Calificar el estilo de Donald Trump simplemente como una falta de formas sería quedarse corto; es, posiblemente, el eufemismo más grande de la época actual. El mandatario estadounidense no posee la finezza que figuras como el histórico Andreotti exigían para la alta política, ni tampoco muestra interés por el lenguaje de la ambigüedad. Por el contrario, su perfil es tosco, estruendoso y directo, encajando perfectamente en el concepto de «hombre fuerte» que el pensador Yuval Harari analiza en su obra ‘Nexus’.
Esta característica personalidad quedó plasmada con total nitidez durante el reciente discurso sobre el Estado de la Unión (SOTU) en el Capitolio. Con una duración de una hora y 48 minutos —convirtiéndose en la intervención más extensa de este tipo en la historia—, Trump dedicó una parte fundamental a Latinoamérica. En sus palabras, afirmó de forma tajante:
“estamos restableciendo el dominio y la seguridad de Estados Unidos en el hemisferio occidental”
. El uso del término «dominio» no fue accidental ni tímido; fue una declaración de principios sin ningún tipo de reserva diplomática.
¿El regreso de la Doctrina Monroe?
Para muchos observadores, el mandatario parece estar ejecutando una versión 2.0 de la Doctrina Monroe. Aquella premisa de 1823, que advertía que cualquier interferencia de potencias europeas sería vista como una agresión directa a los intereses estadounidenses, parece haber cobrado una vigencia renovada. Un antecedente claro de esta postura ocurrió en enero de 2026, tras la detención de Nicolás Maduro, cuando el Departamento de Estado manifestó explícitamente:
“este es nuestro hemisferio. Y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada”
.
Bajo este paradigma de «seguridad interior», la administración de Trump ha desplegado una serie de acciones estratégicas:
- Aumento de la presión sobre México debido a la crisis del fentanilo.
- Operativos contra las narcolanchas en aguas del Caribe.
- Un endurecimiento de la postura respecto a la situación en Cuba.
El propio Trump fue enfático en el Capitolio al señalar:
“Actuamos para garantizar nuestros intereses nacionales y para defender a nuestro país de la violencia, las drogas, el terrorismo y la injerencia extranjera”
. Sin embargo, surge la interrogante de si este enfoque es puramente de seguridad o si forma parte de una transformación regional mucho más profunda.

La realidad apunta a un plan estratégico integral. El proyecto Make America Great Again (MAGA) requiere, necesariamente, que Estados Unidos recupere el control total del hemisferio occidental. Esta región se ha convertido en un escenario crítico frente a la expansión de China, que ha actuado como un inversor sumamente agresivo en sectores tecnológicos y económicos. Desde el denominado triángulo del litio hasta el desarrollo portuario en Chancay (Perú), sin olvidar los acuerdos comerciales con Brasil y la integración de los BRICS, el gigante asiático ha consolidado su presencia en la zona siguiendo su propio ‘Libro Blanco sobre América Latina y el Caribe’. En respuesta, Trump ha transformado la región en un campo de batalla geopolítico y económico para frenar el avance de Beijing.
El efecto dominó tras la caída del chavismo
Estados Unidos se ha posicionado como el catalizador de cambios políticos radicales en el continente. La intervención en Venezuela ha sido la pieza clave de este proceso. El fin de la era chavista no solo conlleva la liberación de recursos energéticos masivos, sino también una transformación de los recursos humanos y sociales. Si hace apenas unos meses Caracas enfrentaba desabastecimiento severo de productos básicos, hoy, en plena transición, el potencial del país como hub energético regional empieza a ser evidente.
Este cambio ha generado réplicas significativas en otras naciones:
- Colombia: El presidente Gustavo Petro ha mostrado una mutación pragmática, acercándose a los estadounidenses tras su visita a la Casa Blanca.
- Nicaragua: Daniel Ortega ha suavizado su discurso y eliminado el libre visado para ciudadanos cubanos.
- Cuba: Se percibe un colapso inminente que forzaría un cambio de sistema político.
- Guatemala: Ha obtenido beneficios como el arancel cero para sus exportaciones hacia EE. UU.
- Brasil: El presidente Lula da Silva ha moderado considerablemente su retórica de confrontación.
- México: La administración de Claudia Sheinbaum ha adoptado una postura más técnica y pragmática, ligada al tratado comercial y al combate a las organizaciones criminales.
El balance actual parece favorecer a Trump en sus tres frentes principales: el económico, el de seguridad y el geopolítico. El mapa político latinoamericano ha comenzado a moverse de forma acelerada tras la captura de Maduro y la acción militar norteamericana. Para Washington, este escenario representa el fin de la pérdida de influencia en lo que tradicionalmente llamaban su «patio trasero».
A pesar de que sectores críticos hablen de un retorno al imperialismo, la nueva dinámica podría ser simbiótica. La caída de regímenes que han mantenido secuestradas las economías y libertades de sus países abre la puerta a un crecimiento sin precedentes. América Latina recupera protagonismo mundial con una perspectiva que promete ser brillante, obligando incluso a sus detractores a reconocer ciertos logros en la gestión de Trump para el hemisferio.
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