Trump e Irán: ¿El fin de una hostilidad de cinco décadas?

En el año 1988, se gestaba una rivalidad histórica entre un magnate de los negocios en Nueva York y un clérigo de la ciudad de Mashhad. En aquel entonces, Donald Trump sostenía que las embarcaciones militares de Estados Unidos desplegadas en el Golfo Pérsico debían actuar con firmeza frente a Irán. Su advertencia fue clara:

“Un disparo a uno de nuestros hombres y haría estragos en la isla de Kharg”

, refiriéndose al punto neurálgico de la terminal petrolera iraní. Por su parte, Ali Khamenei, quien fungía como presidente de Irán antes de ser ayatolá, respondió con la promesa de convertir esa zona marítima en un escenario fúnebre para las fuerzas norteamericanas.

Ha transcurrido casi medio siglo y el discurso mantiene su intensidad original. El mandatario Trump ha ordenado el despliegue de lo que denomina una “hermosa armada” en el Oriente Medio, una respuesta a la indiferencia de Teherán ante sus advertencias por la represión contra manifestantes el mes anterior. Khamenei ha replicado con firmeza el pasado 1 de febrero:

“Estados Unidos debe saber que si inicia una guerra, esta vez será una guerra regional”

.

Un momento crítico para la República Islámica

El actual presidente estadounidense parece decidido a que este enfrentamiento sea el definitivo. Con una Irán que luce más frágil que nunca, Trump busca zanjar, ya sea por la vía del diálogo o la fuerza, el conflicto que ambas naciones arrastran desde hace 50 años. Mientras tanto, el líder supremo Khamenei se percibe en una posición de parálisis, aferrado a una doctrina que muchos consideran obsoleta. El desenlace de esta pugna entre ambos líderes marcará el rumbo de la región por décadas.

La movilización de recursos bélicos por parte de la Casa Blanca apunta a una operación de gran escala. A finales de enero, el portaaviones USS Abraham Lincoln arribó a la zona de conflicto, acompañado de buques de reabastecimiento, destructores, aviones de combate y sistemas de defensa aérea diseñados para neutralizar cualquier intento de respuesta por parte de las fuerzas iraníes.

A pesar del despliegue militar, Trump mantiene abierta una ventana diplomática. Se ha programado una reunión para el 6 de febrero en Omán entre Steve Witkoff, enviado especial del presidente, y Abbas Araghchi, ministro de Relaciones Exteriores de Irán. Este acercamiento es producto de la presión diplomática ejercida por naciones como Egipto, Turquía y diversos países del Golfo, que intentan evitar una escalada bélica total. No obstante, en Teherán aún se recuerda que el verano pasado, el uso de la diplomacia precedió un bombardeo estadounidense contra sus infraestructuras nucleares.

Divergencias en la mesa de negociación

El futuro de las conversaciones depende de las posturas inflexibles de los líderes. Khamenei, al mando desde 1989, prioriza la continuidad del sistema clerical, evitando cualquier tipo de reforma o concesión externa. Sin embargo, tras dos años de inestabilidad interna, su posición se ha debilitado considerablemente. El programa nuclear iraní ha perdido capacidad de enriquecimiento de uranio y el régimen enfrenta un fuerte rechazo social interno, exacerbado por una crisis económica y medioambiental.

En el extremo opuesto se encuentra Trump, un líder que, aunque carece de una ideología rígida, ha mantenido obsesiones constantes, como la idea de que los mandatarios de Irán han burlado históricamente a Estados Unidos. Desde la presidencia de Jimmy Carter, el régimen iraní ha sido un desafío para cada administración, y Trump desea ser quien finalmente lo someta. Según analistas en Washington, para el presidente estadounidense la situación se sigue analizando bajo la óptica de los años 80.

Los términos que Washington busca imponer son estrictos:

  • Reducción drástica de la actividad nuclear.
  • Limitación del programa de misiles balísticos.
  • Cese del apoyo financiero y militar a milicias árabes.

El canciller Araghchi manifestó recientemente a la cadena CNN que un consenso solo sería viable si Estados Unidos no exige condiciones que resulten “imposibles” de cumplir. Existe la posibilidad de una solución alternativa donde los temas no nucleares se discutan con aliados regionales en Omán, pero el líder supremo iraní se mantiene reacio a dicha posibilidad.

En Washington, la percepción mayoritaria es que la diplomacia podría no dar frutos. La incertidumbre no reside en si habrá una acción militar de Trump, sino en el alcance de la misma. Aunque inicialmente se consideró un ataque de baja intensidad para diferenciarse de la gestión de Barack Obama en 2013, el prolongado estancamiento sugiere que una ofensiva de gran escala es inminente. Expertos y diplomáticos coinciden en que el objetivo de un eventual ataque podrían ser las figuras más altas de la jerarquía iraní, incluido Khamenei, buscando forzar un cambio de régimen definitivo.

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