La masacre de Tulsa: el infame ataque racista que borró ‘Black Wall Street’

“Todavía veo a hombres negros asesinados a balazos, cuerpos de personas negras tendidos en la calle. He vivido la masacre a diario. Nadie se preocupó por nosotros durante casi 100 años. Nosotros y nuestra historia hemos sido olvidados. Puede que nuestro país olvide esta historia, pero yo no. Estoy aquí para buscar justicia”, declaró con voz pausada pero firme una anciana afroamericana en la Cámara de Representantes del Congreso de Estados Unidos. Sucedía a principios de 2021 y Viola Fletcher tenía 107 años, más de un siglo de vida desde los acontecimientos que mencionaba: la masacre de Tulsa del 31 de mayo y el 1 de junio de 1921, cuando un hecho trivial desató una oleada de violencia blanca contra la población negra. El resultado fue devastador: alrededor de trescientos muertos, unos ochocientos heridos, miles de personas confinadas en centros de detención improvisados durante varios días y la destrucción de 35 manzanas del distrito conocido entonces como “Black Wall Street”, por la prosperidad económica de sus habitantes.

Cuando compareció ante el Congreso, Viola Fletcher –quien falleció en 2025, a los 111 años– era una de las dos últimas sobrevivientes del peor episodio de violencia racial en la historia estadounidense, un sangriento suceso que la historia oficial del país mantuvo en el olvido durante casi un siglo. No se enseñaba en las escuelas ni se abordaba en las universidades. Solo en 2020, tras el movimiento de protesta contra el racismo y la brutalidad policial generado por el caso de George Floyd, un afroamericano de 46 años asesinado por la policía durante su detención, los trágicos hechos de la masacre de Tulsa lograron resurgir, rasgando el deliberado velo de silencio que los ocultaba.

En la década de 1920, el barrio de Greenwood, un enclave negro en Tulsa, Oklahoma, se distinguía por su auge económico. La distribución de tierras tras la Guerra Civil estadounidense había favorecido a algunas comunidades afroamericanas e indígenas, lo que permitió que Greenwood prosperara, a pesar de vivir segregado, como cualquier otro vecindario negro de la época. “Hay suficientes evidencias de que el barrio era un próspero centro económico, lo que generó un elemento de envidia. La existencia de ese Wall Street negro en tiempos de una segregación racial rigurosa alteraba a los supremacistas blancos, que no podían tolerar ese ejemplo de igualdad y sentían que debían destruirlo”, explicó Ben Keppel, profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Oklahoma, al cumplirse un siglo de los hechos.

Eran tiempos de intensas tensiones raciales. En 1918, cuando las tropas estadounidenses regresaron de Europa tras la Primera Guerra Mundial, muchos soldados negros, en lugar de ser recibidos como héroes, fueron linchados con sus uniformes puestos en las ciudades a las que volvían. Al año siguiente estalló el “Verano Rojo”, una serie de ataques y linchamientos contra afroestadounidenses en diversas partes del país. A pesar de ese clima, y quizás por tratarse de un barrio rico, Greenwood no había sufrido ataques masivos contra su población negra hasta que la amplificación de un incidente banal, magnificado por la prensa, encendió la mecha que desató la violencia.

The Tulsa Tribune incentivó la violencia racial publicando titulares y editoriales que llamaban abiertamente al linchamiento de Dick Rowland

Un ascensor y un artículo incendiario

El origen de todo fue un hecho tan insignificante como confuso. La tarde del 30 de mayo de 1921, Día de los Caídos, Dick Rowland, un lustrabotas negro que trabajaba en el centro de Tulsa, sintió la necesidad de ir al baño. Debido a las leyes de segregación, no podía usar los mismos servicios que los ciudadanos blancos, así que siguió la ruta que ya conocía de memoria: caminó hasta el edificio Drexler y se dirigió al ascensor para subir al tercer piso, donde se encontraba el único baño para negros. Por casualidad, subió solo al elevador, donde estaba la ascensorista Sarah Page, una joven blanca de 17 años. En algún momento del breve trayecto entre la planta baja y el tercer piso, la chica gritó. Un empleado de Renberg’s, una tienda de ropa en la primera planta del Drexel, escuchó lo que pareció el grito de una mujer y vio a un joven negro salir corriendo del edificio. El empleado fue al ascensor y encontró a Page angustiada. Creyendo que había sido agredida sexualmente, llamó a la policía, que detuvo de inmediato a Rowland y lo trasladó al edificio de los tribunales.

En realidad, nunca se esclareció lo que ocurrió. “Aunque sigue siendo incierto describir con precisión lo que sucedió el 30 de mayo de 1921 en el edificio Drexel, la explicación más habitual es que Rowland pisó el pie de Page, lo que provocó que ella gritara”, señala un informe de la Sociedad Histórica de Oklahoma. Otras versiones sostienen que el joven negro y la adolescente blanca mantenían una relación clandestina –algo extremadamente peligroso en aquellos tiempos de rígida segregación racial– y que tuvieron una discusión en el ascensor durante la cual Sarah gritó. “En qué medida se conocían Dick Rowland y Sarah Page ha sido durante mucho tiempo un motivo de especulación (…) Es imposible saber qué ocurrió realmente. Sin embargo, en los días y años posteriores, muchos de los que conocieron a Dick Rowland coincidieron en una cosa: que nunca habría sido capaz de violar a nadie”, afirma A Report by the Oklahoma Commission to Study the Tulsa Race Riot of 1921, un informe oficial de 2001.

Todo podría haberse aclarado con las declaraciones de los dos jóvenes en el juzgado, pero no hubo tiempo porque se desató una operación de prensa que buscaba claramente desencadenar una ola de violencia contra la población negra. La masacre de Tulsa es un ejemplo claro de cómo la manipulación mediática puede afectar a una sociedad. Al día siguiente, el diario regional The Tulsa Tribune publicó un artículo incendiario de su periodista asignado a los tribunales con el titular: “Agarran a negro por atacar a una niña en un ascensor”, donde se daba por hecho que Rowland había intentado abusar de Page. Como si eso no fuera suficiente, el director del diario reforzó la “noticia” con un editorial donde se instaba a asesinar a Rowland. El título lo decía todo: “A linchar al negro esta noche”. No hizo falta más para desatar la situación.

Dos días de violencia

Convocados así por The Tulsa Tribune, la tarde del 31 de mayo una multitud de hombres blancos se congregó frente al tribunal y exigió que les entregaran a Rowland para lincharlo. El sheriff se negó, lo que provocó que comenzaran a lanzar piedras contra el edificio. Al enterarse de lo que sucedía, un grupo de afroamericanos, muchos de ellos veteranos de la Primera Guerra Mundial, llegó al lugar para defender al joven. Allí se produjo el primer enfrentamiento, con disparos de armas de fuego.

Tras eso, la violencia se trasladó a Greenwood. Alrededor de las diez de la noche, una turba de hombres blancos, entre los que había policías, se dirigió al Wall Street negro y comenzó a disparar contra los residentes y a incendiar edificios. Hombres, mujeres y niños fueron sacados de sus hogares y negocios y asesinados en las calles. El asalto duró aproximadamente 16 horas, hasta que intervino la Guardia Nacional, ya que la policía no hizo nada para detener los ataques.

El Ayudante General de la Guardia Nacional, Charles Barrett, llegó alrededor de las 9 de la mañana del 1 de junio con 109 soldados trasladados desde la capital del estado, Oklahoma City, y también solicitó refuerzos de varias otras ciudades. En ese momento del día, la mayoría de los ciudadanos afroamericanos sobrevivientes de los ataques habían huido de la ciudad o estaban bajo custodia en varios centros de detención. Las tropas declararon la ley marcial a las 11:49 de la mañana y hacia el mediodía lograron sofocar los últimos focos del disturbio.

El balance era aterrador: aunque el Departamento de Estadísticas Vitales de Oklahoma dio la cifra oficial de 39 muertos, investigaciones posteriores demostraron que superaron los trescientos entre la comunidad negra. Muchos cadáveres fueron arrojados al río o enterrados en fosas comunes. Los hospitales locales atendieron a cerca de 800 heridos y aproximadamente diez mil residentes negros de Greenwood fueron desalojados y trasladados a centros de detención improvisados en diversos edificios y espacios comunitarios. El fuego destruyó 1.256 residencias en 36 manzanas.

La masacre de Tulsa dejó alrededor de 300 afroamericanos muertos, 800 heridos y destruyó el próspero barrio de Black Wall Street

Un siglo de silencio

La masacre también acabó con la prosperidad del Black Wall Street de Tulsa. Las compañías de seguros nunca pagaron las pólizas y muchos residentes de Greenwood abandonaron la ciudad para siempre. En la actualidad, la brecha social entre negros y blancos en la ciudad es enorme, con una tasa de pobreza casi tres veces mayor entre los ciudadanos afroamericanos que entre la población blanca.

La masacre fue cubierta por un manto de olvido y excluida deliberadamente de los libros de historia. Recién en 1998, 77 años después de los hechos, el estado de Oklahoma comenzó a investigar la ubicación de las fosas comunes, aunque pronto cerró el caso. Hubo que esperar hasta 2018 para que el alcalde reabriera la búsqueda con un proyecto para localizar las tumbas colectivas mediante un radar de penetración subterránea y recuperar los restos e identificar a las víctimas.

A principios de 2020, un grupo de habitantes de Oklahoma, liderado por Lessie Benningfield Randle, entonces de 105 años, y Viola Fletcher, de 106, presentó una demanda exigiendo indemnizaciones para los herederos de las familias víctimas de la masacre. En la demanda acusaron al Ayuntamiento de Tulsa, al condado de Tulsa, al sheriff del condado de Tulsa de la época, a la Guardia Nacional de Oklahoma y a la cámara regional de Tulsa por su participación directa en la masacre. Según los abogados, los acusados “se han enriquecido injustamente a expensas de los ciudadanos negros de Tulsa, así como de los supervivientes y de los descendientes de las víctimas de la masacre de 1921”.

Sin embargo, no obtuvieron justicia. Sin mucho trámite, la Corte Suprema de Oklahoma desestimó definitivamente la demanda por reparaciones y dictaminó que, aunque los agravios eran legítimos, no encajaban dentro del marco legal de la ley estatal sobre “molestias públicas”.

Tras la muerte de su compañera Viola Fletcher a los 111 años el 24 de noviembre de 2025, Lessie Benningfield Randle, que también acaba de cumplir 111 años, es la única testigo viva de la masacre de Tulsa. Aún sigue esperando justicia.

Fuente: Infobae

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