Francia en llamas: ¿Una intifada a las puertas de Europa?

La palabra árabe “intifada” se traduce al español como “agitación” o “levantamiento”. Aunque tradicionalmente se asocia con Medio Oriente, hoy resuena con fuerza en las calles de Francia, donde el grito “globalizar la intifada” se ha hecho acompañar de la kufiya (pañuelo palestino) y de banderas de todo tipo, excepto la francesa. Las manifestaciones han dejado una estela de violencia que estremece a Europa.

En todo el mundo surge la pregunta: ¿qué le pasó a Francia? ¿Por qué precisamente allí? Y si ocurrió en Francia, ¿podría suceder en cualquier otro país, incluso en Estados Unidos? Lo cierto es que se trata de violencia inaceptable, que no solo sorprende por su magnitud sino también por la falta de respuesta y la ineficiencia del Estado y sus gobernantes. No es la protesta legítima de quienes buscan mejorar su sociedad, sino la revolución molecular de quienes desprecian al país y sus tradiciones. A pesar de sus excesos coloniales, Francia ha legado al mundo una inmensa obra civilizatoria, y sin ella no se explica la idea misma de Occidente. Duele ver cómo se permite que se intente erradicar lo que la hizo grande.

Francia es un crisol de historia y cultura, destino de emigración y turismo. Pero sus ciudadanos han tomado malas decisiones, y sus sucesivos gobiernos la han llevado a una creciente irrelevancia. Es difícil encontrar en los últimos siglos otro momento en que Europa tenga menos peso en la balanza de poder. ¿Por qué Francia no despierta ante una tragedia que también afecta al Reino Unido y España, donde se acepta la leyenda negra creada por sus enemigos?

Francia es la tierra de Napoleón y De Gaulle. Antes se lloraba por derrotas militares como la de 1940; hoy se llora por instituciones y franceses que han renunciado a defender a Francia. Esto es, en parte, herencia intelectual de mayo de 1968 y su lema “Prohibido Prohibir”.

No es un tema de derechos, pues Francia tiene uno de los sistemas de beneficios sociales más generosos del mundo. La violencia no se explica por eso. Más bien, la clave está en el modelo de inmigración, que ha fracasado en asegurar la integración de quienes ingresan, legal o ilegalmente. Mientras que el modelo estadounidense ofrece más posibilidades de inclusión, y Canadá registra inmigrantes musulmanes muy integrados, en Francia hay familias de origen vietnamita o chino plenamente orgullosas de su éxito y de ser francesas. Algo ha fallado.

Quienes protestan no son los inmigrantes originales, sino sus hijos y nietos. Muchos de ellos no se sienten franceses, sino ciudadanos de los países de donde vinieron sus familiares, aunque nunca hayan vivido allí. El problema de fondo es que durante décadas no tuvo consecuencias acusar de “racista” a la Francia que acogió generosamente a quienes llegaban. Hoy, las autoridades actúan con pasividad e indiferencia ante una situación que empeora.

El sábado Francia vivió un nuevo día de violentas protestas en varias ciudades del país (AP Photo/Jean-Francois Badias)

Existen demandas reales como el costo de la vivienda o una educación que no ofrece igualdad de oportunidades a quienes tienen la piel de otro color. Pero en las redes sociales predominan las comparaciones entre la preocupación de Macron por Gaza y su indiferencia hacia los franceses en pobreza. También se critica que se culpe a Trump en lugar de a los agitadores. La prensa estadounidense informó de un ecosistema de 54 organizaciones de izquierda radical que financian y apoyan las movilizaciones, que incluyeron saqueos de boutiques de lujo y arrestos de adultos. Además, se ignora un detallado informe de inteligencia entregado al parlamento, y se contrasta la respuesta de Macron con la de Meloni en Italia, que actuó disuadiendo antes de que la violencia escalara.

Hay un tema de deuda pública creciente y falta de reformas para financiar el Estado de Bienestar. Pero las causas profundas son múltiples:

  • Fracaso del multiculturalismo como sistema de inmigración.
  • Crisis de la ubicación ideológica del centro político, con la cual el autor se identifica.
  • Unión del centro con el liberalismo.
  • Fracaso del “buenismo” en política exterior.
  • Crisis del modelo republicano, donde se ha formado una alianza de hecho entre el islamismo y la extrema izquierda radical. Esta alianza hace que el líder de la Francia Insumisa sea un peligro para la democracia mayor que la Sra. Le Pen.

Violencia similar, aunque menor, se ha visto en Bélgica, Italia, Albania, España (Barcelona) y se anuncia para Polonia. Más que un dominó, hay que ver a Francia como un aviso. También para Alemania y Reino Unido, en cuanto a la crisis del Estado de Bienestar y al “cordón sanitario” que no ha detenido el crecimiento de ciertos movimientos.

Lo sucedido en Francia es demasiado profundo para reducirlo a un factor económico. No es la primera vez que hay manifestaciones violentas: recordemos los “chalecos amarillos” y, más recientemente, lo ocurrido en julio de 2023 tras la muerte de Nahel, un joven de 17 años de padres argelinos y marroquíes. También hubo un estado de emergencia de tres meses en 2005. Incluso en el ámbito deportivo, la sangre africana ha hecho de Francia una potencia futbolística, pero también ha generado divisiones, como cuando Bélgica vs. Marruecos en el Mundial Qatar 2022 llevó la rivalidad a las calles de Bruselas.

Más de mil personas fueron detenidas tras las violentas protestas del sábado (REUTERS/Abdul Saboor)

Lo distintivo es que no ha habido ninguna propuesta ni solución a este conflicto no resuelto, ni desde la oficina del primer ministro ni de la presidencia. Ahora tienen un problema mayor, con violencia política y delincuencial sumadas. Esto afecta a toda Europa, pues Francia tiene la llave del control ideológico de la Unión Europea desde la época de Mitterrand. Sus políticas se reproducen en la mayoría de los países miembros.

Macron se ha convertido en el niño símbolo de la impotencia gubernamental. Quiso ser un contrapunto buenista a Putin, pero convocó elecciones sin motivo, las perdió y ahora es gobierno minoritario. Con elecciones presidenciales en seis meses, es la expresión del llamado pato cojo. Además, ha perdido presencia militar en África: fue obligado a retirarse humillantemente de Mali, Burkina Faso, Níger, Chad, Costa de Marfil y Senegal, siendo reemplazado por el Grupo Wagner a nombre del Kremlin.

En Francia ya no se enfrentan solo dos modelos políticos. El centro se ha unido a las izquierdas globalizadas para derrotar a las nuevas derechas del nacionalismo identitario, lo que permitió a Macron llegar a la presidencia derrotando a Marine Le Pen. Pero se ha consolidado un tercer modelo que recoge al islam en lo religioso y al pasado colonial en lo étnico, sobre todo del Magreb. No es solo el color de la piel, sino un sentimiento de discriminación incluso en tercera generación, que entra en conflicto en los barrios donde habitan. Antiguos votantes comunistas ahora votan por la Agrupación (ex Frente) Nacional. A esto se suma la unión entre el islamismo y el wokismo progresista, como lo demuestran las multitudes que se manifiestan a favor de Hamas y de “globalizar la intifada” en París.

Antes de Macron, varios presidentes intentaron promover un islam “francés” supuestamente coincidente con los valores republicanos. Pero no se entiende que el problema no es la religión, sino una ideología: no es el islam, sino el islamismo, el de la yihad permanente. Esto no se detiene ni con la desaparición de Israel, sino que sigue con España, a la que Al Qaeda llama Al Ándalus. El islam político busca expandirse y choca no solo con las cruzadas, sino con hindúes, chinos, budistas, y busca recuperar todo territorio que alguna vez fue musulmán.

Macron quedó muy debilitado tras las violentas protestas en Francia (REUTERS/Hannah McKay)

Esta situación fue anticipada por la periodista italiana Oriana Fallaci, condenada por “islamofobia” tras describir el problema en su libro “La rabia y el orgullo” (2001). Fallaci argumentaba que Europa no solo perdería la guerra demográfica sino también la guerra cultural, al renegar de su tradición cristiana y mantener el antisemitismo.

Su advertencia resuena cuando Macron calificó un tiroteo cercano a París de “punto de inflexión”, diciendo que un muerto y cinco heridos serían “la primera vez que se comete un acto terrorista planificado para matar a nuestros compatriotas… solo por su supuesta religión”. Pero esto no es verdad, pues ya hay atentados habituales contra judíos y sacerdotes católicos.

Fallaci, antes de morir (15 de septiembre de 2006, Florencia), conoció otro fracaso: no haber incorporado al cristianismo como cemento constitucional en Europa. A juicio del autor, Europa perdió la brújula el 15 de julio de 2003, cuando Valéry Giscard d’Estaing presentó el proyecto de Constitución europea. Aunque fue firmada por los 25 miembros, fracasó en referéndum en Francia (29 de mayo de 2005) y Países Bajos (1 de junio de 2005). España la aprobó, pero el proceso no continuó. El verdadero fracaso fue no incorporar al cristianismo, pues Europa como entidad histórica es una creación cristiana.

Lo ocurrido en Francia refleja una agonía del proyecto europeo. En la turba predomina la rabia de no sentirse parte ni del proyecto europeo ni de Francia, que se expresa en violencia insensata y en sentencias judiciales que tratan benignamente a delincuentes.

Se repite que fracasa el modelo republicano y el lema “libertad, igualdad, fraternidad” ha perdido significado. Francia no tiene un debate sin cancelaciones ni acusaciones de “fascista” vs. “globalista”.

Muchos manifestantes se movilizaron con la bandera de Palestina (REUTERS/Hannah McKay)

La solución no es el documento firmado por más de mil militares en abril de 2001 alertando sobre “la rendición del Estado”. En el fondo, la multiculturalidad dejó de funcionar, con responsabilidad de Angela Merkel en la crisis migratoria de 2015. Polonia y la Hungría de Orbán tuvieron razón sobre el refugio.

Ojalá Francia reaccione con el respaldo de su gran historia. Si no lo hace, quizás es porque todavía no se ha hecho las preguntas adecuadas. Es hora de releer a De Gaulle: “la grandeza de una nación se mide por su capacidad para resistir los desafíos”, y a Napoleón: “la grandeza no reside en no haber caído nunca, sino en siempre levantarse”.

Nota del editor: El análisis presentado es una reescritura profesional basada en el artículo original, manteniendo todos los datos factuales, citas y referencias. Se ha eliminado cualquier referencia a la fuente original y se ha adaptado el tono para una audiencia ecuatoriana.

Fuente: Infobae

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