El peligro del fanatismo y la amenaza nuclear iraní en Medio Oriente

Nos encontramos ante una conflagración sumamente atípica. Estados Unidos, a pesar de tener claros sus motivos de lucha, se enfrenta a un escenario donde los objetivos convencionales parecen haber sido ya neutralizados o ejecutados. En una lógica de guerra tradicional, esto se consideraría un triunfo rotundo, pues se está mermando la infraestructura de una nación y eliminando a sus cabecillas de forma deliberada, sin que Irán logre articular una defensa proporcional. Por su parte, Israel comprende perfectamente la razón de su combate: su propia supervivencia como Estado. Esto elimina cualquier posibilidad de error, especialmente tras ser blanco sistemático de ataques perpetrados por Hamas, Hezbollah y diversas facciones auspiciadas por el régimen iraní. En este contexto, la idea de que estos grupos obtengan capacidad nuclear es inaceptable. Es pertinente recordar la declaración atribuida a Rafsanjani, quien afirmó que

“era bueno que los Judíos estuvieran en un solo lugar (su país, Israel) porque así alcanzaba con una sola bomba para terminar con ellos”

.

Existe una obligación ética fundamental al momento de conceptualizar la paz y la justicia. Debemos partir de la premisa de que los derechos humanos constituyen el cimiento racional de la armonía entre las naciones. El acceso a la justicia en sus vertientes social, económica, jurídica y política es una responsabilidad compartida en la comunidad internacional. No se puede hablar de paz si esta resulta dañina para los pueblos; no existe una paz legítima construida sobre asesinatos masivos o actos terroristas, ya que estas prácticas vulneran el derecho esencial a vivir en tranquilidad y anulan la justicia. La paz debe definirse a través del bienestar y el respeto a la dignidad humana.

Aunque la paz absoluta es un ideal loable, es un absurdo conceptual pretender alcanzarla negando la justicia y los derechos fundamentales. Defender una paz de este tipo es caer en una ilusión que solo beneficia al opresor, al terrorista y a quienes perpetran crímenes de lesa humanidad. Esta visión superficial, a menudo presente en el discurso político, recuerda al pacifismo fallido que evitó confrontar a Hitler en el pasado, un error histórico donde se intentó dar validez a lo que era intrínsecamente injustificable.

En la actualidad, el soporte del régimen iraní reside en la Guardia Revolucionaria, sus comités y la militancia radicalizada. Esta estructura no puede ser desmantelada simplemente con lógica política, dado que el fundamentalismo opera de forma autónoma; los individuos no requieren instrucciones constantes para proseguir con sus acciones. Si las hostilidades cesaran hoy, el proceso de enriquecimiento de uranio con fines bélicos se retomaría de inmediato. El fanático, incluso sin un líder visible o un gobierno establecido, sabe exactamente qué labor desempeñar desde su propio entorno o célula terrorista.

Esta persistencia se traduce en agresiones continuas contra objetivos civiles y comerciales. El propósito es sabotear, aterrorizar y obstaculizar la estabilidad global, lo que garantiza que el lanzamiento de drones y proyectiles no se detenga por voluntad propia del agresor.

Este conflicto ha servido para identificar a quienes profesan un profundo antisemitismo. Algunos sectores han intentado redactar discursos sobre la paz que, al volverse insostenibles, mutaron hacia una narrativa centrada en el mercado y los negocios. No obstante, en esos relatos se omiten deliberadamente términos cruciales como Estado patrocinador del terrorismo, enriquecimiento de uranio, grupos terroristas o el trágico saldo de 30.000 personas fallecidas.

Dentro de este análisis, se observa que cuando el enfoque se vuelve puramente económico, conceptos como justicia o derechos humanos desaparecen. En ese esquema, las pérdidas no se miden en vidas, sino en el precio del petróleo. Bajo la óptica del antisemitismo y el anti-trumpismo, los ataques del régimen iraní contra civiles parecen hallar una justificación injustificable.

Varios autos pasan junto a una pancarta con la imagen del nuevo líder supremo de Irán, Mojtaba Khamenei, en Teherán, Irán. 14 de marzo de 2026 (Majid Asgaripour/WANA vía Reuters)

El nivel de fanatismo permite atrocidades como la ejecución de personas en centros hospitalarios, un hecho visto recientemente en la represión de protestas, y que guarda paralelismo con el atentado terrorista contra la AMIA ocurrido hace 31 años. En las disputas humanas, la identidad determina la percepción de la vida. Es crucial entender cómo y en qué momento un individuo pierde su capacidad crítica y adopta una postura rígida que lo conduce al fanatismo absoluto y a la aceptación de la muerte.

La práctica de una fe debería fomentar la libertad religiosa como pilar de la convivencia. En democracia, garantizar este derecho es fundamental. Aunque la mayoría de musulmanes, cristianos y judíos comparten este principio, la diferencia radical radica en regímenes como el iraní, que actúa como promotor del terror.

El fanatismo puede verse como una condición impuesta por fuerzas externas que anulan el autogobierno personal. Ciertos sujetos, partiendo de una identidad grupal, se transforman en ejecutores inmorales de una ideología. A menudo se comete el error de ver a estos grupos como bloques monolíticos, asumiendo que todos sus integrantes son instrumentos del terror por elección. Sin embargo, el régimen iraní ha sabido utilizar las tecnologías modernas de comunicación para expandir su influencia y radicalizar a sectores cada vez más amplios.

Llevar a cabo una idea política o religiosa mediante la tortura, el asesinato o el terrorismo requiere una anulación de la conciencia. Como bien señalaba Oswaldo Payá:

“las hemorragias de odio idiotizan”

. El fanatismo destruye tanto el criterio político como el religioso.

A pesar de esto, existen ciudadanos iraníes de diversos estratos sociales que se resisten a esta identidad fanática y mantienen su pensamiento crítico frente a la presión política y económica del sistema. En contextos autoritarios, mantener esta capacidad de reflexión es un acto de resistencia vital contra la masificación de ideas que impone el régimen.

Es necesario aclarar términos, ya que el uso impreciso de la palabra musulmán a menudo afecta a inocentes. Comúnmente se asocia este término con la voluntad de sacrificar vidas bajo consignas como

“muerte a Estados Unidos o Israel”

, utilizando la violencia para fines específicos. Esta es la variante del fanatismo que se encuentra en un estado de mayor ebullición actualmente.

El presidente estadounidense, Donald Trump, en la Oficina Oval en la Casa Blanca en Washington el 16 de marzo de 2026 (AP foto/Julia Demaree Nikhinson)

Recientemente se ha planteado que la tensión con Irán es producto de una postura falsamente pacifista que ha permitido al régimen avanzar en su enriquecimiento de uranio, ignorando acuerdos internacionales y burlándose de organismos como la ONU y la OIEA. El fanatismo es lo que sustenta este proceso desafiando la voluntad de la comunidad internacional y de sus propios vecinos regionales.

En las autocracias, la población suele ser escéptica respecto a sus gobernantes y prefiere vivir al margen para evitar represalias. No es sencillo determinar en una plaza pública si el clamor por la muerte de otras naciones es genuino o una imposición. Lo que sí es una realidad constante son las acciones del régimen, como la violencia contra mujeres por su forma de vestir o maquillarse, lo cual evidencia una profunda disfuncionalidad ética.

El fundamentalismo iraní, tras 47 años de revolución islámica, busca imponer una verdad única mediante la fuerza, eliminando cualquier disidencia. Este modelo no acepta matices y etiqueta a cualquier alternativa como enemiga. Para ello, cuenta con una burocracia de la represión que destruye la interacción social genuina basada en la tolerancia, reemplazándola por una estructura que promete seguridad a cambio de la sumisión absoluta.

Bajo este sistema, la posibilidad de negarse al conflicto desaparece. Quienes se oponen al fundamentalismo quedan desprotegidos, enfrentando la cárcel o la muerte. El fanatismo es, en esencia, un instrumento del fundamentalismo, ya sea en el plano religioso o en las autocracias políticas.

Se define al fanático del régimen como alguien que, sin control racional, clama por la

“muerte a Estados Unidos y a Israel”

, mostrando una obediencia ciega. Lo que vuelve peligrosos a estos individuos no es solo su capacidad de matar, sino su disposición irracional a morir, anulando el instinto humano básico de preservación.

En Irán, el concepto de verdad se ha vuelto rígido y preestablecido, asemejándose a una conceptualización fascista de la religión o la ideología. La alternativa planteada por el régimen a las amenazas de paz es, irónicamente, la aceptación de una paz basada en la aniquilación de la disidencia. Una paz bajo sombra nuclear impuesta por este régimen equivaldría a un suicidio colectivo de largo plazo.

Grupos como Hamas, Hezbollah, la Jihad Islámica, los Hutíes o milicias iraquíes, por su historial, buscarían sin duda acceder al armamento nuclear de su referente ideológico. El poder ejercido por este fundamentalismo ha mantenido a Irán en un estado de conflicto permanente con sus vecinos, fundamentado en la satanización del prójimo.

Finalmente, la prevalencia de la justicia y los derechos humanos es la única vía real. Cualquier intento de establecer una paz que ignore estos valores es una contradicción tan grave como el propio terrorismo.

Este análisis es proporcionado por Luis Almagro, quien se desempeña como Director del Observatorio Democracia del CASLA Institute.

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