Durante cuatro años, Amanda Knox vivió entre rejas y la libertad mientras su nombre copaba las portadas globales. Para algunos, era una joven estadounidense atrapada en una investigación llena de fallos; para otros, una mujer cuyo comportamiento levantó sospechas desde el inicio. En el centro de esa disputa, una víctima silenciosa: Meredith Kercher, una estudiante británica de 21 años asesinada en la casa que compartía con Knox en Perugia.
El 3 de octubre de 2011, tras más de diez horas de deliberación, la Corte de Apelaciones de Perugia dictó una sentencia que parecía cerrar el caso. Amanda Knox fue absuelta del asesinato. También Raffaele Sollecito, su exnovio italiano, quedó libre de la acusación de haber participado en el crimen.
Ella rompió en llanto. Él permaneció casi inmóvil. Afuera del tribunal, la multitud reaccionó de forma dividida: se escucharon gritos de “vergüenza” contra la decisión. Ese día recuperó la libertad, pero aún ignoraba que aquella sentencia tampoco sería definitiva.
La noche que comenzó todo
Meredith Kercher nació en Southwark, Londres, el 28 de diciembre de 1985. Estudiaba en la Universidad de Leeds y en 2007 viajó a Italia como parte de un programa de intercambio universitario. Su destino: Perugia, una ciudad de estudiantes, calles estrechas y edificios antiguos, donde jóvenes de diversas nacionalidades convivían mientras cursaban sus carreras.
Allí compartió una casa en Via della Pergola con Amanda Knox, una estadounidense de Seattle de 20 años que también estudiaba en la Universidad para Extranjeros. No eran amigas íntimas, pero convivían.
La noche del 1 de noviembre de 2007, Meredith regresó a la vivienda. Al día siguiente, algo no cuadraba. La puerta de su habitación permanecía cerrada. En la casa había señales que llamaron la atención. Finalmente, apareció el cuerpo de Meredith. Había sido asesinada.

La investigación determinó que sufrió múltiples heridas y una lesión fatal en el cuello. La escena mostraba signos de violencia y elementos que inicialmente llevaron a los investigadores a considerar un posible componente sexual. El caso rápidamente adquirió una dimensión extraordinaria.
Meredith era británica. Amanda, estadounidense. Raffaele Sollecito, un joven italiano que empezó una relación con Knox poco antes, también se convirtió en sospechoso. La prensa internacional comenzó a instalarse en Perugia. Knox fue interrogada durante horas. En los primeros días, todo empezó a concentrarse en ella y en Sollecito.
Uno de los puntos más controvertidos fue el comportamiento de Knox tras el hallazgo del cuerpo. Algunas de sus actitudes fueron interpretadas por los investigadores como sospechosas. Para la defensa, en cambio, era la reacción de una joven extranjera atrapada en una situación incomprensible.

La investigación produjo además uno de los capítulos más polémicos del caso. Knox señaló inicialmente a Patrick Lumumba, un músico y propietario de un bar donde ella había trabajado. Lumumba fue detenido, pero luego quedó completamente desvinculado del crimen. Otro hombre, Rudy Guede, terminaría siendo identificado como la persona cuya presencia en la escena estaba respaldada por evidencia genética. Guede, ciudadano de Costa de Marfil que vivía en Perugia, fue juzgado por separado mediante un procedimiento abreviado y condenado por el asesinato de Meredith a 16 años de prisión.
La justicia italiana, sin embargo, sostuvo durante años que Guede no había actuado solo. La acusación presentó una reconstrucción según la cual Knox y Sollecito participaron. La defensa sostuvo lo contrario: no existía una prueba fiable que colocara a la pareja en la escena. La diferencia entre ambas versiones sería el eje de todo el proceso.
El juicio que dividió a Italia
Amanda Knox y Raffaele Sollecito permanecieron detenidos. En el juicio de primera instancia, la Fiscalía presentó una hipótesis según la cual Meredith fue sometida a una agresión sexual y luego asesinada durante una situación en la que participaron los tres acusados. El caso tenía un elemento particularmente difícil de probar: cuál había sido el móvil.
La acusación habló de una situación que empezó con una disputa y terminó en violencia extrema. La defensa sostuvo que no existía una explicación convincente que justificara por qué Knox y Sollecito habrían cometido el crimen.

El proceso estuvo acompañado por una enorme exposición mediática. Amanda se convirtió en una celebridad involuntaria. Los medios comenzaron a discutir cada detalle de su vida privada: sus relaciones, su comportamiento, sus fotografías, su personalidad y hasta la manera en que reaccionó ante la muerte de Meredith.
El debate judicial se mezcló con otro mucho más superficial y difícil de controlar: el de la imagen de la acusada. Knox fue presentada alternativamente como una joven inocente, una víctima del sistema italiano o una mujer fría y manipuladora. Pero ninguna de esas etiquetas resolvía la cuestión central. ¿Había pruebas suficientes para demostrar que mató a Meredith?
La primera condena
El 4 de diciembre de 2009 llegó el primer gran golpe para Knox: La Corte de Perugia la declaró culpable. La sentencia fue de 26 años de prisión. Sollecito recibió una pena de 25. La Fiscalía había pedido sanciones todavía más severas. Para la familia de Meredith, era el reconocimiento judicial de la responsabilidad de los acusados. Para la de Knox, comenzaba una nueva batalla. Amanda insistió en que no había matado a Meredith. Sollecito sostuvo lo mismo. Los abogados comenzaron a preparar la apelación.
Allí aparecería uno de los puntos centrales que terminarían modificando la historia del caso: la evidencia científica. Una parte importante de la acusación giró alrededor de pruebas genéticas obtenidas en la escena. Entre ellas, un pequeño gancho del corpiño de Meredith en el que se detectó material genético atribuido a Sollecito.
La defensa cuestionó desde el comienzo la manera en que fue tomada y analizada esa evidencia. Con el paso del tiempo, especialistas independientes llamados durante el proceso de apelación cuestionaron distintos aspectos de la investigación forense. Se habló de contaminación, de procedimientos inadecuados y de la escasa cantidad de material disponible para determinadas pruebas.
También fueron discutidas otras huellas y rastros que la acusación utilizó para reconstruir la presencia de Knox y Sollecito en la vivienda. Así, la discusión dejó de ser solamente jurídica. Ahora también era científica. ¿Las muestras realmente demostraban que ambos estuvieron allí presentes? ¿O podían haber sido contaminadas? La Corte de Apelaciones era la que estaba obligada a responder.
El día en que Amanda salió de prisión
El 3 de octubre de 2011, la tensión llegó a su punto máximo. La audiencia se realizó en Perugia. Amanda llevaba casi cuatro años privada de su libertad. La Corte deliberó durante once horas. Finalmente, el presidente del tribunal leyó el fallo. Knox y Sollecito fueron absueltos del asesinato y de la acusación de agresión sexual a Meredith Kercher. La sentencia de primera instancia quedaba anulada.

Knox se quebró en lágrimas y abrazó a su hermana. A Sollecito lo contuvo su abogada. La libertad era inmediata. Pero Amanda todavía tenía una condena pendiente por calumnias a Patrick Lumumba. Había recibido tres años de prisión por ese delito, pena que terminó cumpliendo durante su estadía en la cárcel, por lo que no impedía su salida.
La sentencia fue recibida con indignación por parte de algunos sectores de la sociedad italiana y con alivio por los que sostenían desde el comienzo su inocencia. La familia Kercher quedó devastada. Para ellos, el problema seguía siendo el mismo: la absolución de Knox y Sollecito no explicaba quién participó en el crimen.
La historia judicial todavía estaba lejos de terminar. La Fiscalía recurrió la absolución. En marzo de 2013, la Corte Suprema italiana anuló la sentencia de apelación y ordenó realizar un nuevo juicio: El caso volvía a empezar. Pero esta vez Amanda Knox no regresó a Italia. Había regresado a Estados Unidos y permaneció allí. El nuevo juicio se desarrolló en Florencia. Amanda fue juzgada en ausencia.

Otra vez presos, otra vez libres
En enero de 2014, el tribunal volvió a condenarla. La sentencia fue todavía más severa: 28 años y seis meses de prisión. Para Sollecito, 25. La decisión parecía devolver el caso al punto de partida. Pero ahora la última palabra correspondía a la Corte de Casación. Durante años, el caso produjo una sucesión casi imposible de seguir para quien lo observaba desde afuera. Y finalmente, la Corte Suprema italiana debía determinar si esa segunda sentencia podía sostenerse.
La audiencia definitiva llegó en marzo de 2015. La Fiscalía pidió que las condenas fueran confirmadas. La defensa sostuvo que las pruebas no alcanzaban para demostrar la participación de Knox y Sollecito. La noche del 27 de marzo llegó la resolución. La Corte de Casación absolvió a Amanda Knox y Raffaele Sollecito.
Meses después, la Corte de Casación explicó los fundamentos de su decisión. Los jueces señalaron graves deficiencias en la investigación y cuestionaron la solidez del conjunto probatorio. La sentencia habló de un proceso marcado por importantes fallas investigativas y omisiones. También sostuvo que no existía un conjunto de pruebas capaz de demostrar la culpabilidad más allá de toda duda razonable.
Uno de los aspectos centrales fue la ausencia de rastros biológicos confiables que permitieran vincularlos materialmente con el asesinato. La Corte consideró que la evidencia genética utilizada contra Sollecito no tenía valor suficiente para sostener la acusación. La conclusión judicial fue contundente: las pruebas no alcanzaban para demostrar que participaron del homicidio.
La absolución definitiva de Knox y Sollecito no borró el asesinato. Rudy Guede continuó siendo la única persona condenada por el crimen. El caso dejó además una pregunta que durante años alimentó las especulaciones: qué ocurrió exactamente dentro de aquella casa de Perugia durante la noche del 1 al 2 de noviembre de 2007. Ese interrogante hasta hoy no tiene respuesta.
Fuente: Infobae