Terremoto en Venezuela reveló una crisis estatal previa

Finalmente, y de la peor forma imaginable, el aparato estatal venezolano se derrumbó.

La escena más impactante de esta catástrofe no son las estructuras caídas. Es la de millares de ciudadanos excavando con sus propias manos mientras la comunidad internacional, al fin, se movilizó para auxiliarlos. Y la de un gobierno que, en el momento de mayor necesidad, resultó incapaz de actuar.

La fuerza de la naturaleza obligó al planeta a rescatarlos.

Pero Venezuela ya se encontraba en bancarrota institucional desde mucho antes. Y no nos referimos a edificios.

Durante casi treinta años, el régimen venezolano acumuló fisuras evidentes: el deterioro de las instituciones democráticas, la centralización del poder, la represión política, las acusaciones de violaciones a los derechos humanos, el encarcelamiento de adversarios, el cierre de medios independientes y el progresivo desmoronamiento del sistema sanitario y otros servicios públicos. A esto se sumó el éxodo de millones de venezolanos, una de las mayores crisis migratorias del continente.

Como sucede con una edificación cuyo daño permanece oculto hasta que llega un gran movimiento telúrico, la debilidad del Estado venezolano llevaba años acumulándose.

El doble terremoto del 24 de junio no generó esa fragilidad. La puso en evidencia.

En cuestión de segundos, el desastre encontró a un Estado con una capacidad de respuesta severamente mermada. El balance provisional es desolador: 1.430 personas fallecidas, 3.238 heridas, centenares de edificios colapsados, decenas de desaparecidos y miles de familias damnificadas. Detrás de cada número hay una historia truncada por la incertidumbre.

Y entonces ocurrió algo que durante años parecía improbable: el mundo reaccionó con la urgencia que la crisis venezolana llevaba demasiado tiempo esperando.

Rescatistas de más de 20 países trabajan para encontrar sobrevivientes (crédito Ungrd)

Tras un esfuerzo sobrehumano de los propios venezolanos por localizar a sus seres queridos, los aviones internacionales aterrizaron con rescatistas, hospitales de campaña, perros adiestrados, equipos de búsqueda y toneladas de ayuda humanitaria. No porque Venezuela necesitara auxilio el 24 de junio, sino porque el terremoto imposibilitó seguir desoyendo una tragedia que llevaba demasiado tiempo gestándose.

Durante años, la comunidad internacional respondió con declaraciones, sanciones, negociaciones y llamados al diálogo. El sismo transformó el discurso de la crisis. Ya no se debatía solo sobre soberanía o democracia. Había personas atrapadas bajo los escombros y apenas unas horas para encontrarlas con vida.

Y cuando el tiempo se mide en vidas humanas, la geopolítica pasa a un segundo plano.

Quizás esa sea la lección más incómoda que deja esta tragedia.

El terremoto forzó a los líderes mundiales a buscar a los venezolanos bajo los escombros. Pero ellos llevaban años atrapados bajo otros escombros: los de un Estado debilitado, una democracia erosionada y una crisis humanitaria que creció mientras el mundo debatía cómo responder.

Hoy la solidaridad internacional llega en forma de médicos, brigadas de rescate y ayuda humanitaria. Mañana deberá traducirse en algo más difícil y duradero: acompañar la reconstrucción de un país que no solo perdió edificios, sino también buena parte de sus instituciones.

Porque la verdadera reconstrucción de Venezuela no comienza con el terremoto ni termina cuando se retire el último equipo de rescate. Los venezolanos no podrán salir solos de una crisis de esta magnitud. Antes del 24 de junio ya necesitaban el compromiso de la comunidad internacional para recuperar su democracia, recuperar sus instituciones y ofrecer a millones de personas la posibilidad de volver a vivir con dignidad.

Quizá el terremoto solo haya hecho visible una verdad que llevaba demasiado tiempo ignorada: que el mundo debía ayudar a Venezuela mucho antes de que la tierra comenzara a temblar.

Fuente: Infobae

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