El viernes pasado, un ataque atribuido a Irán impactó una instalación que combina generación eléctrica y desalinización de agua en Kuwait. Este incidente pone en evidencia una debilidad poco mencionada en los medios: la extrema dependencia de la tecnología para obtener agua potable en una región donde el líquido vital escasea de forma natural.
El Ministerio de Electricidad, Agua y Energía Renovable de Kuwait confirmó que el ataque desató un incendio y causó averías en múltiples unidades de generación eléctrica, según reportes oficiales.
Este ataque no es un hecho aislado. Desde que comenzaron las hostilidades, Irán ha golpeado infraestructura próxima a diversas plantas desalinizadoras en el Golfo Pérsico. Kuwait ya había sufrido daños en la planta de Doha West por restos de drones interceptados. En Bahréin, el 8 de marzo un dron iraní averió una instalación de desalinización. En los Emiratos Árabes Unidos, los ataques impactaron el complejo Fujairah F1, ubicado cerca de una de las mayores desalinizadoras del mundo. Las autoridades kuwaitíes activaron planes de emergencia y lograron controlar el incendio.
La preocupación que despiertan estos ataques trasciende los daños físicos inmediatos. Kuwait depende de la desalinización para aproximadamente el 90% de su agua potable; Omán, el 86%; y Arabia Saudita, cerca del 70%. El proceso de desalinización más común es la ósmosis inversa, que fuerza el agua de mar a través de membranas especializadas. Sin estas plantas, las urbes del Golfo serían incapaces de mantener a sus habitantes.
La concentración de estas instalaciones agrava aún más el riesgo. Más del 90% del agua desalinizada del Golfo Pérsico se produce en solo 56 plantas, todas situadas en la costa y al alcance de misiles y drones iraníes. Un análisis de la CIA de 2010 ya advertía que ataques a estas instalaciones podrían provocar crisis nacionales en varios países del Golfo, y que las interrupciones prolongadas podrían extenderse por meses si se destruye equipo esencial. El documento señalaba:
“Cada una de estas plantas es extremadamente vulnerable al sabotaje o a la acción militar”.

Muchas de estas plantas operan integradas con centrales eléctricas en sistemas de cogeneración, por lo que un ataque a la red eléctrica puede detener al mismo tiempo la producción de agua. Las instalaciones cuentan con múltiples fases: captación, tratamiento y suministro energético. El daño en cualquiera de estos eslabones puede paralizar toda la producción.
El conflicto también tiene un lado simétrico: Irán acusó a Estados Unidos de atacar una planta desalinizadora en la isla de Qeshm, provincia de Hormozgán, el 7 de marzo, lo que interrumpió el suministro de agua a 30 aldeas. Washington no admitió haber realizado ese ataque. Por su parte, los rebeldes hutíes de Yemen han atacado instalaciones desalinizadoras sauditas durante las tensiones regionales previas al conflicto actual, según reportes.
Fuera de Medio Oriente, la principal inquietud por la guerra con Irán ha sido el efecto en los precios energéticos. Los enfrentamientos y los ataques a buques en el estrecho de Ormuz han alterado los mercados globales y disparado el precio del petróleo a niveles históricos. Sin embargo, la crisis del agua constituye una amenaza de similar magnitud para la estabilidad de la región.
El conflicto ha generado pérdidas por al menos 58.000 millones de dólares en la infraestructura energética del Golfo, y ha reducido los ingresos turísticos en unos 600 millones de dólares diarios desde el comienzo de las hostilidades. Esta fuga de recursos desvía la atención y el financiamiento gubernamental de las inversiones en resiliencia climática, que las poblaciones requieren de manera urgente.
A estas presiones se suma el cambio climático. Las plantas desalinizadoras son vulnerables a marejadas ciclónicas y lluvias extremas que pueden derrumbar la infraestructura, mientras que el calentamiento oceánico incrementa la probabilidad e intensidad de ciclones en el Mar Arábigo. La región ya experimentaba algunas de las sequías más severas inducidas por el clima antes del conflicto, con temperaturas que se prevé aumentarán al doble del promedio mundial durante el siglo XXI.
En los ataques más recientes sobre Kuwait, seis personas resultaron heridas, entre ellas cuatro integrantes de las fuerzas armadas. Las autoridades kuwaitíes detectaron aproximadamente 77 drones hostiles y 18 misiles en su espacio aéreo entre el miércoles y el jueves por la noche.
Fuente: Infobae