En un análisis publicado en Foreign Policy, el estratega Matthew Kroenig afirmó que Estados Unidos logró una victoria contundente sobre Irán durante la Operación Epic Fury, pese a no haber asestado un golpe definitivo. Según Kroenig, la ofensiva dejó a la República Islámica en su peor momento desde la revolución de 1979 al devastar gran parte de su capacidad estratégica.
Kroenig, quien se desempeña como vicepresidente y director sénior del Scowcroft Center for Strategy and Security del Atlantic Council, sostuvo que calificar el resultado como una derrota catastrófica para Washington era una “hipérbole errónea”. Desde su perspectiva, si se mide la guerra por los resultados acumulados, el balance favoreció claramente a Donald Trump.
El eje central de su argumento es que la campaña militar cumplió con la mayoría de los objetivos declarados por Trump. La Operación Epic Fury, explicó, degradó severamente el programa nuclear iraní, sus fuerzas convencionales, la base industrial de defensa y la conducción política. Para el autor, Estados Unidos no logró un nocaut, pero sí “ganó por puntos”.
Antes del conflicto, Irán era considerada una de las mayores amenazas para la seguridad nacional estadounidense. Tras la ofensiva, la nación persa pasó a estar en su momento más débil desde la revolución de 1979, según Kroenig.
El analista señaló que la dirigencia anterior a la guerra desapareció por completo y que los nuevos líderes iraníes se ven obligados a ocultarse para preservar sus vidas. A esto se suma una economía al borde del colapso, con hiperinflación, una caída prevista del 6% del PBI y daños de guerra que Teherán calcula en USD 270.000 millones.
Kroenig también afirmó que las fuerzas armadas iraníes quedaron tan degradadas que ya no pueden infligir un daño significativo de forma directa a las tropas estadounidenses. Además, la República Islámica perdió legitimidad frente a su propia población y alejó a países vecinos de toda la región.

Otro efecto político de la campaña, según el autor, fue la muerte del líder supremo ayatolá Alí Khamenei y de parte de la cúpula que, según escribió, había estado a cargo de la represión interna de diciembre y enero. Para Kroenig, ese desenlace envía una señal clara a cualquier futuro líder iraní sobre el costo de repetir esa conducta.
El cambio de régimen no era el objetivo central
Kroenig reconoció que la guerra no produjo un cambio de régimen, al menos por ahora. Sin embargo, negó que ese hubiera sido un objetivo central y consistente de la estrategia estadounidense, y subrayó que tampoco era una meta bajo control pleno de Washington.
Según su interpretación, la campaña militar abrió una oportunidad para que la población iraní se levantara, tal como había prometido Trump. No obstante, la población decidió no hacerlo, algo que Kroenig consideró comprensible después de las masacres previas del régimen.
Ese punto le permitió rechazar una de las críticas más frecuentes a la conducción de la guerra. Para el analista, la ausencia de una caída inmediata del régimen no invalida la tesis de una victoria estadounidense, porque el núcleo del éxito radicaba en la destrucción de capacidades, no en la ocupación política de Teherán.
Frente a quienes argumentaron que el gasto acelerado de municiones vació el poder militar estadounidense y proyectó debilidad, Kroenig planteó la tesis inversa. Afirmó que la guerra demostró que Estados Unidos todavía estaba dispuesto y era capaz de emprender acciones militares de gran escala.
A su juicio, ese mensaje debía ser leído por Vladimir Putin y Xi Jinping. Sostuvo que ninguno de los dos podía dar por sentado que el Pentágono se mantendría al margen si hubiera un ataque contra la OTAN o Taiwán.
El autor añadió un beneficio adicional: la práctica militar. Señaló que el Ejército Popular de Liberación de China no combatía una guerra desde hacía décadas, mientras que el Pentágono acababa de realizar en Irán un ejercicio de varios meses con nuevas tácticas y tecnologías útiles para un conflicto futuro en Europa o Asia.
Ormuz confirmó una vulnerabilidad ya conocida
Kroenig respondió también a quienes vieron en el cierre del estrecho de Ormuz una prueba de fortaleza iraní y un signo de ventaja para Teherán después del conflicto. Admitió que las últimas semanas podían haber aportado detalles nuevos sobre el impacto económico de esa medida, sobre los límites de la capacidad estadounidense para revertirla por la fuerza y sobre la sensibilidad del gobierno ante la suba del precio del gas.
Aun así, sostuvo que esa amenaza no reveló nada esencialmente nuevo. Según escribió, los planificadores militares sabían desde hacía años que Irán podía amenazar el estrecho de Ormuz de una manera dañina para la economía estadounidense y global.
Lo explicó como un hecho simple de geografía y tecnología militar. “Es imposible impedir que Teherán amenace con lanzar un dron contra un buque de carga que pasa”, afirmó Kroenig, y concluyó que la guerra solo confirmó un supuesto de larga data.
Para el autor, la guerra no solo mostró que Irán podía causar daño económico. También exhibió que la supervivencia de su liderazgo, su programa nuclear y sus fuerzas convencionales dependía de que Washington y Tel Aviv no optaran por destruirlos.

Kroenig sostuvo que esas dos capitales conservaron siempre la opción de volver a “decapitar y desarmar” a la República Islámica cuando lo eligieran. Esa capacidad, en su argumento, reduce el valor estratégico de cualquier recuperación parcial iraní.
Desde esa lógica, incluso una reconstrucción futura no alteraría la asimetría fundamental revelada por la guerra. La ventaja decisiva seguiría estando del lado estadounidense e israelí.
La relación con Medio Oriente salió fortalecida
Kroenig aceptó que Washington debió haber hecho un mejor trabajo para involucrar a sus aliados europeos. Pero afirmó que los europeos comprendían que Irán representaba una amenaza seria que debía ser afrontada.
Donde vio una mejora más clara fue en Medio Oriente. Sostuvo que, en términos generales, las relaciones de Washington con sus aliados y socios regionales mejoraron después del conflicto.
Puso como ejemplo a Qatar, al que describió como un país que antes de la guerra oscilaba entre Washington y Teherán. Según su argumento, Irán mostró en el conflicto su verdadera naturaleza al atacar objetivos civiles en países vecinos y dejó a la vista que la República Islámica era una amenaza poco confiable.
Kroenig definió el mayor costo de la guerra como el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán y el bloqueo de represalia de Estados Unidos, que asfixió los flujos energéticos de Medio Oriente y provocó inflación y disrupciones en la economía global. Sostuvo que el memorando de entendimiento prometía reparar ese daño con la reapertura del paso marítimo y la recuperación de los mercados energéticos.
A partir de esa comparación, formuló uno de sus juicios más directos. Escribió que Epic Fury intercambió la destrucción del aparato militar del principal Estado terrorista del mundo por un aumento del precio de la energía que terminaría cediendo, y concluyó: “Es un buen intercambio”.
El autor admitió que algunos términos del memorando parecían inclinados a favor de Irán. Citó en particular la idea de que Washington facilitaría un esfuerzo de reconstrucción por USD 300.000 millones, algo que calificó de aborrecible.
Pese a ese punto, Kroenig afirmó que no le preocupaba demasiado el texto porque dudaba de que sus términos completos llegaran a aplicarse. Propuso leer el memorando como si fueran dos acuerdos separados.
Según explicó, una parte entraría en vigor “de inmediato”: la reapertura del estrecho a cambio de un alivio limitado de sanciones. La otra parte, vinculada al programa nuclear iraní y a la reconstrucción a gran escala, quedaría sujeta a una negociación durante los siguientes 60 días.
En su síntesis, el acuerdo era un mecanismo para volver a volcar energía de Medio Oriente a los mercados globales y dejar el resto para más adelante. A su juicio, ese resto difícilmente llegaría a resolverse.
Kroenig sostuvo que era difícil imaginar que los líderes iraníes abandonaran alguna vez su programa nuclear. También expresó su expectativa de que los líderes estadounidenses nunca ejecutaran de verdad un Plan Marshall para un Estado terrorista.
A partir de ahí rechazó otra crítica: la de quienes afirmaban que, si Irán no limitaba su programa atómico, Trump habría fracasado en otro objetivo bélico. Para el analista, Washington no necesitaba en realidad un nuevo acuerdo nuclear.
Su razón fue material y no diplomática. Escribió que el programa nuclear iraní había sido devastado y que, si se reconstruía, el Pentágono podía simplemente destruirlo otra vez.
Ese razonamiento se extendió al stock de uranio enriquecido enterrado bajo los escombros de las instalaciones nucleares destruidas. Kroenig sostuvo que el tema había recibido una atención desproporcionada en el debate público, porque probablemente Irán carecía de capacidad para recuperar ese material y, si intentaba hacerlo, su personal quedaría expuesto a ataques militares estadounidenses. Añadió que ese material no servía de nada sin un enriquecimiento mayor, y que Irán ya no contaba con instalaciones para hacerlo gracias a la acción militar de Estados Unidos.
Fuente: Infobae