¿Acaso todo este trayecto habrá servido para dar un vuelco completo? Esa es la interrogante que Donald Trump tendría que plantearse si su inmenso orgullo le admitiera la remota posibilidad de haberse equivocado. Sin embargo, al ser una persona impulsiva, voluble, impaciente y con un narcisismo desmedido, resulta imposible imaginar que realice una autocrítica sensata. Por esa misma razón, también es difícil de concebir que perciba la gravedad del fracaso que está encabezando.
El epicentro del asunto es Irán, y con Irán, se vincula el Líbano, Gaza y todo lo que esto implica para la viabilidad de Israel. Es en este escenario donde el giro de 360 grados se transforma en una alegoría de un camino que no conduce a ninguna parte. A estas alturas, con más de tres meses desde el inicio del conflicto contra el régimen de los ayatolás, ninguna de las metas establecidas se ha cumplido: la dictadura no ha colapsado; la Guardia Revolucionaria sigue controlando el estrecho de Ormuz y empleándolo como un instrumento para desestabilizar el mercado energético; no se ha logrado recuperar el uranio enriquecido; se ha permitido que Qatar fortalezca su rol estratégico; y, lejos de haber detenido la capacidad letal de Hezbolá, Israel ha quedado aislado en su esfuerzo por contenerla. Hemos transitado desde un régimen que parecía mortalmente herido hacia un Irán que impone las condiciones del juego, mientras desgasta a sus adversarios con negociaciones absurdas. De hecho, el cansancio es tan notorio que Trump parece haber perdido el entusiasmo, en una situación similar a lo ocurrido con las conversaciones que prometió entre Rusia y Ucrania, que terminaron en nada. Siendo un hombre acostumbrado a los triunfos rápidos, no tolera bien los procesos que se estancan, y parece encontrarse en ese punto: sin asuntos para negociar y cada vez más hastiado. Por el contrario, Irán es un experto en el arte de engañar, maniobrar, relajar la tensión y finalmente tomar el control de las negociaciones. La impaciencia enfermiza de Trump choca contra la paciencia milenaria del régimen teocrático.
Logros militares que no aseguran la victoria
Es innegable que la guerra ha registrado aciertos notables: desde el grave perjuicio infligido a la industria armamentística iraní, o la destrucción de una porción relevante de sus sistemas de misiles, hasta el derrumbe de su economía y el debilitamiento general del régimen. Además, aunque mantenga su ambición nuclear, es claro que se ha retrasado por varios años. No obstante, la premisa inicial con la que Trump comenzó el conflicto —que decapitando a la cúpula, arrasando la aviación y la marina, y dañando la economía, la victoria sería inminente— se encontró con Ormuz. Nadie anticipó que el régimen resistiría hasta el extremo si conservaba el control del estrecho que funciona como llave energética, convirtiéndose este en el Waterloo de Trump. Y ahora, sin cartas inmediatas que jugar, el presidente estadounidense parece haberse cansado.
El lugar de Israel en la nueva dinámica
La cuestión fundamental es cómo queda Israel en este panorama. Es un hecho que Trump ha sido crucial para el Estado hebreo, tanto por la anulación del desastroso acuerdo nuclear de Obama y por los Acuerdos de Abraham que promovió en su primer mandato, como por el plan de paz que facilitó la liberación de los rehenes del 7 de Octubre. Y, sin duda, el punto máximo de sintonía entre ambos países ha sido la guerra contra Irán. Pero las lealtades de Trump pueden durar tanto como su estado de ánimo, y ahora que sus planes respecto a Irán no han tenido el éxito esperado, el peligro de que abandone a Israel a su suerte es elevado. Algunos indicios son preocupantes en este sentido. En primer lugar, su inconstancia en las conversaciones sobre el tema nuclear, lo que constituye una clara señal de alerta para Israel. También su abandono del plan para Gaza, que permanece en el olvido, mientras Hamás aprovecha el alto el fuego para reconstruir su infraestructura y rearmarse. Pero la señal más alarmante, que alcanzó su punto máximo en la terrible discusión telefónica de Trump con Netanyahu, es la cuestión del Líbano. Una discusión que la Casa Blanca filtró adecuadamente a la prensa internacional.
El Líbano, o más precisamente Hezbolá, representa la otra señal de alerta para Israel, por lo que la exigencia de Trump de detener los ataques de las FDI contra las estructuras de Hezbolá supone un duro golpe para la estrategia defensiva israelí. Primero, porque el alto el fuego siempre ha sido una ilusión, dados los cientos de misiles que sufren los habitantes del norte de Israel. Como señaló el Jerusalem Post en su editorial, la tregua solo existe “en los cables diplomáticos de Washington y en la retórica esperanzadora de los observadores internacionales”. Pero sobre el terreno, la guerra es constante. En este contexto, la decisión de atacar los bastiones de Hezbolá en el barrio de Dahiyeh, en Beirut, era necesaria si se pretende realmente eliminar el poder destructivo del grupo terrorista, pero Trump ordenó detener la ofensiva, lo que acarrea tres consecuencias: en primer lugar, convertir a Dahiyeh en un santuario para Hezbolá; en segundo lugar, socavar la soberanía defensiva de Israel, subordinada a las necesidades de Trump; y en tercer lugar, criminalizar aún más a Israel en el ámbito internacional.
Es evidente que lograr un acuerdo de paz en el Líbano y, más allá, establecer relaciones estables con Israel, es el objetivo soñado. Y es loable el esfuerzo de la Casa Blanca en esta dirección. Pero solo tiene sentido si las negociaciones con el Líbano mostraran avances reales —no los hay—, si se neutralizara la capacidad letal de Hezbolá —no se neutraliza—, y si los ciudadanos del norte de Israel no sufrieran lluvias constantes de misiles —las sufren—. Con un Hezbolá que aún posee miles de cohetes y misiles, que ha declarado que boicoteará cualquier acuerdo, que tiene a Irán como protector, y que aprovecha cualquier tregua para fortalecerse, mientras sigue dictando la agenda libanesa, limitar a Israel representa un grave riesgo para la seguridad de sus ciudadanos. Especialmente cuando esto no se hace por razones militares, sino por urgencias políticas obsesionadas con obtener triunfos inmediatos.
Jamenei, el talón de Aquiles de Trump, y Trump, el talón de Aquiles de Netanyahu, esa podría ser la asombrosa conclusión de una guerra que comenzó con una planificación sólida, demostró un poderío militar absoluto y finalmente se atascó en un pequeño estrecho repleto de petróleo. Trump será quien fracase, si al final no logra una salida decorosa. La incógnita es si será Israel quien cargue con las consecuencias.
Fuente: Infobae