NUEVA YORK – Con una estatura de 1,70 metros y un peso de 72 kilogramos, Lionel Messi siempre ha parecido una anomalía estadística en el fútbol. Durante dos décadas, Messi ha jugado como si las reglas convencionales del deporte no fueran con él: achica las canchas, modifica los ángulos y convierte a los defensores en meros espectadores, mientras el balón obedece cada uno de sus movimientos.
Es un deportista de élite, pero también un bailarín, un mago, un estratega de ajedrez, un visionario y un creador. Ha logrado que las hazañas más increíbles parezcan simples y cotidianas, como secretos compartidos únicamente entre su pie izquierdo y el césped. Su carrera ha sido un desafío constante a las leyes de la física.
Ahora, en el capítulo final más sorprendente, el argentino desafía al propio tiempo.
Hace cuatro años, Messi parecía haber escrito el desenlace perfecto para cualquier carrera legendaria. Alzó la Copa del Mundo en Qatar, acalló todas las críticas y le otorgó a Argentina el título que tanto había anhelado. Sus vitrinas ya estaban repletas, y esa pieza parecía completar su colección.
Pero este domingo, Messi llevará a Argentina a otra final de la Copa del Mundo, frente a España, con la oportunidad de hacer que su país sea el primero en 64 años en repetir como campeón. El mundo del fútbol creyó que su carrera había tocado techo en 2022. Sin embargo, cuatro años después, el deportista más famoso del planeta está de vuelta en el partido más importante y visto del mundo, no como una figura decorativa, sino como el motor principal del torneo.
A lo largo de cinco semanas este verano, el Messi de 39 años no ha demostrado tener esa edad y se ha mostrado como el de siempre. Solo Kylian Mbappé, de Francia, ha anotado más goles que sus ocho. Sus cuatro asistencias son la segunda cifra más alta del torneo. Sus arranques siguen siendo letales. Su velocidad máxima sigue siendo comparable a la de un atleta olímpico. Se cuida más, juega con mayor inteligencia y elige mejores ángulos, algo que parecía casi imposible en un jugador que ya veía el juego antes que los demás.
“Messi es un extraterrestre. Es un alien”, afirmó John Strong, comentarista de Fox, sobre el capitán del equipo. “Hace cosas que los humanos no pueden replicar”.
Bello de rosa
Lo que ocurrió después de Qatar parecía, desde fuera, un epílogo. Siete meses después de ganar el Mundial, Messi se unió al Inter Miami, en ese entonces el peor equipo de la Major League Soccer, vistiendo un tono rosa que parecía anunciar un capítulo final más tranquilo. Las expectativas eran las de siempre: Estados Unidos como destino de retiro, la MLS como el patio de descanso del fútbol, sol y salario, y una última gira antes del ocaso.
La liga ya había visto llegar a estrellas veteranas: Thierry Henry, Wayne Rooney, Zlatan Ibrahimovic y, sobre todo, David Beckham, cuyo traspaso en 2007 al LA Galaxy ayudó a transformar las aspiraciones de la MLS y eventualmente le dio la participación accionaria que llevó al Inter Miami. El experimento de Beckham sentó las bases para la obra maestra de Messi, pero incluso esa historia parecía enmarcar a Miami como el destino de la realeza del fútbol después de que el drama central de sus carreras hubiera pasado.
Pero si el mundo del fútbol se preguntaba cómo sería el capítulo final de Messi –si conservaría la misma pasión después de Qatar, si Miami le restaría filo, si el jugador más laureado de su época podría seguir encontrando algo por lo que luchar–, él nunca pareció compartir esa inquietud.
Tres días después de su presentación oficial como jugador del Inter Miami, Messi asistió a una reunión con directivos del club luciendo un traje celeste claro y corbata rosa. El contrato ya estaba firmado. Allí estaban Beckham, Jorge Mas, copropietario del club, y Chris Henderson, director deportivo.
Messi tenía una pregunta, según relata el libro de Paul Tenorio “El efecto Messi”.
“Díganme todas las competiciones y trofeos que puedo ganar”, dijo.
Esa es la parte del capítulo estadounidense de Messi que es fácil pasar por alto bajo el espectáculo comercial. Los estadios llenos, las camisetas rosas, las cifras de streaming, los récords de patrocinio y las multitudes en los partidos de visitante contaban una historia. La pregunta de Messi contaba otra. No había llegado solo para ser homenajeado. Llegó para aumentar su legado.
“El paso del tiempo ha llamado a su puerta, le ha mandado un mensaje de texto, un correo electrónico”, dijo Taylor Twellman, exdelantero de la selección estadounidense y analista de fútbol desde hace años. “Simplemente, él no contesta la llamada”.
Miami se transformó casi de inmediato, pasando de ser el peor equipo a una atracción global. Mientras la MLS y el Inter Miami batían récords de asistencia, patrocinio, ventas de productos y crecimiento digital, Messi convirtió al club en el referente de la liga también dentro de la cancha: Miami logró el mejor récord de temporada regular en 2024 y ganó la MLS Cup en 2025, y Messi se convirtió en el primer jugador en la historia de la liga en ganar el premio MVP en años consecutivos. También alcanzó los 100 goles más rápido que cualquier otro jugador en la historia de la MLS.
Ni siquiera los mayores soñadores de la liga imaginaron esta versión del efecto Messi: que el jugador que llegó a Miami después de Qatar seguía compitiendo y rindiendo al más alto nivel. El Comisionado de la MLS, Don Garber, lo calificó como “un regalo que sigue dando”.
“¿Quién esperaba que Leo fuera el máximo goleador del Mundial?”, dijo Garber. “El hecho de que juegue en la Major League Soccer es un sueño hecho realidad”.
Caminando y acechando
Pero el Mundial no es la MLS. Sus fases finales reúnen a los jugadores más rápidos, fuertes y despiadados del fútbol, muchos de ellos lo suficientemente jóvenes como para haber crecido viendo los mejores momentos de Messi en YouTube. Eso es lo que hace que su verano parezca tan improbable: la edad debería empequeñecer a los jugadores –robarles velocidad, reducir su influencia, alejarlos del centro del juego. Messi, que celebró su cumpleaños número 39 a las dos semanas del torneo, sigue proyectando una sombra gigante sobre toda la cancha.
“No sé qué argumento se podría hacer para decir que Messi no es el mejor de todos los tiempos”, dijo Strong, el comentarista. “El hecho de que haya vuelto cuatro años después, cuando todos pensamos que se retiraría en Qatar, y a la edad que tiene, jugando en la MLS, jugando como el mejor del mundo en nuestro país… no creo que podamos repetirlo y asombrarnos lo suficiente. Y aun así, no pueden detenerlo”.
La pregunta más difícil es cuánto de esto es sobrenatural y cuánto es adaptación.
Messi ya no es el mismo jugador que recorría sin descanso el frente de ataque del Barcelona durante un partido completo. Ya no corre con el mismo volumen ni intensidad constante. Según los datos de seguimiento de la FIFA en este torneo, aproximadamente el 64 por ciento de la distancia que recorre Messi en los partidos es caminando, y su promedio de unos 8 kilómetros por partido es el más bajo entre los jugadores de campo que disputan al menos 90 minutos. Los jugadores en posiciones similares promedian cerca de 10,6 kilómetros por partido, con más carrera que caminata.
No necesita presionar cada balón, ocupar cada espacio ni dominar físicamente cada partido. Su genialidad ahora es más selectiva. Ahorra energía, lee el campo, espera a que los defensores se inclinen hacia el lado equivocado, y aún tiene el estallido suficiente para crear ese medio paso que lo ha definido durante dos décadas.
“Aún no ha perdido su recta”, dijo Twellman, analista de la MLS para Apple. “Y la recta es su capacidad para hacer fallar a los defensores y buscar ese poco, esa media yarda o ese medio paso con el que obtiene ventaja”.
Eso, dijo Twellman, es donde la mente de Messi se ha vuelto tan importante como sus piernas.
“Cuando operas entre las orejas al nivel que él lo hace, puedes perder una zancada”, dijo Twellman, “y ya no necesitas estar correteando durante 90 minutos”.
La versión de Messi que camina y observa puede hacerlo parecer desconectado de las exigencias físicas del juego. Pero Twellman apunta a las estadísticas: Messi corrió 9,3 kilómetros en la victoria semifinal de Argentina ante Inglaterra y promedió unos 9,7 kilómetros por partido en la fase eliminatoria. Eso vino después de promediar alrededor de 5,6 kilómetros en la fase de grupos.
“Así que, obviamente”, dijo Twellman, “aceleró lo suficiente”.
Para Miami y la MLS, ese sueño ha sido tangible y cuantificable. Para Argentina, el sueño ha sido más delicado. Ha sido cuestión de extender la era Messi sin fingir que puede durar para siempre.
Messi nunca anunció que Qatar sería su despedida. Tampoco prometió que llegaría a 2026. En los años posteriores a la conquista del Mundial, su futuro con Argentina se volvió una pregunta que perseguía al equipo a todas partes: no porque alguien quisiera apresurarlo a irse, sino porque todos entendían que el capítulo más glorioso en la historia del fútbol del país vivía tiempo prestado.
La Copa América 2024 pareció, por un momento, mostrarle a Argentina cómo podría lucir el después. Messi sufrió una lesión muscular al inicio del torneo. Otros marcaron goles. Otros dieron un paso al frente. En la final, Messi salió en la segunda parte con el partido empatado y vio desde el banquillo, emocionado e impotente, cómo Argentina se imponía con el gol de Lautaro Martínez en el minuto 112. Habían ganado sin el centro de su universo en la cancha, y esa imagen pareció un avance. El relevo no le fue arrebatado a Messi, pero tal vez al fin fue compartido.
Pero Argentina no ha tratado su edad como motivo para pasar página. Lo ha tratado como un problema a resolver. El entrenador Lionel Scaloni armó un equipo que complementa a Messi en el ocaso de sus 30 años, en vez de pedirle que cubra cada centímetro del campo. Alexis Mac Allister, Enzo Fernández y Rodrigo De Paul aportan las carreras, la presión y la protección. Julián Álvarez y Lautaro Martínez suministran piernas y agresividad en ataque. Messi sigue siendo el cerebro, la fuerza gravitacional, el único jugador alrededor del cual aún parece retorcerse cualquier plan defensivo.
Stu Holden, analista de Fox y exmediocampista de la selección estadounidense, dijo que el brillo de Messi reside en parte en su disposición a tomar “lo que el partido le da”. Contra Inglaterra, dijo Holden, Messi se abrió, atrajo defensores y se volvió asistente en lugar de definidor.
“Sabía que no iba a ser el goleador esa noche, pero se mostró feliz de ser el asistente”, dijo Holden. “Eso habla tanto de su inteligencia como cualquier otra cosa. Nunca es solo sobre Messi. Es también cuánto mejora y potencia al equipo”.
No marcó contra Inglaterra; no lo necesitó. En cambio, asistió en los dos goles argentinos que aseguraron el boleto a la final del domingo, demostrando una vez más que no existe un plan infalible.
El seleccionador de España, Luis de la Fuente, recuerda uno de los primeros planes fallidos. El 15 de mayo de 2004, de la Fuente dirigía al juvenil del Sevilla en la Copa del Rey cuando vio al prodigio de la cantera del Barcelona, con el pelo casi hasta los hombros. Messi tenía 16 años. El Sevilla le asignó un defensor para seguirlo a todas partes.
Durante 70 minutos, funcionó. El partido iba sin goles. Luego, el encargado de marcar a Messi vio una tarjeta amarilla y tuvo que ser reemplazado.
“En 15 minutos, marcó cuatro goles”, dijo de la Fuente, mostrando cuatro dedos.
Dos décadas después, España, de todos los rivales, entiende la mitología a la que se enfrenta. Es el país en el que Messi se hizo Messi, adonde llegó como un niño de Rosario y se convirtió en el genio que definió al Barcelona. Ahora España es lo único que se interpone entre él y el final más extravagante que haya brindado el fútbol.
Excepto que esto, tampoco es realmente un final. Qatar supuestamente lo completaba. Miami debía suavizarlo. La edad debía reducir las posibilidades. En cambio, el jugador que llegó a Estados Unidos en busca de una vida más tranquila ha vuelto a encontrarse en el escenario más estridente del deporte.
Hace cuatro años, Messi llegó a la cima de la montaña, sin más cumbres por delante. Pero como es Messi, la gravedad nunca se aplicó realmente. Siguió mirando hacia arriba, volando hacia alturas que solo él pareció saber que existían.
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Fuente: Infobae