La Selección Argentina se encontraba al borde de la eliminación, perdiendo 2-0 ante Egipto. En ese instante, el partido dejó de ser una cuestión de esquemas tácticos para convertirse en una prueba de liderazgo. El talento y la preparación física pasaron a un segundo plano. La interrogante fundamental era otra: ¿Qué evita que un equipo se desmorone cuando todo parece perdido?
Argentina reaccionó, remontó el marcador y se impuso 3-2. Sin embargo, la enseñanza más valiosa no llegó con el tanto de la victoria, sino momentos después, cuando Lionel Scaloni explicó el partido con una frase que muchos pasaron por alto: “Si se perdía, mañana había que seguir”.
A simple vista, puede parecer una declaración sin mayor trascendencia. Pero encierra una idea que va más allá del fútbol. Scaloni no busca quitarles presión a sus jugadores, sino ayudarlos a gestionar el miedo. Esta diferencia es clave para entender gran parte del éxito de la Albiceleste.
Durante años, se ha asociado el alto rendimiento únicamente con talento, disciplina y preparación física. Todo eso es importante. Pero existe una capacidad que potencia a todas las demás y que rara vez recibe la atención que merece: la comunicación.
No se trata de la habilidad para dar discursos motivacionales, sino de la capacidad de construir conversaciones que generen coordinación, confianza y decisiones efectivas cuando la presión, la incertidumbre o el error amenazan con desorganizar al equipo. A esa capacidad el autor la denomina Comunicación de Alto Rendimiento.
Cuando se habla de conversaciones, no solo se refiere a palabras. Incluye los intercambios —verbales y no verbales— mediante los cuales un equipo interpreta lo que ocurre, distribuye responsabilidades, toma decisiones, construye confianza y coordina acciones. Fernando Flores, referente de la ontología del lenguaje, planteó que el funcionamiento de las organizaciones depende de la calidad de sus compromisos y conversaciones. Dicho de otro modo: los equipos no solo trabajan juntos; primero necesitan conversar de manera que les permita actuar juntos.
Los equipos no empiezan a romperse cuando reciben un gol. Empiezan a romperse cuando dejan de conversar bien. Cuando el error genera miedo, cuando la crítica reemplaza al aprendizaje, cuando cada uno se protege en lugar de pensar en el colectivo.
La profesora de Harvard Amy Edmondson demostró que los equipos más efectivos no son aquellos donde nadie se equivoca, sino aquellos donde las personas pueden reconocer errores, pedir ayuda y expresar desacuerdos sin temor a ser castigadas.
Mirar a la Selección desde esa perspectiva es revelador. Este equipo no está construido sobre la ilusión de que nunca va a perder. Está construido sobre la convicción de que un error no destruye al grupo. Perdió el debut del Mundial de Qatar frente a Arabia Saudita y no se quebró. Soportó el caos del partido con Países Bajos. Resistió una final inolvidable ante Francia. Ahora volvió a reaccionar cuando Egipto lo puso contra las cuerdas.
Eso no ocurre únicamente por el talento de sus futbolistas. Ocurre porque existe una cultura que sostiene al equipo cuando aparecen las dudas. Y esa cultura se construye conversando.
En el fútbol, como en las empresas, la política o cualquier organización, muchos equipos no fracasan por falta de capacidad. Fracasan porque, cuando llega la presión, dejan de coordinar, se endurecen las conversaciones y se buscan culpables. Se pierde claridad y el rendimiento empieza a caer mucho antes de que aparezcan los malos resultados.
Por eso la comunicación no debería seguir siendo considerada una habilidad secundaria o “blanda”. Es una capacidad estratégica que mejora el rendimiento. La táctica necesita comunicación para ser comprendida. El liderazgo necesita comunicación para ser legitimado. La confianza necesita comunicación para ser construida. La estrategia necesita comunicación para transformarse en acción. Sin comunicación, ninguna de esas dimensiones logra desplegar todo su potencial.
Tal vez allí resida uno de los grandes aportes de Scaloni. Más allá de los títulos, construyó una Selección donde la presión no paraliza, el error no condena y la derrota no destruye. Construyó un equipo que entiende que competir no consiste en jugar sin miedo, sino en no dejar que el miedo decida por uno.
La frase “si se perdía, mañana había que seguir” no explica solamente un partido: explica una manera de liderar. Y deja una enseñanza que trasciende al fútbol. Los equipos extraordinarios no son los que nunca se equivocan; son los que, incluso cuando se equivocan, siguen coordinando.
Porque el alto rendimiento no comienza con el talento. Comienza cuando un grupo aprende a conversar mejor bajo presión.
Fuente: Infobae