Las alegrías en una Copa del Mundo son breves. Las victorias emocionan, pero el reloj no se detiene y el siguiente desafío ya está en el horizonte. No hay espacio para la nostalgia cuando el sueño continúa vivo.
Los cuartos de final están a la vuelta de la esquina y el oponente es un viejo conocido. Es imposible no retroceder doce años, hasta el Mundial de Brasil 2014, cuando Ángel Di María, en el minuto 118 del tiempo extra, rompió la resistencia suiza y le dio a Argentina el pase a la siguiente ronda.
De aquel equipo argentino solo queda Lionel Messi, el único al que el tiempo parece no afectar. Del lado suizo, Granit Xhaka y Ricardo Rodríguez siguen vigentes. Ambos son titulares y piezas clave, especialmente Xhaka, el eje futbolístico del equipo, encargado de manejar los tiempos y dar orden al mediocampo. Juntos han disputado cuatro Copas del Mundo.

El equipo helvético, dirigido por Murat Yakin, viene de eliminar a Colombia en penales, tras un partido cerrado y de poco juego. En un Mundial donde fue de menos a más —empató con Qatar en la primera jornada y mostró falta de eficacia—, ahora enfrenta su mayor desafío: derrotar por primera vez a la vigente campeona del mundo. Suiza no brilla ni vuela, pero es un equipo pragmático, equilibrado y competitivo, de esos que siempre aparecen en fases eliminatorias.
Argentina viene de abrazarse a la épica bajo el ala de Messi. Mejoró respecto al partido con Cabo Verde, pero aún muestra falencias defensivas cuando el equipo se vuelca al ataque. Los rivales han encontrado la fórmula: bloqueando el centro del campo complican el juego argentino, que depende de los volantes de Lionel Scaloni, todos con pie de enganche.
Los equipos que anularon esa zona obligaron a Scaloni a buscar alternativas: pelotas largas para los laterales, especialmente Nicolás Tagliafico; pases filtrados para Messi a espaldas de los centrales; y centros al área para el juego aéreo. Todas estas respuestas surgieron al no encontrar la ecuación por dentro.

Suiza también disfruta jugar con la pelota desde la salida. Manuel Akanji y Nico Elvedi, sus centrales, son dúctiles con el balón y los primeros en iniciar la circulación. Akanji, del Inter de Milán, tiene una característica similar a Lisandro Martínez: es un defensor que puede romper líneas con un pase vertical.
Granit Xhaka suele ser el primer pase en la gestación. Es el bastión que decide hacia dónde juega el equipo. En el mediocampo, comparte con Remo Freuler, un jugador de menos juego pero mucho despliegue físico. Se complementan bien: Freuler permite a Xhaka adelantarse y tener peso en el ataque.
Sin embargo, Suiza no destaca por ataques internos. Elabora por dentro para explotar por fuera con sus extremos, apoyados por los laterales. Rubén Vargas y Ndoye suelen acaparar las bandas: rápidos y bravos en el uno contra uno. Las alarmas de Argentina deberían centrarse en las bandas, ya que han mostrado problemas defensivos allí. Fortaleza de uno y debilidad del otro.

En la delantera, Breel Embolo es un nueve corpulento, especialista en jugar de espaldas y pivotear. Sin embargo, Suiza tendrá una baja importante: no contará con Johan Manzambi, aún recuperándose de una contusión en la rodilla. Manzambi, del Friburgo, aportaba libertad detrás del centrodelantero, moviéndose para generar superioridades.
Esta es una gran noticia para Argentina, ya que el rival pierde a su mayor joya ofensiva, autor de tres goles y dos asistencias en el Mundial. Era una pieza clave por su verticalidad y claridad para potenciar a sus compañeros.
En presión, Suiza se para en un bloque medio. No es un equipo de presión asfixiante. Su entrenador, Murat Yakin, prioriza el orden defensivo para contraatacar, algo que hacen muy bien.
Cuando Suiza ha asumido el protagonismo, le ha costado llegar al arco con claridad. Ha caído en tenencias previsibles y falta de ideas. Es un equipo que golpea mejor a campo abierto.
Por eso, le convendrá esperar a Argentina y atacarla con transiciones rápidas, como ya lo hicieron otros rivales, aprovechando los espacios que concede Scaloni.
Argentina puede aprovechar varias falencias suizas. Suiza es ordenada, pero sus centrales no se sienten cómodos corriendo hacia atrás. El equipo no repliega bien. Si la Selección atrae la presión y ataca rápido los espacios a espaldas de Akanji y Elvedi, puede encontrar camino. Las rupturas de Julián Álvarez o Lautaro Martínez serán clave, junto a la movilidad del mediocampo. Mac Allister, Enzo Fernández o Leandro Paredes tienen la sensibilidad para detectar esos espacios. Y, por supuesto, Lionel Messi puede poner esos pases imposibles.
También será importante que los laterales argentinos sepan cuándo pasar y cuándo quedarse. Suiza castiga cualquier desorden con sus extremos. La clave estará en atacar con paciencia, sin perder equilibrio.
No se debe descartar la pelota parada, ese partido dentro del partido que puede inclinar la balanza. Argentina ha demostrado que sabe lastimar desde el juego aéreo, una variante que ya le ha dado resultados.
Cada capítulo presenta nuevas oportunidades y advertencias. Lo que nunca cambia en esta Selección es el amor por la camiseta, la entrega y la rebeldía de competir hasta el último segundo. Sea cual sea el once, hay una certeza: va a representar a Argentina con honra. Los nombres, rivales y escenarios cambian, pero la manera de defender el escudo permanece intacta.

Y recuerden: este puede ser el último o, si Dios quiere, el antepenúltimo partido de Lionel Messi con la camiseta argentina en una Copa del Mundo. Sus lágrimas tras Egipto mostraron su lado más humano, pero también nos recordaron que nada es para siempre.
Fuente: Infobae