militar regional, la capacidad de Teherán para afectar rutas de navegación o infraestructura energética en el Golfo, a través de sus fuerzas navales asimétricas, sigue siendo una herramienta de presión considerable. Sin embargo, el régimen enfrenta la encrucijada de responder con firmeza sin provocar una coalición global en su contra.
Finalmente, el panorama internacional muestra a Rusia y China con una actitud de cautela. Ambos países prefieren la estabilidad en la región por intereses estratégicos, pero es probable que su apoyo se limite a lo diplomático y económico, evitando un involucramiento bélico directo. En conclusión, la muerte del Líder Supremo marca el inicio de una puja por la redefinición del poder en Irán, donde la cohesión de la Guardia Revolucionaria y la dinámica interna entre armas y economía serán las que dicten el desenlace final.
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