Eran las 15:30 del lunes 26 de octubre. Una fuerte lluvia caía sobre Guayaquil cuando Ángel Anchundia, de 18 años, y sus amigos Maykel, de 17, e Ismael, de 15, decidieron bañarse en un canal del bloque 9 de Flor de Bastión, en el noroeste de la ciudad.
Animados por las ganas de divertirse, los tres jóvenes se metieron en el agua, que inicialmente no les llegaba más arriba de las caderas. Ismael fue el primero en entrar, seguido de Maykel y, finalmente, Ángel.
Sin embargo, con el paso de los minutos, el nivel del agua comenzó a subir y la corriente se hizo más fuerte. Ángel era el más alto de los tres, recordó Maykel. De sus amigos, solo Ismael sabía nadar.
Cuando Ángel entró al canal, la corriente ya había comenzado a arrastrar a sus dos amigos. Maykel reunió fuerzas para llegar hasta el borde y sujetarse de una rama, que le permitió impulsarse y salir del agua.
Mientras tanto, Ismael intentaba ayudar a Ángel. Le extendió la mano para que pudiera salir, pero no logró sostenerlo. El agua ya los superaba en altura y la corriente arrastró a Ángel hacia el interior de un tubo.
Cuando lo perdieron de vista bajo el agua, Ismael y Maykel, que habían conseguido salir del canal, corrieron hacia otro cercano con la esperanza de encontrarlo allí. Pero Ángel no apareció.
De inmediato comenzó su búsqueda. Los vecinos se sumaron a las labores, a las que posteriormente se incorporaron miembros de la Policía Nacional.
Mientras esto ocurría, Yesenia Anchundia, madre del joven, recibió una llamada en la que le comunicaron que su hijo había desaparecido.
Ella se encontraba en Ceibos, donde había llevado a su hija de 12 años a una consulta médica. La menor padece anemia de células falciformes, una enfermedad catastrófica que requiere atención constante.
Al llegar a Flor de Bastión, lo primero que hizo fue preguntar si habían encontrado a Ángel. La respuesta que esperaba no llegó esa tarde ni durante las primeras horas de la noche.
A las 19:00 se incorporó a la búsqueda personal del Cuerpo de Bomberos especializado en rescate acuático. Sin embargo, las labores concluyeron sin resultados y continuaron durante toda la noche y la madrugada del martes 27 de octubre.
Cerca de las 07:00 de este martes, un amigo de Ángel que trabaja como tricimotero en el sector encontró el cuerpo aproximadamente a un kilómetro del lugar donde había desaparecido. Estaba boca abajo, sobre el lodo.
Vecinos y familiares se trasladaron hasta el sitio. Posteriormente, el cuerpo fue llevado a una iglesia cercana, donde permaneció hasta la llegada del vehículo de Medicina Legal, que realizó el levantamiento alrededor de las 10:00.
El hallazgo puso fin a horas de búsqueda, pero abrió paso al dolor de una familia que esperaba encontrar con vida al joven de 18 años.
“Yo lo conocía desde que éramos niños. Trabajamos juntos haciendo bordillos y aceras. Nos sentimos porque nos estábamos bañando juntos. Nos metimos los tres y salimos dos. Nos da demasiada culpa”, dijo Maykel tras encontrar a su amigo.
En medio de la tragedia, el Ministerio de Trabajo y Desarrollo Humano asumió los gastos fúnebres y brindó acompañamiento psicológico a la familia, que no cuenta con los recursos suficientes para cubrir los costos del sepelio.
Según Yesenia, Ángel era el sustento de la casa. Desde los 15 años trabajaba en obras de construcción, dondequiera que necesitaran a alguien dispuesto a ayudar o en cualquier actividad que le permitiera llevar dinero al hogar.
“Yo le decía a él que era multiuso; hacía de todo para traer platita a la casa”, recordó su madre.
Ella, en cambio, no puede trabajar porque debe dedicar gran parte de su tiempo al cuidado de su hija menor.
Debido a su enfermedad, la niña requiere atención constante y su madre recibe frecuentes llamadas del colegio. No todas las personas de su entorno educativo saben cómo actuar ante las necesidades que presenta la menor.
Ahora, a la preocupación por la salud de su hija se suma la pérdida de Ángel, quien ayudaba a sostener económicamente a la familia.
En medio de la tristeza, Yesenia recordó el último momento que compartió con su hijo. Fue la mañana del domingo anterior a la tragedia. Ángel se había levantado cantando un vallenato y bromeaba con sus dos hermanos mientras ella lo grababa con su teléfono.
Era una escena cotidiana, de esas que parecen no tener nada de extraordinario hasta que se convierten en un recuerdo irrepetible.
“Yo le decía: ‘¿Quién te hizo tanto daño, mijo?’. Sin saber que ese iba a ser el último recuerdo con mi hijo”, contó. (I)
Fuente: El universo