Una toma aérea desciende sobre la Avenida 9 de Julio, bordea el Obelisco y se adentra en un departamento al amanecer. Sobre una mesa circular, cientos de fotografías y objetos de memoria rodean a una mujer que recorre los fragmentos de una vida quebrada. Analía Kalinec se presenta: “Soy Analía Kalinec, nací el 31 de octubre de 1979 en la provincia de Córdoba, en Argentina. Cuando yo nací, mi mamá era ama de casa, tenía 22 años. Y mi papá, 27, era policía”. Así abre Desobediente, un documental recién estrenado.
La entrada a la historia es emotiva pero frontal, sin rodeos. Kalinec creció en un hogar común, como tantos en ese extenso país, bajo la aparente felicidad. En 2005, cuando ya tenía su propia familia —hijos, esposo, trabajo como docente—, la verdad irrumpió. Sonó el teléfono: era su madre, quien le dijo: “No te asustes: papá está preso. Son todas cuestiones políticas. Enseguida se va a aclarar, ya va a salir”.
Detrás de ese padre afectuoso se escondía un represor, un torturador, un genocida. Eduardo Emilio Kalinec, apodado Doctor K, participó activamente en la última dictadura militar. Los sobrevivientes lo recuerdan como particularmente “salvaje”. Analía confiesa en el filme: “Me generaba mucha culpa desconfiar de mi papá. Yo pensaba que ahí había un error”. La venda cayó, la realidad se impuso. Su madre y sus hermanas rompieron la relación con ella, y quedó sola.

Desde su hogar, Analía Kalinec conversó con este medio: “Cuando empezamos a compartir nuestras experiencias con otros familiares de genocidas nos dimos cuenta que los sentimientos de culpa y de vergüenza nos atravesaban fuertemente. Trabajamos eso internamente y empezamos a pensar un pronunciamiento: qué teníamos de particular para decir los familiares de los genocidas sobre este tema, cuál era la importancia de esta voz en la construcción de la memoria colectiva”.
En 2017 nació la agrupación Historias Desobedientes. Allí se encontró con la “vocación documentalista” de Federico Coringrato y Martín Vergara, quienes propusieron hacer una película: “Lo fueron documentando en tiempo real durante todos estos años, incluso en el medio estuvo la pandemia. No solamente estuvieron acompañando e involucrándose activamente en el colectivo, sino también abriendo puertas y posibilitando encuentros para retroalimentar el proyecto”.
Volvamos al documental. Ana María Careaga relata: “A mí secuestraron el 13 de junio de 1977. Tenía 16 años y estaba embarazada de menos de tres meses”. Junto a Analía, están en lo que quedó del centro clandestino Club Atlético. “Acá había una plataforma —dice y extiende los brazos— donde ya de entrada empezaban a torturarte: te desnudaban, te tiraban agua helada, picana eléctrica”. Luego recuerda: “Un represor le dice a otro: seguí vos, me tengo que ir a buscar a mi hija al colegio”.

“Perdidos en los recovecos de la Historia, depositarios de sus más grandes silencios y sus más radicales contradicciones, uno a uno fueron llegando los Desobedientes, sin otro equipaje que un puñado de relatos por construir”. Así comienza el texto de Verónica Estay Stange, la presentación del libro Desobedientes: familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia toman la palabra, recién publicado por Marea Editorial, tras el prefacio de Daniel Feierstein.
En París, ya entrada la noche, Estay Stange atiende el teléfono. Es docente universitaria, entre clases y defensas de tesis. “Hay un montón de trabajo”, dice y sonríe. Se dedicaba a la literatura francesa, pero se fue acercando a la memoria como campo de investigación, “sobre todo por mi propia historia”. Nació en México, en el exilio. Sus padres, chilenos, son sobrevivientes de la dictadura de Augusto Pinochet.
“El hermano de mi papá se sumó con toda conciencia al grupo de represores que lo había detenido. Por eso milito en Historias Desobedientes”, cuenta. Miguel Arturo Estay Reyno, conocido como El Fanta, identificó, torturó e hizo desaparecer a sus antiguos compañeros de militancia. Murió preso a los 68 años en 2021 por complicaciones del Covid. “Yo no tuve que vivir el proceso de descubrimiento, pero sí dimensionar las implicaciones que había tenido mi tío”, asegura.

Desobediente no se limita a la historia de Kalinec ni a los familiares de genocidas argentinos que “torcieron el destino” y se aceptaron “bastardos”. El impulso cruza fronteras y conecta con historias similares de las dictaduras de Chile, Paraguay y Uruguay, así como con los “hijos indignos” del franquismo español y del nazismo alemán. Una fuerza mundial que nace de la ruptura pero se consolida en la convicción compartida.
“Cuando esto empieza a trascender fronteras y se acercan desobedientes de otros países, notamos que los familiares de los genocidas son un actor social importante. Durante muchos años permanecieron en el imaginario social alineados al pensamiento genocida. Hoy, a partir del crecimiento del movimiento feminista y de la lucha por los derechos humanos, ha cambiado”, asegura Kalinec, psicóloga, que participó con textos en Desobedientes y en 2011 publicó Llevaré su nombre.
“Esto ha generado una conciencia que ha logrado penetrar en estas cosmovisiones del mundo que nos son inculcadas dentro de las familias de los genocidas. Hoy nos posicionamos desobedeciendo estos mandatos de lealtad familiar y de honrar al padre, tan fuertemente arraigados en estas culturas, para decir: no, la dignidad humana, el respeto por los derechos humanos, la construcción de estructuras democráticas e inclusivas, son las cosas que nosotros tenemos que defender a contrapelo”.

Estay Stange explica que Desobedientes tiene “dos dimensiones: una reflexiva y una testimonial”. Es una reedición corregida, modificada y ampliada de un libro de 2018 titulado Escritos desobedientes. “La propuesta vino de la editorial porque la edición anterior se agotó. Fue una decisión importante porque actualmente en distintos países del mundo hay una intensificación de la extrema derecha, tanto en los gobiernos, como se ve en América Latina, como dentro de la población”.
Todo libro es hijo de su época, y aunque el núcleo de Desobedientes fue pensado para un contexto anterior, habla al mundo actual. “Las ideas de extrema derecha se están difundiendo con una magnitud y una rapidez tremendas”, asegura la autora de La resaca de la memoria: herencias de la dictadura y De Papudo al infierno: autobiografía de Andrés Valenzuela Morales. “Este libro es importante para poder pensar lo que está ocurriendo hoy”.
“Siempre ha sido difícil desobedecer. En los países donde había un trabajo activo de memoria, donde los juicios estaban vigentes y existía una condena ética del negacionismo o de lo ocurrido en la dictadura, era un poco más fácil que la conciencia existiera. La parte afectiva sigue siendo dura. Poder acceder a ese grado de conciencia, que hace que alguien se vuelva desobediente, es mucho más difícil. Estamos remando contra la corriente en estos tiempos”, concluye Verónica Estay Stange.

Kalinec sostiene que la lucha es contra “las lógicas autoritarias, jerárquicas, fuertemente machistas y patriarcales que imperan dentro de las fuerzas armadas y de seguridad, y que son las que alimentan el pensamiento genocida, que es fuertemente conservador y autoritario”. En esta época, añade, “frente a estos discursos de odio y negacionistas, venimos a aportar un eslabón más dentro de la cadena del movimiento de derechos humanos, reforzando la solidaridad con las víctimas”.
“Los discursos negacionistas también son interpelados por nuestros discursos, los de los propios familiares de genocidas. Tenemos una responsabilidad importante repudiando estos crímenes y reclamándoles también a nuestros familiares genocidas que cuenten lo que saben, que rompan el pacto de silencio, y que aporten información sensible, que sabemos que tienen, acerca del destino de los detenidos desaparecidos y los bebés nacidos en cautiverios”, concluye Kalinec.
Fuente: Infobae