(Desde Estados Unidos) Cuando alguien atraviesa el predio de la AFA en Ezeiza, dos lugares permanecen vedados para la mayoría: los vestuarios del complejo 1, donde los juveniles forjan sus ilusiones, y el espacio donde Lionel Messi y el resto del plantel de la selección argentina comparten mates y largas charlas con Mario Di Stefano, el histórico utilero de la Albiceleste.
Ese hombre, apodado Marito, es uno de aquellos héroes anónimos que sostienen al equipo nacional. Hace 25 años adoptó una tradición que, a solo un día del duelo contra Cabo Verde en Miami, por el pase a los octavos de final del Mundial, revela un lazo invisible entre ambas naciones. En su “santuario” dentro del vestuario se alinean estampitas: San Cayetano (patrono del trabajo entre los católicos), San Expedito y varias más, como la del Papa Francisco. Pero la imagen que domina ese rincón sagrado es la de la Virgen María, obsequiada por el entonces párroco de la Basílica, José Daniel Blanchoud, al encargado de la utilería.
Ese ícono religioso llegó al Mundial de Qatar por un ruego expreso de Di Stéfano a Juan Cruz Souto, otro utilero de larga trayectoria en la AFA, hijo de Omar, inolvidable gerente de selecciones. Tras la derrota sufrida contra Arabia Saudita, el ritual en la concentración de Doha encendió una vela frente a la virgen, manteniéndola ardiente las 24 horas del día. El desenlace es una historia ya conocida.
El ritual perdura. La imagen de la Virgen viajó a Estados Unidos y, como muestra la fotografía del fotógrafo oficial de la Selección, Gustavo Pagano, está presente en el vestuario en cada partido. Hoy, a pocas horas del enfrentamiento contra los caboverdianos, emerge un hilo invisible, ligado a la leyenda que tiene como figura central a Manuel Costa de los Ríos, conocido en el ámbito religioso como el “Negro Manuel”, el primer guardián de la imagen de la Virgen de Luján después del suceso que originó la devoción mariana más extendida del país. La historia ubica el inicio de los hechos en el siglo XVII, cuando una representación de la Inmaculada Concepción se detuvo en las orillas del río Luján, en un episodio que los presentes interpretaron como milagroso.

El Negro Manuel nació alrededor de 1604 en la Costa de los Ríos, una región del noroeste africano cercana a las islas de Cabo Verde. Durante su juventud fue capturado y vendido como esclavo, primero con destino a Brasil y luego al Río de la Plata. Ya en Buenos Aires, fue adquirido por el navegante portugués Andrea Juan y después entregado a Bernabé González Filiano, administrador de una estancia en la zona de Luján. Según registros eclesiásticos, Manuel fue bautizado en la fe católica poco después de su arribo, lo que consolidó el vínculo que marcaría el resto de su existencia.
Dos imágenes de la Purísima Concepción de María llegaron a Buenos Aires desde Brasil en 1603, con rumbo a Sumampa, en Santiago del Estero. La caravana que transportaba las figuras, junto con mercancías y esclavos, se detuvo a orillas del río Luján. Los bueyes que tiraban la carreta se negaron a continuar. Según investigaciones citadas, al retirar una de las cajas que contenía la imagen, los animales reanudaron su marcha. Este hecho fue considerado milagroso y se interpretó como el deseo de la Virgen de permanecer en ese lugar. Así nació la advocación de Nuestra Señora de Luján, que con el tiempo fue proclamada patrona de la Argentina.
Fue entonces cuando González Filiano encomendó al Negro Manuel el cuidado de la imagen, tarea que desempeñó durante más de medio siglo. El hombre mantuvo encendida la lámpara de aceite en la humilde capilla, recibía a los peregrinos y aplicaba el aceite de la lámpara a los enfermos, a quienes muchos atribuyen curaciones. La figura de Manuel se erigió como emblema de devoción y servicio. “Soy de la Virgen, nomás”, solía repetir cada vez que se refería a sí mismo.

Diversas crónicas de la época describen a Manuel como una persona de vida austera y entregada. Cuando la estancia y la capilla cayeron en el abandono, una devota llamada Ana de Matos adquirió la imagen y la trasladó a su propiedad en la zona de Luján. La imagen desapareció varias veces del nuevo lugar y fue hallada de regreso en la antigua capilla, hasta que Ana de Matos decidió trasladar también al Negro Manuel para que continuara con su cuidado. El proceso judicial que siguió permitió que el protector de la Virgen fuera liberado y considerado propiedad de la propia Virgen. Él siempre afirmó que no tenía otro amo más que la Santísima. Tras aquel conflicto, de Matos pagó por su libertad, y el cuidador pudo acompañar a la imagen en su nuevo destino.
Durante más de cinco décadas, el Negro Manuel recibió a miles de fieles y mantuvo viva la devoción en torno a la Virgen. Diversos testimonios recogidos coinciden en señalar que, poco antes de su muerte, este devoto declaró: “Mi Ama, la Virgen, me ha dicho que voy a morir un viernes y que el sábado siguiente me llevará a la gloria”. El hecho se cumplió, y sus restos fueron sepultados detrás del altar mayor del santuario, cerca de la actual Basílica de Luján. Un oriundo de Cabo Verde sigue, incluso hoy, protegiendo la imagen de la patrona de los argentinos, alguien que transformó su vida.
Casi como un designio del destino, antes de que Argentina conquistara la tercera estrella, fieles con sacerdotes, laicos y organizaciones de afrodescendientes iniciaron las gestiones para lograr la beatificación del primer esclavo de nuestro país. La causa de su canonización quedó en manos del cardenal Angelo Amato, entonces responsable de la Congregación para las Causas de los Santos, quien remitió al papa Francisco dicha iniciativa, que comenzó gracias a los devotos de la Virgen de Luján, la misma que hoy cuida a toda la Selección en su camino hacia una nueva gesta mundialista en Norteamérica.

Fuente: Infobae