“Solo la peste negra del siglo XIV es comparable con lo que está ocurriendo ahora”, afirma la periodista británica Camilla Cavendish, autora de Generation Maybe (Generación Quizás), un libro que examina la brecha de fertilidad: la distancia entre los hijos que las personas desean tener y los que finalmente tienen, en un momento de caída pronunciada de las tasas de natalidad en varios países.
La obra no busca convencer a nadie de ser madre o padre. Su objetivo es señalar los obstáculos que impiden que tener hijos sea una elección genuina para quienes sí lo desean. Cavendish, madre trabajadora de tres hijos, reconstruyó las experiencias de hombres y mujeres que terminaron con familias más pequeñas de lo que habían imaginado.
La congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, de 36 años, expuso públicamente una de las decisiones que rodean ese dilema: congeló sus óvulos y registró el proceso para su audiencia en línea, consciente de que esa exposición provocaría reacciones. Su caso desafía la explicación habitual del descenso demográfico, que suele atribuirse sin matices a la preferencia de las mujeres educadas por la autonomía antes que por la vida familiar.
Los principales obstáculos para tener familias más pequeñas
Entre las dificultades identificadas por Cavendish figuran:
- Encontrar una pareja compatible a tiempo.
- El costo creciente de criar hijos y el acceso a la vivienda.
- La demora en alcanzar estabilidad profesional y la tensión entre carrera y cuidado.
- El pesimismo racional sobre el futuro de la próxima generación.
- El estigma asociado a la maternidad y la escasez de relatos que valoren la paternidad.
- La exigencia de una crianza intensiva.
También pesan los empleos muy bien remunerados que absorben por completo la vida personal, junto al agotamiento cotidiano de cuidar niños pequeños.
“Hemos pasado, sin prisa pero sin pausa, a tratar la paternidad como una elección de estilo de vida egoísta. La responsabilidad de sobrellevarla recae sobre ti”, escribió Cavendish, quien describe cómo la crianza pasó de ser una tarea “alegre, desordenada y generadora de vida” a sentirse como “una obligación intimidante, solitaria y costosa”.

Esa misma tensión aparece, desde otro ángulo, en En la era de los niños cosa, el libro del ensayista Santiago Gerchunoff, quien en una entrevista planteó que los chicos se convirtieron en “proyectos” de sus padres antes que en sujetos que se desarrollan con independencia. “De todas las costumbres infames con que los padres de hoy impedimos que nuestros hijos crezcan, la más obscena es el grupo de WhatsApp de padres del colegio”, escribió Gerchunoff, quien describió una crianza tan planificada y vigilada que termina por agregarles “una mochila tremenda” tanto a los chicos como a los adultos que los educan.
Cavendish vincula esas presiones con la escasa transformación de los lugares de trabajo. “Me sorprende lo poco que ha cambiado el ámbito laboral en los últimos 20 años, pese a la retórica sobre la flexibilidad”, afirma. “Lo que ha cambiado, creo, es el realismo sombrío de las mujeres jóvenes respecto de las concesiones que deben hacer”.
La feminista Gloria Steinem planteó en 2015 que la reproducción “es, en cierto modo, el eje de todo” y que decidir quién la controla constituye la cuestión más fundamental. Esa idea atraviesa buena parte del análisis de Cavendish sobre cómo distintos gobiernos respondieron a la caída de nacimientos.
Gobiernos autoritarios de China, Rusia e Irán adoptaron políticas pronatalistas represivas: tolerancia al matrimonio infantil, mayores trabas al divorcio y restricciones al acceso al aborto. Cavendish incluyó también los ataques del gobierno de Trump a los derechos reproductivos y a la financiación federal del cuidado infantil dentro de esa misma tendencia, bajo la lógica de que obligar a las mujeres a asumir funciones domésticas resolvería el déficit de nacimientos.
La autora diferencia esas medidas de las políticas que facilitan la decisión de tener hijos sin atraparlos en ella. Revisó para eso experiencias de Singapur, los países escandinavos y Francia, con resultados diversos: más viviendas, beneficios para madres y padres e incluso propuestas de voto para los niños. “Casi todas las políticas que podrían ayudar a elevar las tasas de natalidad son también políticas que podrían permitir el florecimiento humano”, concluyó la columnista del Financial Times.
Fuente: Infobae