Willian Pacho dejó a un lado el fútbol por un momento para contar la historia que existe detrás del jugador que llegó a la élite de Europa. El defensor ecuatoriano abrió uno de los capítulos más íntimos de su vida al recordar a su madre, su infancia, las dificultades económicas de su familia, sus primeros pasos en Independiente del Valle y, especialmente, el golpe que cambió para siempre su manera de entender la vida: la muerte de su mamá, Glenda, el mismo día de su debut como profesional.
El relato comienza lejos de los grandes estadios. Pacho vuelve mentalmente a su casa y a una escena que todavía conserva intacta: su madre bailando bachata en el living mientras escuchaba Aventura. Él, con aproximadamente ocho años, observaba sus pies e intentaba seguir sus movimientos. “Uno, dos, tres, uno, dos, tres”, recuerda sobre aquellos días en los que pasó meses intentando aprender hasta que finalmente recibió la aprobación que tanto esperaba: “Ahí está, Willian. Eso. Muy bien”.
Para Pacho, aquel recuerdo terminó adquiriendo un significado especial. Antes de aprender a utilizar sus pies para defender en las principales canchas del mundo, los utilizó para intentar bailar junto a su madre.
Una infancia marcada por el sacrificio de su madre
El ecuatoriano también recordó las dificultades económicas que atravesó su familia. Su madre trabajaba durante el día preparando y vendiendo alimentos en el colegio de una de sus hijas y por las noches conseguía ingresos adicionales lavando a mano la ropa de vecinos.
En casa también criaban gallinas y cerdos. Pacho era el encargado de recorrer el barrio recogiendo las sobras de comida que posteriormente servían para alimentar a los animales. Una tarea que, según relató, provocó burlas de otros niños e incluso miradas despectivas de algunos adultos.
Sin embargo, de aquella etapa surgió una de las enseñanzas que todavía conserva. Cada diciembre, cuando sacrificaban los cerdos, su madre repartía carne entre los vecinos, incluso entre aquellos que anteriormente se habían negado a colaborar con ellos.
“Eso no te tiene que molestar. Todos reciben una buena cortada”, era la respuesta de su madre cuando Pacho cuestionaba aquella decisión.
El defensor resume aquella filosofía con una frase que terminó acompañándolo durante toda su vida: convertir las sobras en un festín.
Moisés Caicedo, su compañero de habitación en Independiente del Valle
El fútbol comenzó a cambiar su destino cuando, a los 15 años, dejó su hogar para incorporarse a las divisiones formativas de Independiente del Valle. Allí conoció a quien terminaría convirtiéndose en su mejor amigo: Moisés Caicedo.
Ambos fueron compañeros de habitación y posteriormente compartieron un departamento. Mientras intentaban abrirse camino como profesionales, dividían los gastos y las tareas de la casa: cuando uno cocinaba, el otro lavaba los platos.
“Pensar que esos dos panas fregando platos un día iban a estar jugando en la Champions League… No, imposible”, recordó Pacho.
También rememoró el momento en que Caicedo comenzó a recibir oportunidades con el primer equipo y compró un Hyundai Sonata rojo. Para los dos jóvenes, aquel automóvil representaba algo mucho mayor. Ver progresar a su amigo también convenció a Pacho de que su oportunidad podía llegar.
El cáncer de su madre y una realidad que intentaron ocultarle
Mientras Pacho se acercaba al primer equipo, recibió una llamada desde casa. Su madre había sido intervenida después de que los médicos detectaran problemas con un bulto que inicialmente consideraban benigno.
Entonces apareció una palabra que lo cambió todo: cáncer.
Su madre intentó protegerlo de la gravedad de la enfermedad y constantemente le pedía que continuara concentrado en el fútbol. Cuando Pacho finalmente pudo regresar a casa durante unos días libres en 2019, comprendió que la situación era mucho más delicada de lo que le habían contado.
La mujer fuerte que recordaba había perdido mucho peso. Una noche tuvo que ayudarla con sus medicamentos y observó las consecuencias de las intervenciones y del tratamiento. Pacho se acostó junto a ella, como cuando era niño, y esperó hasta que se durmiera para llorar en silencio.
Al regresar al club tuvo un presentimiento: podía ser la última vez que la viera.
Pensó en tomarse una fotografía con ella, pero finalmente decidió no hacerlo porque hacerlo significaba, para él, aceptar la posibilidad de una despedida. Se prometió que habría tiempo para muchas fotos cuando regresara.
No ocurrió.
Debutó como profesional sin saber que su madre había fallecido
Meses después llegó la oportunidad que había esperado durante años: iba a debutar con el primer equipo de Independiente del Valle.
Pacho intentó comunicarse con su madre para darle la noticia, pero no obtuvo respuesta. Antes de dormir le dejó un mensaje anunciándole que al día siguiente sería futbolista profesional y pidiéndole que permaneciera despierta para observar el partido.
A la mañana siguiente encontró numerosas llamadas y mensajes. Algo había sucedido.
Su hermana intentó tranquilizarlo y le aseguró que su madre estaba descansando después de regresar del hospital. Pacho creyó esa versión y salió a disputar el encuentro pensando que ella lo estaba observando desde casa.
Jugó el partido y el marcador terminó 0-0.
Cuando abandonaba la cancha, integrantes del cuerpo técnico lo llevaron hacia una habitación cercana al camerino. Allí estaban su padre y su cuñado.
Entonces conoció la verdad: su madre había fallecido durante la madrugada.
Su familia, el entrenador y personas cercanas conocían la noticia, pero decidieron esperar hasta después del encuentro porque consideraron que Glenda habría querido que su hijo cumpliera el sueño por el que había trabajado durante tantos años. El fallecimiento de su madre el día de su estreno profesional en 2019 es un episodio que también ha sido documentado posteriormente en Ecuador.
El pensamiento más oscuro durante el camino a casa
Pacho salió del estadio todavía vestido con su uniforme y emprendió el viaje para despedirse de su madre.
Durante el recorrido por la cordillera tuvieron que detenerse varias veces. En medio del dolor, el futbolista reveló que se acercó a un precipicio y comenzó a preguntarse qué ocurriría si daba un paso hacia adelante.
“¿Y qué pasa si ahora me tiro?”, recordó haber pensado.
Su padre y su cuñado percibieron que algo no estaba bien. Desde entonces, cada vez que el vehículo se detenía, bajaban junto a él y permanecían a su lado.
Pacho decidió contar públicamente aquel episodio pensando especialmente en quienes han perdido a su padre o madre siendo jóvenes. Reconoció que todavía le produce temor recordar hasta dónde llegó su desesperación aquella noche.
El dolor transformó su manera de jugar
Después del fallecimiento permaneció durante días encerrado en la habitación de su madre. Cuando regresó al fútbol, algo había cambiado.
Pacho asegura que perdió el miedo dentro de la cancha.
El jugador que anteriormente evitaba el contacto comenzó a competir con una agresividad diferente. La tristeza, la rabia y la impotencia encontraron una vía de escape en el fútbol. Incluso recuerda que en su primer encuentro posterior a la pérdida recibió dos tarjetas amarillas rápidamente y terminó expulsado.
Con el tiempo aprendió a canalizar aquella energía.
Su crecimiento en Independiente del Valle llamó la atención del Borussia Mönchengladbach. La operación parecía encaminada y Pacho incluso comenzó a planificar su nueva vida. Antes de marcharse decidió comprar una casa para su familia, cumpliendo de alguna manera el sueño que había tenido de darle un nuevo hogar a su madre.
Pero el fichaje se cayó.
La transferencia no pudo concretarse y Pacho todavía debía pagar parte de la vivienda. Poco después llegó otro golpe: sufrió problemas graves en ambos hombros y decidió operarse los dos simultáneamente, lo que lo dejó durante meses dependiendo de su hermana incluso para las tareas más básicas.
Europa y otra batalla contra la soledad
Royal Antwerp terminó apostando por él cuando todavía estaba recuperándose. Así comenzó su aventura europea.
Pacho llegó a Bélgica prácticamente sin poder entrenar con normalidad, sin dominar los idiomas y enfrentándose a una profunda sensación de aislamiento. En aquellos momentos recurrió nuevamente a Moisés Caicedo.
El defensor recordó haberle escrito a su amigo para decirle que finalmente comprendía lo que Caicedo había vivido cuando se marchó a Inglaterra.
Pacho resistió.
Pasó de entrenarse prácticamente solo a convertirse en titular y terminó conquistando el campeonato belga con Antwerp, un título histórico para el club. Después llegó Eintracht Frankfurt y posteriormente apareció la oportunidad que terminaría colocándolo definitivamente entre los grandes.
Luis Enrique y el salto definitivo con el PSG
Su rendimiento despertó el interés del PSG. Pacho recordó una reunión con Luis Campos en Madrid en la que, inesperadamente, apareció Luis Enrique mediante una videollamada.
La conexión con el entrenador español fue inmediata.
Ya en París, Pacho asegura que Luis Enrique le transmitió tranquilidad y le pidió que avanzara a su propio ritmo, sin sentir la obligación de justificar inmediatamente su fichaje.
Esa confianza aceleró su crecimiento.
El ecuatoriano pasó de ser una incorporación que generaba interrogantes a ganarse un lugar entre los titulares y el cariño de los aficionados. Su dorsal 51 también mantiene vivo el recuerdo de Glenda: corresponde a la edad que tenía su madre cuando falleció, mientras que una imagen de ella lo acompaña en sus canilleras.
“Es mejor que una foto. Es un recuerdo. Es eterno”
Después de recorrer su infancia, la pobreza, Independiente del Valle, la muerte de su madre, las lesiones, el frustrado salto a Alemania, la soledad en Bélgica y finalmente su llegada a la cima, Pacho cerró su historia regresando exactamente al lugar donde comenzó.
A la bachata.
A su casa.
A los pies de su madre marcándole el ritmo.
El defensor le agradece por haberle enseñado a bailar, por comprarle sus primeros zapatos de fútbol, por enseñarle a compartir incluso con quienes no habían ayudado a su familia y, sobre todo, por ser su madre.
Pacho lamenta no haberse tomado aquella última fotografía antes de regresar a Independiente del Valle. Sin embargo, asegura conservar algo todavía más poderoso.
En su memoria vuelve a ser aquel niño intentando seguir los pasos de Glenda. Esta vez levanta la mirada y observa su sonrisa.
Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.
Finalmente aprendió a bailar.
Y esa imagen, como concluye el propio Pacho, no necesita una fotografía para sobrevivir: “Es un recuerdo. Es eterno”.