Lionel Messi volvió a vestirse de héroe. El capitán argentino marcó un doblete crucial para que la Selección Argentina supere 2-0 a Austria, asegure su clasificación a los dieciseisavos de final del Mundial 2026 y saque el boleto hacia Miami.
Resulta casi inevitable caer en lugares comunes cuando se habla de Messi. Analizar el aspecto táctico se vuelve una tarea compleja cuando la emoción lo inunda todo. La historia que envuelve a este combinado nacional parece salida de la pluma de un guionista adicto a los desenlaces ideales.
Porque justamente hoy, en el 40 aniversario del día en que Diego Armando Maradona alcanzó la inmortalidad con la ‘Mano de Dios’ y el ‘Gol del Siglo’, Messi se transformó en el máximo artillero de la historia de las Copas del Mundo. Hay sincronías que parecen simples casualidades, y otras que semejan guiños del destino. ¿Quién habrá escrito la vida de estos dos genios?
En la tarde de Dallas, la Albiceleste demostró que no precisa deslumbrar para ganar. Es un equipo pragmático, contundente y, sobre todo, capaz de amoldarse a las diferentes situaciones que presenta cada encuentro. Puede dominar con la posesión o resistir con carácter y orden defensivo. Lisandro Martínez lo expresó a la perfección tras el duelo: este grupo sabe sufrir. Y saber hacerlo cuando la presión es extrema y el margen de error mínimo, es una virtud al alcance de muy pocos. Allí también se forjan los campeones.
Durante buena parte del primer tiempo, Austria siguió al pie de la letra el manual de Ralf Rangnick. Presión alta, recuperación veloz tras la pérdida y una intensidad física que en varios tramos logró incomodar al combinado argentino. La Selección encontró dificultades para hilvanar jugadas claras y tampoco pudo conectar con Messi con asiduidad. Fueron, quizás, los minutos más complejos que afrontó el equipo de Scaloni en lo que va del torneo.
No obstante, ninguna de las aproximaciones austriacas representó un peligro real. Y eso se explica, en gran parte, por la disciplina defensiva de Argentina. Lisandro Martínez volvió a brindar una actuación impecable. Ordena, corrige, anticipa y transmite una calma contagiosa. Es un auténtico reloj suizo, pero oriundo de Gualeguay.
Junto a él, Cristian Romero ratificó una vez más sus credenciales. El cordobés -quien lamentablemente tuvo que abandonar el campo por una molestia física- jugó otro partido de alto nivel. Firme en los cruces, agresivo en la anticipación y siempre dispuesto a defender lejos del arco. Hay futbolistas que generan nerviosismo; el Cuti trasmite sosiego. Y en noches mundialistas, eso vale oro.
Argentina procuró controlar el partido mediante la posesión. Movió el balón de un lado a otro, buscando ensanchar el terreno para luego progresar con esos pases interiores característicos del ciclo Scaloni. En ese contexto, Enzo Fernández resultó determinante. Más liberado que en otras ocasiones, halló espacios entre líneas para recibir, girar y proyectar al equipo. Enzo hace jugar, pero además llega al área con criterio para definir. Una reconversión fenomenal del futbolista del Chelsea, cada vez más completo e influyente.
Lautaro Martínez, por su lado, estuvo enchufado desde el primer minuto. Participó activamente en todas las fases del juego, ofreció constantes apoyos y fue una referencia permanente para sus compañeros. Incluso sin pelota tuvo un rol protagónico: fue el primer defensor, liderando la presión y marcando el tono competitivo que Argentina necesitaba.
Gracias al Toro llegó el primer penal. Y allí estábamos todos, imaginando el grito histórico, preparándonos para celebrar otro capítulo dorado de Messi. Sin embargo, hubo que contener la emoción. El capitán, en una escena inusual, envió el esférico fuera del arco de Schlager.
Pero las grandes historias rara vez transitan el camino más sencillo. El destino parecía tener preparada otra redención. Porque si algo ha demostrado la carrera de Messi es que, incluso cuando el libreto parece torcerse, siempre encuentra el modo de regresar al centro de la escena.
Es cierto que el 10 no había tenido su mejor primer tiempo. Le costaba entrar en contacto fino con la pelota, mérito de una Austria que lo vigiló de cerca. Pero los futbolistas nacidos para los grandes escenarios siempre terminan encontrando su momento.
Y Messi, como tantas veces, lo encontró. El primer gol tiene un dejo de inevitabilidad. La conducción de derecha hacia el centro, la pausa justa, el espacio mínimo y la definición perfecta. Una jugada que el mundo conoce de memoria y que, sin embargo, nadie consigue evitar. Una marca registrada. Thiago Almada tuvo la inteligencia y la audacia para hacer una asistencia sin tocar el balón, tras la gran escalada de Facundo Medina por izquierda.
El segundo gol encierra la esencia de aquel célebre cuento: “Messi es un perro”. Porque a Messi parece importarle una sola cosa: la pelota. Lo pueden molestar, golpear, tirar, pero él siempre se levanta para ir detrás de ella.
En esa jugada mostró todo su repertorio. La acción la inició por derecha con un pase extraordinario para Julián Álvarez, quien entraba por el lado opuesto del área. La atajada del arquero austriaco le dio una vida extra a quien no se le puede dar. Messi cayó, controló, remató, se levantó y barrió abajo para atravesar la red.
Así de fácil hace ver las cosas Lionel Messi, elevando la vara para todos los cracks que disputan esta Copa del Mundo.
Hubo otras buenas noticias para el cuerpo técnico. Nicolás Tagliafico se recuperó de su lesión y entró muy bien. Nicolás González, que también llegaba tocado, ingresó con compromiso y buena lectura de espacios, y tuvo una ocasión de cabeza que se fue cerca del palo. Nicolás Otamendi reemplazó a Cristian Romero y respondió con solvencia, aportando liderazgo y firmeza defensiva.
En definitiva, todos los cambios sostuvieron la estructura y el rendimiento colectivo. Argentina recuperó a tres jugadores importantes que llegaban con molestias y dejaron señales positivas de cara al futuro.
A veces no se puede brillar, no aparece el fútbol total. Cuando eso sucede, es clave que aparezca el señor equipo que es Argentina. Los Mundiales no siempre los ganan los que juegan más estético. Ganar requiere que los planetas se alineen. Y Argentina tiene algo que muchos no tienen: la unión del grupo.
Se percibe desde fuera. Se respira en cada abrazo, en cada gesto, en cada declaración. Hay una complicidad genuina. Ese “no sé qué” que transmite esta Selección nos permite ilusionarnos. La postal del grupo festejando con los hinchas es el símbolo de unión de un país entero.
El fútbol nunca será solo fútbol. Gracias, muchachos.
Fuente: Infobae