Con una frase repetida frente a las pantallas, un portavoz del Consejo Nacional de Transición comunicó al mundo que Muamar Gadafi había sido asesinado. Sucedió el 20 de octubre de 2011, en Sirte, la localidad libia donde había nacido 69 años antes.
“Presentamos a nuestros hijos y a todas las naciones del mundo la siguiente noticia: el fin de la tiranía y la dictadura en Libia, que nunca volverá”, declaró Abdel Majid Mlegta, vocero del organismo. El hombre que gobernó Libia con puño de hierro durante 42 años acababa de morir linchado por quienes lo habían derrocado.
La muerte de Gadafi cerró más de cuatro décadas de poder absoluto en Libia. Ocurrió tras meses de guerra civil desatada por la Primavera Árabe, un ataque aéreo de la OTAN que destruyó su convoy de huida y una cacería final que terminó en un desagüe del desierto.
Las primeras protestas contra Gadafi empezaron a principios de febrero de 2011. Él las menospreció. Estaba seguro de que, como tantas veces en sus cuarenta años de gobierno, saldría ileso de la crisis.

Cuando comprendió la gravedad de la situación, ya era tarde. En agosto cayó Trípoli, la capital, y solo le quedó escapar hacia Sirte, cerca del lugar donde nació y que con el tiempo había convertido en una especie de segunda capital del país.
Ningún país estaba dispuesto a darle refugio. Mansour Iddhow, su exjefe de seguridad interior durante más de 30 años, explicó a la cadena qatarí Al Jazeera por qué Gadafi tampoco intentó salir de Libia: pesaba sobre él una orden de detención de la Corte Penal Internacional.
“Dijo que prefería morir en Libia antes que ser juzgado en un tribunal internacional”, contó Iddhow.
Según su testimonio, Gadafi hablaba todo el tiempo de la muerte y repetía que moriría en Sirte o en Jarif, la aldea donde había nacido.
El propio Iddhow admitió que nadie tenía un plan. Ni Gadafi, ni su hijo Mutasim, ni el jefe de seguridad. Él y Abdullah Senussi le habían aconsejado abandonar la ciudad apenas llegaron, porque era pequeña y fácil de cercar, pero el líder libio no los escuchó.

Durante los últimos meses, Gadafi se movió de casa en casa dentro de Sirte, cada cuatro días en promedio, según el relato de Mansour Dhao, excomandante de la Guardia Revolucionaria libia, quien viajaba en el mismo convoy que el dictador el día de su muerte.
“Gadafi no huyó, y no quería escapar”, dijo Dhao. “Salimos del área donde estábamos, hacia Jarif, de donde él es originario. Los rebeldes nos rodeaban por completo”.
El convoy, de unos 75 vehículos, intentó romper el cerco rebelde en las afueras de Sirte la mañana del 20 de octubre. Un dron Predator estadounidense y un caza francés Rafale lo atacaron desde el aire, de acuerdo con un comunicado de la OTAN.
Iddhow, que viajaba en el mismo auto que Gadafi, dio otra cifra: habla de 50 vehículos. Contó que un coche estacionado a solo cinco metros del suyo fue destruido por la explosión y que todos sus ocupantes murieron en el acto.

El ataque dispersó el convoy en varios grupos, el mayor de unos 20 autos. Gadafi y un puñado de guardias escaparon a pie y se escondieron en dos desagües de cemento bajo una ruta. Iddhow recibió metralla en la espalda y las piernas, sacó a Gadafi del auto en llamas y perdió el conocimiento poco después.
“La última vez que lo vi estaba sentado charlando con Abu Bakr y sus hijos junto a la alcantarilla”, recordó. “No tenía miedo, hasta hacía bromas. Pero sabías que la muerte llegaría con seguridad”.
Los combatientes del Consejo Nacional de Transición siguieron un rastro de sangre hasta los tubos de desagüe. Ahí encontraron a Gadafi, herido, junto a uno de sus hijos.
Un video de tres minutos filmado con un teléfono por el combatiente Ali Algadi, y luego adquirido por el sitio Global Post, muestra al líder libio sangrando por la cabeza, el brazo y el torso mientras lo sacan del escondite a los empujones. Algunos de los hombres que lo rodeaban gritaban que había que mantenerlo con vida.

Lo que pasó después sigue sin estar del todo claro. No existe una versión única sobre cómo murió. Algunos testigos sostienen que un disparo lo alcanzó en el abdomen, otros que fue en la cabeza, y hubo quienes hablaron de un guardia que decidió terminar con su sufrimiento en medio del linchamiento.
Las nuevas autoridades libias ordenaron una autopsia tras presiones internacionales, pero los resultados completos nunca se dieron a conocer. El cuerpo fue trasladado a la cámara frigorífica de un mercado de verduras en Misrata, donde miles de libios viajaron para verlo con sus propios ojos.
Entre ellos estaba Abdullah al-Suweisi, de 30 años, que declaró por entonces que había algo en su corazón que necesitaba sacarse de encima: la injusticia de 40 años. La familia reclamó el cuerpo, pero nunca le fue entregado. Lo enterraron en un lugar desconocido del desierto libio para evitar que la tumba se convirtiera en un sitio de peregrinación.
Gadafi nació en 1942 en cercanías de Sirte, entonces bajo dominio italiano, en el seno de una familia beduina muy pobre. De joven se volcó al nacionalismo árabe e hizo una carrera militar rápida. En 1969, un grupo de jóvenes oficiales derrocó al rey Idris I. Gadafi asumió el poder con apenas veintisiete años, en medio de una tensión social que llegaba a su punto máximo.

Los primeros años de su gobierno trajeron mejoras reales para los libios. El precio del petróleo estaba en alza e ingresaban a Libia unos 1.000 millones de dólares semanales por su venta.
Gadafi escribió El Libro Verde, su manifiesto político, que se enseñaba en las escuelas y se exhibía en carteles y murales por todo el país. Se hacía llamar el Hermano Líder, el Rey de Reyes Africano o el Guía de la Era de las Masas. Sus opositores usaban otros nombres: el presidente egipcio Anwar el Sadat lo llamaba “el Libio Loco”, y el expresidente estadounidense Ronald Reagan se refirió a él como “el Perro Desquiciado de Medio Oriente.
Gadafi armó una red de sicarios que perseguía disidentes por todo el mundo. Cuando uno de esos ataques falló y la víctima sobrevivió, empezó a exigir una prueba de que el trabajo se había completado: la cabeza dentro de una heladera portátil enviada a Trípoli.

Algunos cuerpos de antiguos aliados convertidos en enemigos quedaron congelados durante décadas en el subsuelo del palacio presidencial. Los visitaba cada tanto, como una galería privada de trofeos.
Organizaba juicios populares multitudinarios contra supuestos agentes estadounidenses, que terminal siempre en condena a la horca frente a una multitud eufórica. Tenía también un cuerpo de guardias mujeres, y tras su caída se acumularon denuncias de abusos y violaciones contra jóvenes que eran llevadas ante él tras visitas a colegios.
Libia fue durante los años setenta y ochenta sede de numerosos grupos terroristas que Gadafi financiaba y armaba. La ruptura definitiva con Occidente llegó con el derribo de un avión de la desaparecida línea aérea Pan Am. A fines de los noventa, tras bombardeos estadounidenses y un fuerte bloqueo, Gadafi renunció a su programa nuclear y fue rehabilitado por las potencias occidentales. Mandatarios de varios países llegaron a reunirse con él. Lo hicieron el británico Tony Blair, el francés Nicolas Sarkozy, el italiano Silvio Berlusconi y hasta el estadounidense Barack Obama.
La noticia de la muerte de Gadafi, ocurrida hace quince años, generó una ola de declaraciones de líderes internacionales. El entonces primer ministro británico David Cameron la calificó como un día para recordar a las víctimas del terrorismo de Estado libio.
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El entonces canciller francés Alain Juppé habló de un “hecho histórico” que cerraba 42 años de tiranía, mientras que el entonces primer ministro italiano Silvio Berlusconi declaró terminada la guerra civil libia. El secretario general de la ONU Ban Ki-moon fue más cauto: “Este es solo el fin del principio”, dijo, y pidió unidad nacional y reconciliación entre los libios.
El entonces primer ministro del Consejo Nacional de Transición, Mahmoud Jibril, anunció que renunciaría apenas se declarara la liberación del país, prevista para esos días. El organismo tenía por delante un cronograma de 210 días para organizar la elección de una conferencia nacional de 200 miembros, que debía nombrar a un nuevo primer ministro.
El caso libio había llegado a la Corte Penal Internacional por derivación del Consejo de Seguridad de la ONU en febrero de 2011, antes incluso de la caída de Gadafi. Con el correr de los años, el tribunal emitió órdenes de captura contra catorce personas vinculadas a crímenes cometidos en el país, pero según un informe de Amnistía Internacional solo una de ellas fue entregada a la Corte.
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Esa única entrega ocurrió el 1 de diciembre de 2025, cuando las autoridades alemanas trasladaron a Khaled Mohamed Ali El Hishri, conocido como Al-Buti, exmiembro de la milicia DACTO, acusado de crímenes de lesa humanidad en la cárcel de Mitiga, en Trípoli. Ocho ciudadanos libios con órdenes de captura de la Corte Penal Internacional siguen prófugos.
Varios sospechosos murieron en circunstancias no esclarecidas en lugar de ser juzgados. Saif al-Islam el Gadafi, hijo del dictador y acusado por la Corte de cometer crímenes de lesa humanidad, había sido condenado a muerte en ausencia por un tribunal libio en 2017 y liberado ese mismo año por una milicia de Zintan. Fue asesinado por atacantes no identificados el 3 de febrero de 2026. Amnistía también documentó el asesinato en 2021, en Benguasi, de Mahmoud al-Werfalli, excomandante de las fuerzas especiales buscado por la Corte desde 2017.
“Durante quince años, las sucesivas autoridades libias no desmantelaron las redes de abuso que alimentan las violaciones en curso”, dijo Mahmoud Shalaby, investigador de Amnistía Internacional para Egipto y Libia, en el mismo informe.
Fuente: Infobae