Bajo la dirección del Comando Central de las Fuerzas Armadas (Centcom), las fuerzas de Estados Unidos llevaron a cabo cinco bombardeos tácticos de alta precisión dirigidos a enclaves del Estado Islámico (ISIS). Estas maniobras militares, efectuadas entre el 27 de enero y el 2 de febrero, implicaron el despliegue de 50 proyectiles lanzados desde una combinación de aeronaves, helicópteros y sistemas no tripulados (drones). El resultado de la incursión fue la neutralización de un núcleo de comunicaciones yihadista, un centro de logística fundamental y diversos almacenes de armamento localizados en el área central de la nación árabe.
Dichas acciones bélicas se enmarcan en la denominada Operación Ojo de Halcón, una estrategia militar que el presidente Donald Trump oficializó el 19 de diciembre de 2025. Esta respuesta armada se originó tras el atentado ocurrido el 13 de diciembre en la provincia de Homs, específicamente en Palmira, donde perdieron la vida los efectivos de la Guardia Nacional de Iowa, William Howard y Edgar Torres Tovar, además de un intérprete de nacionalidad estadounidense. Aquella respuesta inicial, que contó con la colaboración de Jordania, logró impactar más de 70 blancos estratégicos en el centro de Siria.
Compromiso contra el resurgimiento terrorista
El general Brad Cooper, al frente del Centcom, puntualizó que estas intervenciones son una prueba clara de la firmeza de las tropas norteamericanas. Según el oficial, los ataques demuestran
“nuestro enfoque y determinación constantes para prevenir el resurgimiento de Estado Islámico en Siria”
. Según el reporte, las tropas mantienen una coordinación estrecha con los socios de la coalición global para asegurar la erradicación total de esta estructura delictiva.
El contexto de estos bombardeos coincide con un periodo de alta volatilidad política en la región. El ejecutivo actual, encabezado por Ahmed al Shara tras el colapso del gobierno de Bashar al Assad en diciembre de 2024, se encuentra en el proceso de retomar el mando sobre territorios que anteriormente estaban bajo la tutela de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), la agrupación kurda que fue el socio terrestre más relevante de Washington en la lucha antiyihadista.

En cuanto a la presencia militar en el terreno, Estados Unidos mantiene un contingente declarado de cerca de 900 soldados, aunque cifras actualizadas del Pentágono sugieren que el despliegue real podría superar los 2.000 efectivos. Estas unidades se encuentran posicionadas en puntos clave como las bases de Al Omar y Al Shaddadi en el noreste, así como en la guarnición fronteriza de Al Tanf, situada cerca de los límites con Irak y Jordania.
La transición de control territorial hacia el gobierno de Damasco ha despertado una alerta global respecto a la seguridad de miles de detenidos vinculados al Estado Islámico que permanecen en centros penitenciarios controlados por los kurdos. Recientemente, Irak puso en marcha procesos legales contra 1.400 sospechosos extraditados desde Siria. Este movimiento forma parte de un ambicioso plan para reubicar a unos 7.000 prisioneros de la organización extremista, un acuerdo alcanzado entre Bagdad y Washington ante la disminución del respaldo estadounidense a las milicias kurdas.
Cabe recordar que el Estado Islámico, que llegó a dominar extensas regiones en Siria e Irak entre 2014 y 2017 gobernando sobre seis millones de civiles, fue privado de su último reducto geográfico en marzo de 2019. No obstante, el grupo ha mostrado señales de resiliencia a través de células clandestinas. El actual vacío administrativo provocado por la caída de Assad y los roces entre el nuevo gobierno y los grupos kurdos proporcionan un escenario ideal para un posible retorno del califato.

Riesgos en la seguridad de las prisiones
Países como Francia, Alemania, Reino Unido y el propio Estados Unidos alertaron hace pocos días sobre los peligros que conllevan los vacíos de seguridad durante el traspaso de mando de las prisiones. Este temor se confirmó el pasado 19 de enero, cuando un grupo de reos logró huir de un centro de detención en Hasaka durante enfrentamientos armados entre fuerzas kurdas y sirias, sin que se haya podido localizar a varios de los evadidos hasta el momento.
Expertos en seguridad subrayan que el Estado Islámico aún posee núcleos operativos en las provincias de Homs y Deir Ezzor. Desde el cambio de régimen en Siria, las acciones conjuntas entre las fuerzas norteamericanas y sus aliados han derivado en la captura o baja de 25 presuntos militantes del grupo extremista, de acuerdo con los registros del Centcom.
La continuidad de la Operación Ojo de Halcón ratifica la línea estratégica de la segunda administración de Donald Trump en suelo sirio, manteniendo el despliegue militar a pesar de la reconfiguración política del país. Tom Barrack, enviado especial de EE.UU. para los asuntos de Siria, enfatizó que la permanencia de las tropas tiene como meta exclusiva finalizar la misión antiterrorista y fortalecer las capacidades de las fuerzas locales.
Finalmente, la actividad aérea de Washington ha generado fricciones con potencias como Rusia e Irán, quienes cuestionan la legalidad del despliegue militar estadounidense. Aunque tanto Moscú como Teherán conservan influencias con el nuevo gobierno sirio, el tablero geopolítico regional ha sufrido transformaciones profundas tras el fin de la era de Bashar al Assad.
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