Brasil: la grieta que no se cierra tras décadas de conflicto

El ascenso de Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en los comicios del 27 de octubre de 2002 significó un hito de optimismo no solo para Brasil, sino para toda América Latina. Que un obrero y líder sindical desde 1975 llegara a la presidencia representó un quiebre en la élite política tradicional. Lula ya había intentado llegar al poder en 1989, 1994 y 1998, siendo derrotado primero por Fernando Collor y luego por Fernando Henrique Cardoso.

Su trayectoria como sindicalista y opositor a la dictadura militar forjó un carácter tenaz. En 1980 fue encarcelado durante 41 días sin lograr doblegarlo; poco después fundó el Partido de los Trabajadores (PT), del cual se convirtió en líder indiscutido.

Gestión de Lula: crecimiento, programas sociales y proyección internacional

Lula lideró el país durante ocho años conservando una popularidad intacta. El alza del precio de las materias primas y el hallazgo del yacimiento petrolero de Tupí impulsaron un crecimiento económico que redujo la pobreza. Su administración lanzó iniciativas como Hambre Cero, Bolsa Familia y Brasil sin Hambre, enfocadas en la región nordeste, mientras incrementaba el gasto público. Al no poder optar por un tercer mandato, Lula impulsó a Dilma Rousseff, su exjefa de Gabinete tras la renuncia de José Dirceu, quien ganó con el 56% de los votos en la segunda vuelta. El Senado la destituyó el 31 de agosto de 2016 con 61 votos a favor y 20 en contra, acusada de manipular las cuentas fiscales. El déficit presupuestario había llegado al 3,7%.

Lula captó la atención global con su discurso ambientalista y contra la pobreza. Se acercó a Hugo Chávez, impulsó la UNASUR y se opuso al ALCA en la Cumbre de las Américas de 2005, aunque luego recibió a George Bush en Brasilia. Con el respaldo de Celso Amorim, el BRICS celebró su primera cumbre en Ekaterimburgo, reclamando representación del sur global frente al G7.

Crisis, ajuste y escándalos bajo PT y Temer

El vicepresidente Michel Temer asumió el 31 de agosto de 2016 con el reto de equilibrar las finanzas públicas y modernizar las leyes laborales y previsionales. Se aprobó un techo de gasto y una reforma laboral que flexibilizó la jornada, amplió la tercerización, eliminó la obligatoriedad de contribuciones sindicales y priorizó acuerdos por empresa sobre los colectivos. El fin de la bonanza de materias primas y el déficit fiscal forzaron un ajuste. Brasil experimentó una recesión reflejada en estos indicadores:

  • 2014: crecimiento de 0,5%
  • 2015: caída de -3,5%
  • 2016: caída de -3,3%
  • 2017: crecimiento de 1,3%
  • 2018: crecimiento de 1,8%
  • 2019: crecimiento de 1,2%
  • 2020: caída de -3,3%

Estos datos evidenciaron las limitaciones de políticas basadas en gasto público y consumo. Los gobiernos del PT estuvieron salpicados por escándalos como el mensalão, que forzó la renuncia del jefe de Gabinete José Dirceu; el Lava Jato y el petrolão, que implicaron a grandes constructoras y a Petrobras con partidos políticos. Las acusaciones alcanzaron al propio Lula, quien fue condenado a prisión y luego absuelto por vicios procesales. El juez Sergio Moro, que encarceló a Lula, fue elegido gobernador del estado de Paraná en primera vuelta con el 50% de los votos.

La era Bolsonaro y la profundización de la grieta

El triunfo de Jair Bolsonaro en 2018 con el 50,13% de los sufragios fue más un producto del fracaso de las políticas del PT y una estela de corrupción que de su propia oferta electoral. Aunque los conservadores siempre tuvieron un caudal importante, esta elección consolidó una grieta que, lejos de cerrarse, se fortaleció con dos visiones antagónicas de crecimiento. Tras la anulación de su condena, Lula se presentó en 2022 y obtuvo el 50,9% de los votos. Esta victoria avivó el antagonismo y las acusaciones de golpe, que culminaron con la condena de Bolsonaro a 27 años de prisión impulsada por el juez Alexandre de Moraes.

Las elecciones de este año, que enfrentaron a Lula da Silva con Flávio Bolsonaro, hijo del denostado presidiario, no hicieron más que ratificar la partición irreconciliable del electorado, repitiendo el patrón de 2018 y 2022. La escasa diferencia entre ambos y la perspectiva de una segunda vuelta solo agravaron las tensiones, de las cuales será difícil salir y que benefician a los extremismos de cada lado, más preocupados por mantener sus privilegios.

La gran incógnita en esta contienda, considerando la distribución de bancas en el Congreso, es si no sería más conveniente para Lula da Silva cerrar un ciclo y promover una pacificación que acerque posturas, resguardando su legado en un momento en que la situación internacional hace cada vez más complejo afrontar los desafíos del desarrollo.

Fuente: Infobae

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