El infierno de los ucranianos en prisiones rusas: tortura y desaparición

Un joven teniente ucraniano pagó caro el haber hablado demasiado. Sus captores rusos lo golpearon salvajemente. Según Alexei —nombre ficticio de un antiguo médico de la enfermería penitenciaria donde fue recluido—, el militar quedó con “heridas extensas y hematomas infectados en las nalgas y la parte posterior de los muslos”. Sin atención médica adecuada, falleció en octubre de 2022. Su cuerpo, ya gangrenoso, fue enterrado probablemente en una tumba sin nombre. Alexei nunca supo su identidad.

Miles de soldados y civiles ucranianos han padecido violencia física y psicológica en centros de detención de Rusia y la Ucrania ocupada. Así lo revelan nueve testimonios recogidos por la agencia internacional de noticias —entre ellos, de funcionarios rusos como Alexei—, sumados a informes de ONG y de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de la que Rusia es miembro. Exreclusos y familiares de detenidos describen cómo hombres fuertes fueron “quebrantados como perros”.

Tres exfuncionarios de prisiones que huyeron de Rusia confirmaron la violencia sistemática y los abusos. Uno de ellos aseguró que sus superiores les dieron “carta blanca” para cometerlos.

Personal médico asiste a un prisionero de guerra ucraniano a su regreso tras un intercambio de rehenes (REUTERS/Valentyn Ogirenko/Archivo)

La agencia pudo hablar directamente con uno de ellos, mientras que Gulagu.net —organización que documenta abusos en el sistema penitenciario ruso— facilitó el acceso a otros dos testimonios. Sus declaraciones no solo evidencian la magnitud de la violencia, sino también los esfuerzos sistemáticos de Moscú por ocultarla. Mediante documentos oficiales se verificó la identidad de los oficiales —cuyos nombres reales se mantienen en reserva por seguridad— y las prisiones donde trabajaron.

El activista ruso Vladimir Osechkin, director de Gulagu.net —cuyo nombre significa “No al Gulag”—, afirmó que el “sistema de tortura y crueldad” es controlado conjuntamente por el todopoderoso servicio de seguridad FSB y las autoridades penitenciarias, con la complicidad de los órganos judiciales.

Según un informe de la OSCE de octubre, que cita a funcionarios ucranianos, nueve de cada diez prisioneros ucranianos aseguraron haber sido maltratados, y el 42% declaró haber sufrido violencia sexual.

Muchos ucranianos aparecen demacrados al ser liberados tras los intercambios de prisioneros. Al igual que en los gulags de Stalin, la mayoría son privados de todo contacto con el exterior.

Un prisionero de guerra ucraniano está rodeado de personas que sostienen fotografías de soldados ucranianos desaparecidos a su regreso tras un intercambio de prisioneros, el 11 de abril de 2026 (REUTERS/Thomas Peter)

Más de 22.000 detenidos

“Te quitan todo”, relató Yaroslav Rumyantsev, de 30 años, exsoldado ucraniano que sobrevivió tres años y tres meses en cautiverio. “Consiguen cambiar tu forma de pensar y hacerte creer que ya nadie te espera”.

La Fiscalía de Ucrania informó a la agencia que al menos 143 ucranianos —entre ellos seis civiles— han muerto en cárceles rusas en los últimos cuatro años. La violencia contra los prisioneros ha sido común desde el estallido de la guerra en 2014 entre Kiev y los separatistas respaldados por Moscú en el este. Pero se disparó tras la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022, según Ucrania.

Según el presidente Volodimir Zelensky, en febrero había unos 7.000 prisioneros de guerra ucranianos en manos rusas. Otros 15.378 civiles han sido “detenidos ilegalmente”, según datos enviados a la agencia por la oficina ucraniana de derechos humanos.

El presidente ruso Vladimir Putin insistió el año pasado en que Moscú trataba a los prisioneros “humanamente”. La administración penitenciaria rusa no respondió a las preguntas formuladas por la agencia.

Yaroslav Rumyantsev, un ex soldado ucraniano que sobrevivió tres años y tres meses en cautiverio (AFP/Gnya Savilov)

Carta blanca para torturar

Sergei era miembro de las fuerzas especiales penitenciarias rusas “Spetsnaz”, asignadas a las cárceles donde se retenía a ucranianos tras la invasión.

“Antes de la primera misión, el jefe de nuestro grupo territorial reunió al personal y comunicó que las normas vigentes ya no se aplicarían con los prisioneros de guerra. En otras palabras, nos dio carta blanca para usar la fuerza física sin restricciones. Y nadie sería responsabilizado”, declaró Sergei a la agencia. “El jefe nos dijo: ‘Sean severos, no teman a nada más’”.

Opuesto a la guerra, Sergei afirmó que se negó a participar en la violencia y renunció al servicio militar ese mismo año, abandonando Rusia. “No habría podido vivir con eso y mirar a mis hijos a los ojos”. Pero muchos de sus colegas estaban encantados de tener la oportunidad de usar “toda la violencia que quisieran”, añadió.

La Fiscalía ucraniana afirma haber localizado a presos ucranianos en al menos 201 centros de detención repartidos por 49 regiones rusas, algunas tan lejanas como el Lejano Oriente. Muchos otros se encuentran en 116 lugares del este de Ucrania, territorio ocupado.

Un prisionero de guerra ucraniano reacciona tras un intercambio, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en un lugar desconocido de Ucrania, en esta imagen facilitada y publicada el 6 de marzo de 2026 (REUTERS)

Los destruyen

El infante de marina ucraniano Yaroslav Rumyantsev fue hecho prisionero en Mariúpol en mayo de 2022, tras una de las batallas más feroces de la guerra, cuando las tropas atrincheradas en la planta de Azovstal se vieron obligadas a rendirse.

Inicialmente estuvo recluido brevemente en la prisión de Olenivka, en la región de Donetsk, donde una explosión mató al menos a 50 prisioneros ucranianos e hirió a decenas más en julio de 2022.

Posteriormente fue trasladado con unos 250 prisioneros al Centro de Detención Preventiva Número 2 en Taganrog, en el suroeste de Rusia, considerado uno de los peores centros de tortura. Atados y con los ojos vendados, fueron recibidos por un “comité de recepción” de carceleros que los golpearon con porras al entrar, una forma tristemente célebre de abuso utilizada en los “campos de filtración” de Chechenia durante la última guerra en esa república del Cáucaso.

La violencia nunca cesó. Rumyantsev afirmó que los prisioneros quedaron reducidos a acobardarse como animales “golpeados”. “Hombres que defendían su tierra, que iban al gimnasio —hombres fuertes— fueron quebrantados como perros. Los destruyeron”.

Una de las salas de tortura de la cárcel de Taganrog según la reconstrucción de The Washington Post en base a los relatos de los ex presos

Comer cucarachas y ratones

Según un informe de la Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos (OIDDH) de la OSCE, publicado en septiembre y basado en testimonios de ex prisioneros ucranianos, los métodos de tortura incluían violaciones, simulacros de ejecución, ahorcamientos simulados y descargas eléctricas, incluso en los genitales.

Los presos también fueron obligados a permanecer en posiciones dolorosas y a someterse a intensos ejercicios físicos. El ex funcionario penitenciario Vitali afirmó que se animaba a los reclusos rusos comunes a participar en la violencia, cuyo objetivo era obtener confesiones falsas. Osechkin señaló que la tortura también se utilizaba para obtener información militar y obligar a los detenidos a colaborar.

La comida también se usa para doblegar y deshumanizar. Rumyantsev contó que, en ocasiones, le daban “exactamente dos minutos” para engullir la comida como un animal, bajo amenaza de más palizas. Un ex prisionero declaró a Human Rights Watch que tenía tanta hambre que acabó comiendo cucarachas que atrapaba en su celda. Otros presos devoraban ratones crudos.

A esto se sumaban castigos constantes y numerosas normas para someterlos, como la prohibición de mirar a los guardias a los ojos. Rumyantsev recuerda haber tenido que permanecer de pie en grupo durante 16 horas seguidas sin poder ir al baño. “Los chicos se orinaban en los pantalones”, dijo. Luego vinieron “experimentos”: sus carceleros les ordenaron tomarse de las manos y les aplicaron electricidad para ver “cuántas personas sentirían el dolor”.

Taganrog, ciudad portuaria en el mar de Azov, en el suroeste de Rusia, alberga uno de los centros de tortura más tristemente célebres (AFP)

Invisibles ante el sistema

El activista ruso de derechos humanos Osechkin, de 44 años, que vive en Francia bajo protección policial, afirmó que a menudo se hace “invisible” a los presos ucranianos dentro del sistema penitenciario, e incluso ha documentado casos en los que les cambian los nombres. Además, con frecuencia los mantienen separados. Alexei, ex médico de prisiones, afirmó conocer el caso de una cárcel entera que había sido vaciada para recluir a ucranianos sin testigos de los malos tratos.

También se implementan prácticas para ocultar la identidad de los torturadores. Sergei, el oficial de las fuerzas especiales “Spetsnaz”, afirmó que los miembros de su unidad no llevaban números de identificación ni cámaras corporales cuando estaban con prisioneros de guerra ucranianos. Tampoco se rellenaban los registros de intervención. “No había ningún informe sobre el uso de la fuerza física después de las misiones. Hacían lo que les daba la gana, dando rienda suelta a sus impulsos sádicos”.

Incomunicados y desesperados

Privar a los presos de comunicación con el exterior también supone un castigo para sus familias. Artem Kravtsova, hijo de Natalia Kravtsova y miembro de la brigada nacionalista ucraniana Azov, fue hecho prisionero en Mariúpol en mayo de 2022. Un año después, la Cruz Roja confirmó que estaba detenido. Desde entonces, la madre, de 52 años, no ha vuelto a saber nada de él. Ella no está segura de que Artem, de 33, siga vivo. Con cada anuncio de intercambio de prisioneros, Kravtsova siente esperanza que luego se desvanece. “Aunque por fuera parezcas tranquila, por dentro ardes”, dijo.

Prisioneros de guerra ucranianos reaccionan tras un intercambio, en medio de la invasión rusa de Ucrania, en un lugar desconocido de Ucrania, el 24 de abril de 2026. (REUTERS/Anatolii Stepanov)

Los intercambios se han convertido en acontecimientos importantes para las familias. Muchas viajan para recibir a los prisioneros que regresan con la esperanza de obtener información sobre sus seres queridos.

Cuando se localiza a un detenido, a veces es posible usar la plataforma en línea de la administración penitenciaria rusa para escribirle. Pero se necesita un número de teléfono en Rusia. Una activista rusa declaró a la agencia que ha permitido que diez ucranianos usen su número para escribir a sus familiares. Ella se cartea con presos políticos rusos, quienes le transmitieron información sobre 15 ucranianos cuyas familias no tenían noticias.

Rumyantsev, el infante de marina, recibió solo una carta poco antes de su intercambio. Fue la única vez que lloró en prisión. “Vi esas primeras palabras de cariño… y se me llenaron los ojos de lágrimas. Estaba temblando y mi amigo me puso la mano en el hombro y me dijo: ‘Eso significa que sigues siendo un ser humano’”.

Tortura y esclavitud

La maestra Olga Baranevska, de 62 años, desapareció en la ciudad ocupada de Melitopol en mayo de 2024 tras negarse a cooperar con las autoridades rusas. Su hija Aksinia Bobruiko, refugiada en Alemania, tardó dos meses en saber que su madre, con graves problemas de salud, estaba en prisión. Fue condenada a seis años de cárcel en noviembre de 2024 por “posesión” de explosivos, cargos que, según su familia, fueron inventados. Su hija pudo averiguar por medio de la gente que estaba allí que seguía viva, pero poco más.

Bobruiko ahora ayuda a documentar las penurias de otros civiles detenidos a través del proyecto “Tsyvilni v Poloni” (“Civiles en cautiverio”) y trabaja con una ONG llamada “Numo, Sestry!” (“¡Vamos, hermanas!”).

Esta fue creada por la ex prisionera Liudmyla Guseynova, quien vivió un infierno durante tres años y 13 días. La mujer de 64 años dirigía un albergue infantil en la Donetsk ocupada cuando fue arrestada en 2019 por separatistas prorrusos por apoyar a Kiev. Tras su detención en la tristemente célebre prisión de Izolyatsia, Guseynova permaneció recluida en un calabozo en aislamiento durante 50 días. La filmaban constantemente y tenía que permanecer de pie todo el día bajo amenaza de castigo. Sus guardias le ponían una bolsa de tela en la cabeza y la sometían a diversas humillaciones, según relató.

Prisioneros de guerra ucranianos gritan consignas mientras posan para una foto después de un intercambio (REUTERS)

Los presos, tanto hombres como mujeres, eran obligados regularmente a “entretener” a los soldados que estaban de permiso.

Posteriormente fue trasladada al Centro de Detención Preventiva Número 5 en Donetsk, donde compartió una celda pequeña y sucia con alrededor de 20 presos comunes. Las condiciones eran “espantosas”: un simple agujero en el inodoro y colchones sucios “llenos de insectos”. Muchos detenidos padecían VIH, tuberculosis y dermatitis.

Un día la llevaron ante un investigador que “se tapó la nariz con un pañuelo porque mi cuerpo apestaba muchísimo. Le dijo a otro investigador: ‘No te acerques a ella, ¿acaso no ves que está llena de chinches?’”.

Los responsables de este “sistema de tortura y esclavitud” deben rendir cuentas ante un tribunal internacional, declaró el activista de derechos humanos Vladimir Osechkin. “Los encontraremos y los castigaremos a todos”, prometió Sergei, el oficial de las fuerzas especiales penitenciarias rusas convertido en denunciante.

Fuente: Infobae

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