Abdón Calderón aún revela fotografías en blanco y negro con su antigua cámara de cajón en la plaza del Centenario: ‘Soy el único que ha quedado’

El fotógrafo Abdón Calderón descansa sobre un trípode color celeste frente a la Columna de los Próceres, en la plaza del Centenario, donde permanece cada mañana esperando que alguien se anime a posar frente al lente.

Sobre la caja de madera están pegadas varias fotografías tomadas años atrás; son las primeras que observan quienes se acercan por curiosidad. A un costado permanece un pequeño caballo amarillo de juguete que todavía utiliza cuando el retrato es para un niño.

Tiene 76 años y pocas veces falta a esa esquina de la plaza. Llega, acomoda la banca donde pasará buena parte del día y espera. Así ha transcurrido gran parte de su vida desde que llegó a Guayaquil a comienzos de la década de los 70, cuando la ciudad todavía era muy distinta a la que observa hoy.

“Este ha sido mi trabajo toda la vida”, dice mientras acaricia la cámara de cajón que lo ha acompañado durante décadas.

Abdón nació en la zona rural de Portoviejo. Tenía cerca de 20 años cuando decidió aprender el oficio con un fotógrafo de mayor experiencia que aceptó enseñarle el funcionamiento de aquellas cámaras que revelaban la imagen pocos minutos después de ser tomada.

“Me cobró 500 sucres. En esa época era bastante plata, pero aprendí porque esto me gustó desde el principio”, recuerda.

Cinco décadas detrás de una cámara de cajón en el parque Centenario. Foto: José Beltrán
Después recibió un mensaje enviado por familiares que vivían en Guayaquil. La noticia llegó mediante un radiograma, cuando los teléfonos todavía no formaban parte de la vida cotidiana.

Preparó sus cosas y emprendió el viaje sin imaginar que esa ciudad terminaría convirtiéndose en su lugar de trabajo durante más de medio siglo.

Cuando comenzó a trabajar en la plaza del Centenario, el paisaje era muy diferente. “No estaba el Palacio de Justicia. En el edificio El Fórum recién se estaba levantando el primer piso. Todo esto era diferente”, cuenta mientras señala los edificios que hoy rodean el parque.

En aquellos años no era el único fotógrafo. Abdón recuerda que nueve cámaras de cajón compartían el Centenario. Cada fotógrafo tenía un sitio asignado y la clientela llegaba durante todo el día para retratos familiares, fotografías para documentos o contrataciones que los llevaban hasta urbanizaciones que apenas empezaban a poblarse.

“Éramos nueve trabajando aquí. La gente ya conocía a cada fotógrafo y nos buscaba”, recuerda.

La pandemia fue uno de los momentos más difíciles para el oficio. Cuatro de sus compañeros fallecieron y otro dejó la ciudad.

Hoy, Abdón permanece como uno de los últimos fotógrafos de cámara de cajón que continúan trabajando en el espacio céntrico. Hay otro; sin embargo, por el momento se encuentra de viaje.

“Soy el único que ha quedado sacando fotos en blanco y negro”, dice entre orgullo y nostalgia.

La transformación llegó mucho antes. Primero aparecieron las cámaras automáticas y luego los teléfonos celulares. Muchos estudios fotográficos cerraron y las fotografías impresas dejaron de ser parte de la rutina diaria. Aun así, Abdón continúa encontrando personas que buscan un recuerdo diferente.

Abdón Calderón conserva la tradición de la fotografía en blanco y negro en Guayaquil a sus 76 años. Foto: José Beltrán
Cuenta que buena parte de quienes se detienen frente a su cámara llegan desde la Sierra. También aparecen turistas colombianos, peruanos y visitantes extranjeros que quieren regresar con una fotografía revelada en papel.

“Dicen que la quieren guardar o regalársela a los guaguas cuando sean grandes”, comenta él, al ser consultado.

Su cámara conserva prácticamente el mismo funcionamiento que aprendió hace más de 50 años. En el interior de la caja hay pequeños recipientes con los químicos necesarios para revelar cada imagen. El papel especial ya casi no se consigue y un conocido se lo envía desde Cuenca cada dos meses.

“Aquí llevo el revelador y el fijador. Sin eso no sale la foto”, explica mientras abre la cámara para mostrar el procedimiento.

Cada retrato aparece pocos minutos después, sin computadores, impresoras ni programas de edición. Solo intervienen la cámara, los químicos y la experiencia acumulada durante décadas.

El oficio también alcanzó a su familia. Él tuvo seis hijos. Verónica Leones, una de sus hijas, creció observándolo trabajar y todavía suele visitarlo en el parque. Su esposa falleció durante la pandemia y uno de sus hijos murió tiempo después.

Antes de despedirse, acomoda nuevamente el trípode y limpia con cuidado el lente.

A su alrededor pasan estudiantes, trabajadores, turistas y personas que cruzan el parque mirando la pantalla del celular. Él permanece sentado frente a la Columna de los Próceres, esperando que alguien decida detenerse unos minutos.

“Si gustan una foto en blanco y negro, aquí estoy”, finaliza con una sonrisa. (I)

fuente el universo

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
X